Dead Man Down, la rutinaria venganza de un hombre muerto
Suele decirse que el amor mueve montañas, pero las ansias de venganza pueden ser más que suficientes para destruir esas montañas todas las veces que haga falta. Es prácticamente imposible cuantificar cuántas películas han abordado ese complejo tema, pero los thrillers en los que su protagonista busca vengarse, ya sea por la muerte de su familia, un buen amigo o el primo del vecino, llevan varias décadas gozando de una popularidad indiscutible. Uno de los actores que más hizo por este tipo de cine fue Charles Bronson, en especial por el gran éxito de ‘El justiciero de la ciudad’ (‘Death Wish’, Michael Winner, 1974) y sus sucesivas secuelas, pero es un rol que intérpretes más prestigiosos no han tenido problema en acometer en un momento u otro de su carrera.
Uno de los grandes problemas de este tipo de películas es que acaban abusando de una serie de tópicos cada vez menos estimulantes, crean personajes huecos e intercambiables y no dudan en echar también mano de soluciones argumentales que en el mejor de los casos habría que calificar como delirantes. Esto fue especialmente evidente durante los años 80 del siglo pasado, época en la que títulos como ‘Dead Man Down —La venganza de un hombre muerto—’ (Niels Arden Oplev, 2013) gozaban de una gran popularidad pese a la discreta —o directamente inexistente— calidad de la que hacían gala. La principal diferencia entre el caso que nos ocupa y esas producciones ya olvidadas en su mayoría es que la cinta de Niels Arden Oplev cuenta con un reparto muy por encima del nivel habitual de las historias de justicieros urbanos.
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