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“He tenido la suerte de poseer un cuerpo obediente”

Burton nació en New York en 1913, Stephen murió cuando decidió dedicarse al eternamente difícil arte de la interpretación de cine, y Lancaster es una leyenda inmortal que permanecerá muchas décadas en la memoria de nuevos y antiguos cinéfilos. Una vez le preguntaron por el negocio y el mundo del circo, y contestó con parsimonia que el circo es como una madre en la que poder confiar, porque cuando aciertas te recompensa con creces, aunque cuando te equivocas te castiga sin piedad. Por aquel entonces ya le llamaban Burt Lancaster, y lo mismo podría haber dicho de la industria y el mundo del cine, aunque en ese caso, pocas equivocaciones cometió, por lo que fue recompensado con creces. Pocas veces se puede hablar de un actor-estrella-artista similar, capaz de labrarse su carrera a base de esfuerzo y méritos propios, de audacia y de temeridad casi, pero también de talento puro, de voluntad pura, casi de alegría y de vitalidad genuinas.

En el resbaladizo y oscuro Hollywood de posguerra, con la demencial Caza de Brujas en pleno apogeo, Lancaster supo labrarse un nombre como estrella de acción y aventuras, y también como productor, decidido a dejar una huella duradera. En verdad que lo consiguió, porque se trataba de un hombre de un carisma innato, un luchador que sabía transmitir esa lucha y ese coraje a la pantalla, corporeizándolo a sus personajes. Pero luego supo transformarse, materializarse en un actor mucho más completo, capaz de abandonar antiguos registros y de conseguir éxitos con otros nuevos, abandonando su imagen de héroe de acción y construyendo algunos de los personajes más notables del cine de autor, o por lo menos de un cine mucho menos comercial, triunfando con idéntico éxito, alzándose con una carrera extraordinaria que comprende casi todos los géneros y estilos, en la que Lancaster fue desnudándose (literal y metafóricamente) hasta desnudarse por completo delante del espectador.

Y eso que, aún en la actualidad, muchos le consideran solamente un saltimbanqui, un tipo listo que supo llegar lejos, gracias a su físico privilegiado, a su sonrisa blanquísima, a su carisma arrollador, negándole cualquier atisbo de elegancia, de talento interpretativo puro, de genio dramático. Al contrario que otros grandes nombres norteamericanos, no digamos ya europeos, Lancaster no era más que una estrella en comparación. Pero, en mi opinión, se trata de uno de esos actores natos capaces de vivir la secuencia con una intensidad indescriptible, que con una facilidad pasmosa se adueñaba de la atención del espectador, aún en papeles minúsculos, porque con su sola presencia, con una mirada que derrite la roca, son capaces de arrastrar la imaginación de ese espectador dispuesto a enamorarse de un personaje. Eso Lancaster lo sabía y lo explotaba como nadie. Ya desde su primera película, ‘Forajidos’ (‘The Killer’s’, Robert Siodmak, 1946), en la que impresionó a propios y extraños. Aunque empezó tarde, con más de treinta años, y alcanzaría el estrellato con casi cuarenta, arrancaba una carrera extraordinaria.

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La transformación del artista

Nunca olvidó Lancaster su vida circense al lado de Nick Cravat (amigo de la infancia), que desarrolló en las calles de su ciudad, como tampoco olvidó su experiencia en la Segunda Guerra Mundial, y cuando empezó como actor en Broadway no las tenía todas consigo. Parece mentira en alguien que lo hizo todo en el bélico, en el cine negro, en el western, en el melodrama. Los balbuceos de los últimos años cuarenta, se convirtieron en total dominio de su labor artística en los cincuenta, en películas de Siodmak, de Aldrich, de Zinnemann, de Sturges, de Mackendrick, de Tourneur. En películas magníficas, o más que mágníficas, como ‘El halcón y la flecha’ (‘The Flame and the Arrow’, 1950), ‘Veracruz’ (íd, 1954), ‘El temible burlón’ (‘The Crimson Pirate’, 1952), ‘Apache’ (íd, 1954), ‘Duelo de titanes’ (‘Gunfight at the O.K. Corral’, 1957), ‘Chantaje en Broadway’ (‘Sweet Smell of Succes’, 1957). Capaz de interpretar a un cínico encantador y sanguinario como Joe Erin, y a un héroe nacional como Wyatt Earp, de regalarnos con su versatilidad.

