¿Está la cinefilia condenada a Internet?
¿Está el cinéfilo condenado a Internet? Hace dos días me hicieron esa pregunta, y lo cierto es que condenado es una palabra que podría estar errada en su totalidad si tenemos en cuenta la naturaleza de un cinéfilo, uno de verdad, vamos. Un cinéfilo de verdad es autodidacta, busca y rebusca, lee y relee en libros cosas que muchas veces se quedan en el aire en las imposibles clases de historia que muchos profesores de cine intentan impartir en este país, enfrentados a la utopía de que enseñarlo todo es prácticamente imposible, y mucho menos un sentimiento, el del amor desmesurado que el cinéfilo, el de verdad, tal y como dice la palabra en cuestión, siente por el cine.
Si el cinéfilo, el de verdad, está condenado a Internet —una plataforma para difusión de la cultura absolutamente brutal y aún no explotada en todo su esplendor— es por muchas y diversas razones. Primero podemos darnos cuenta de que la sala que intenta ofrecer algo más que el blockbuster de turno —un producto tan respetable como la obra de autor más intimista que exista— está tendiendo a desaparecer. Son muchos los cines que, desde la aparición de esta demoledora crisis, incluso desde antes, han echado el cierre a sus puertas. ¿Qué le queda al cinéfilo, el de verdad? ¿Los canales de cine de televisión? ¿Paramount Channel? ¿La sexta 3? Sus trabajos son elogiables pero si los comparamos con la oferta cinematográfica de televisión española en los años 80 y parte de los 90, me da la risa.
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