Placeres culpables: 'Armageddon' de Michael Bay
Sabe el lector veterano que hay varios directores, digamos populares, que no cuentan con mis simpatías hacia su cine. Michael Bay es uno de ellos, un iluminado que posee varias películas dignas de la etiqueta de terrorismo cinematográfico, aún dentro de los márgenes en los que se suele situar su cine, los de la evasión. Muy poco dotado para la tensión, o para reflejar el drama que toda buena cinta de acción posee, es un director que suele confundir espectáculo con aparatosidad, tomando el exceso como firma. Proveniente del mundo del videoclip —como muchos otros realizadores— sus giros de cámara de 360 grados, marca de la casa, causan el más profundo de los rechazos, o apasionan a muchos consumidores de palomitas sólo interesados en desconectar el cerebro durante dos horas.
De su filmografía me quedo sólo con dos películas —el resto me parecen totalmente prescindibles, sobre todo su saga robótica—, ‘La roca’ (‘The Rock’, 1996), que a pesar de poseer una de las peores persecuciones jamás vistas, creo que tiene más aciertos que fallos, y también a Sean Connery con un carisma arrollador que hace que no nos planteemos demasiadas cosas; y ‘Armageddon’ (id, 1998) que multiplicaba por mil lo que Bay nos había ofrecido hasta ese momento. Si bien es cierto que analizando minuciosamente, y tampoco tanto, el film podríamos sacarle bastantes defectos, la delirante premisa es servida con tanta desvergüenza que es en esta película donde el estilo Bay encuentra su sentido. El exceso como disfrute rompiendo todas las reglas habidas y por haber en un sentido completamente distinto al que solía proclamar continuamente Fritz Lang. Exacto, acabo de nombrar a Lang en un post sobre Michael Bay.
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