Pero ya en los sesenta su carrera dio un increíble salto adelante, ensanchando su talla artística hasta niveles inimaginables, con diecisiete películas que convierten a sus logros de los cincuenta en algo casi anecdótico. Cinco de ellas bajo las órdenes de John Frankenheimer, de las que podemos destacar su sobrecogedora interpretación de ‘El hombre de Alcatraz’ (‘Birdman of Alcatraz’, 1962), que le valió la Copa Volpi en el Festival de Venecia, y la soberbia ‘El tren’ (‘The Train’, 1964). Eso sí, había comenzado década ganando el Oscar, muy merecidamente, con la fenomenal composición de ‘El fuego y la palabra’ (‘Elmer Gantry’, Richard Brooks, 1960), cuando ganar el Oscar significaba algo, y probablemente tendría que haberlo ganado en 1961 por ‘¿Vencedores o vencidos?’ (‘Judge at Nuremberg’, Stanley Kramer, 1961), muy bien caracterizado como el alto mando nazi que se arrepiente de las masacres. Ahí, Lancaster, en su breve aparición, logra brillar incluso por encima de un reparto tan impresionante constituido nada menos que por Spencer Tracy, Richard Widmark, Marlene Dietrich, Maximilian Schell, Judy Garland, Montgomery Clift...todos ellos dando lo mejor de sí mismos, que era muchísimo….

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Pero algunos aún siguen negando la evidencia, aunque trabajara para Visconti en ‘El gatopardo’ (‘Il gattopardo’, Luchino Visconti, 1963) o para John Cassavetes en ‘Ángeles sin paraíso’ (‘A Child is Waiting’, 1963), aunque triunfara una vez más en un western tardío (para muchos, el último gran western clásico) como ‘Los profesionales’ (‘The Professionals’, Richard Brooks, 1966), con cincuenta y tres años, y algunos años más tarde, cercano a los sesenta, con la soberbia ‘La venganza de Ulzana’ (‘Ulzana’s Raid’, Robert Aldrich, 1972). Y todavía más: conquistó al espectador en su breve pero inolvidable aparición de ‘Novecento’ (íd, Bernardo Bertolucci, 1976) y ya de anciano en la genial ‘Atlantic City’ (íd, Louis Malle, 1980). Esto sí es una carrera verdaderamente asombrosa, de un actor superdotado, un hombre capaz de enfrentarse a los papeles más dispares, complejos, contradictorios y difíciles, saliendo triunfante de todos ellos, incluso cuando su físico no le permitía más que caminar.

En su vida privada fue un ejemplo de artista comprometido con las causas sociales, y un ferviente luchador por las minorías raciales. Fue célebre su oposición directa y sin ambages de la Guerra de Vietnam, así como su larga lucha por los derechos de los gays, más aún cuando su amigo Rock Hudson contrajo el SIDA. Pocas leyendas del cine son tan grandes como la de Burton Stephen Lancaster, cuya dilatada carrera, enorme humanismo y coraje artístico son un legado para todos los actores en general y para todos los cinéfilos que se precien de ello.

Su mejor interpretación de cínico violento: ‘Veracruz’, junto a Gary Cooper

Su mejor papel melodramático: ‘El fuego y la palabra’, excepcional

Su mejor papel dramático: ‘Atlantic City’

Su papel más sorprendente: ‘Novecento’

Su papel más generoso: ‘El halcón y la flecha’

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