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Cine Clásico

'Juegos prohibidos', infancia y guerra

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Sin lugar a dudas, una de las cinematografías más interesantes que hay es la francesa de los años 40, y sobre todo los 50. Con la Segunda Guerra Mundial terminada hacía bien poco, sobre todo para un continente que tuvo que sufrir en sus propias carnes las consecuencias del invento más estúpido jamás creado por el hombre, Europa puso de manifiesto sus sentimientos al respecto a través de obras inmortales cuyo visionado hoy día, no sólo no han perdido ni un ápice de su valor, si no que además suponen una de las experiencias más duras que un cinéfilo pueda soportar. Muchas películas han hablado de la guerra y sus consecuencias, algunas lo hacían en plan propagandístico —gran parte de la producción de films bélicos salida de los Estados Unidos, contenían ese elemento—, y otras mostraban sin concesiones de ningún tipo el horror en grado sumo. El Neorrealismo Italiano fue probablemente el máximo exponente, con sus retratos de la dura realidad tras la contienda. Pero también Francia no se quedó atrás, y ‘Juegos prohibidos’ (‘Jeux interdits’) de René Clément, impactó de forma brutal en las audiencias de todo el mundo en 1952.

La clave estuvo en hablar sobre la infancia en tiempos de guerra. Clément contó con el elemento más horrible de un conflicto bélico: la pérdida de la inocencia de los niños, los peor parados cuando a los demás les da por pelear.

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Stanley Kubrick: una pretenciosa ópera prima

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Como os anunciamos en su momento, iniciamos aquí un repaso a toda la filmografía de Stanley Kubrick. Un acercamiento a su personalidad artística, a través de cada una de sus películas, que salvo la que hoy nos ocupa y la siguiente, gozan todas de un gran conocimiento popular. Kubrick es uno de esos extraños casos, en los que prácticamente todos sus trabajos son conocidos por todo el mundo. Una fama que pone de relieve la gran capacidad de esta cineasta para llegar a todos, y sobre todo no dejar a nadie indiferente. A Kubrick se le ama o se le odia, pero jamás ha dejado indiferente. Unas veces ha estado más atinado que otras, pero siempre se ha debatido sobre él fervientemente. Me gustaría haber empezado este estudio desde ‘Atraco perfecto’ (‘The Killing’, 1959), para poder decir que todo lo que ha hecho Kubrick no tiene desperdicio, pero hay que ser justos.

‘Fear and desire’ fue descrita por su propio autor —un joven Kubrick que entonces contaba 25 años— como una mala película, pretenciosa, el trabajo de un estudiante. No seré yo quien contradiga a Kubrick, y aunque nos encontramos ante un trabajo con algunos apuntes interesantes, la valoración del director sobre su propio trabajo es de lo más acertada. Estamos ante una película que pone de manifiesto muchas de las conocidas inquietudes de Kubrick como realizador, pero sobre todo evidencia unas carencias y unos errores estilísticos que el autor fue capaz de corregir posteriormente.

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'Alien', el terror de lo desconocido

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Hace poco tuve la oportunidad de revisar ‘Alien’, la segunda película de Ridley Scott, director tan admirado como odiado, que entre otras nos ha dejado impresas las muestras de su indudable talento, en la presente, en la posterior —esa obra maestra de título ‘Blade Runner’, que tantas discusiones plantea—, o la anterior —esa joya titulada ‘Los duelistas’ (‘The Duelists’, 1977)—. No voy a hablar de su posterior carrera ensalzando algunas de sus películas, las cuales han sido denostadas por la crítica de forma bastante cruel. Además, siempre he sostenido que este trío de films componían lo mejor del director, encerrando los elementos más característicos de su cine, apoyado sobre todo en excelentes guiones. Elementos que más tarde ha sabido aprovechar con buen tino —‘La sombra del testigo’ (‘Someone to Watch Over Me’, 1987)—, o simplemente cayendo en la más profunda de las vacuidades —‘Tormenta blanca’ (‘White Squall’, 1996) y cierta basura con Demi Moore—, pero eso daría para otros posts.

Y mi revisión de este clásico imperecedero fue a partir del conocimiento de que algunos de mis colegas, amigos de vez en cuando, no la habían visto. Sí, debería cambiar de amigos, pero en vez de eso, me ofrecí a arreglar el imperdonable error de vivir su existencia sin haber disfrutado una película que precisamente puede presumir de tal característica. ‘Alien’ es una gozada que entre todas sus cualidades, eleva las del puro disfrute por encima de las demás, quedando resumida a un film que prácticamente se vive en cada uno de sus fotogramas.

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'Orfeo', la poesía de la muerte

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Jean Cocteau es uno de los cineastas más extraños y fascinantes que ha dado el cine en toda su existencia. Hombre polifacético en cuanto al arte —fue pintor y escritor en varios géneros literarios—, llegó a colaborar con gente como Erik Satie, Igor Stravinsky y Pablo Picasso. Atraído por el cine de vanguardia, un vizconde le financia su primera película —‘La sangre de un poeta’ (‘Le sang d’un poète’, 1930)— que junto a ‘Orfeo’ (‘Orphée’, 1950) y ‘El testamento de ‘Orfeo’ (‘Le testament d’Orphée, ou ne me demandez pas pourquoi!’, 1960) componen un trilogía temática que navega alrededor del mito de Orfeo.

Orfeo es un personaje perteneciente a la mitología griega, y una de las historias más famosas sobre él es el rescate de su mujer Eurídice del inframundo, al que los dioses dejan entrar encandilados por sus cantos a la lira. Una vez allí, le advierten que mientras se la lleve no podrá mirarla hasta que sea bañada por los rayos del sol, algo que hace justo cuando Eurídice aún tiene puesto un pie en el inframundo. Cocteau situó esta historia en el París existencialista de los años 50, con ese toque literario y surrealista que caracterizaba su cine, más lo primero que lo segundo.

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'El sorprendente Dr. Clitterhouse', Edward G. Robinson fascinado por el crimen

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De un tiempo a esta parte, veo más cine clásico que nunca. Cuando tuve la suerte de conocer al señor Alberto Abuín, y tuvimos nuestras primeras charlas cinéfilas, me animó a olvidarme de tanto cine moderno, aun cuando yo siempre buceaba más allá de las fronteras norteamericanas; desde entonces, presté mucha más atención a los clásicos, y poco a poco me ha ido conquistando hasta que, ahora, es rara la semana en la que no vea unas cuatro películas filmadas antes de los años setenta (¿podemos considerar esa década como barrera?). Y si no veo más es porque tengo que (y quiero) estar pendiente de lo que se estrena cada viernes.

Pero es ya casi un hecho (faltaría algún tipo de medida científica que lo demostrara, pero parece algo indiscutible) que si un cinéfilo sólo consume estrenos, acaba desfalleciendo poco a poco y, eventualmente, muriendo, o lo que es lo mismo, mutando en otro tipo de consumidor, con encefalograma plano. Así que acudir al DVD (y a lo otro que dicen que es ilegal, y conste que sigo hablando de cine) es la única vía para que el cinéfilo siga sano y vivo. En una de mis últimas visitas a cierto centro comercial que este mes dispone de unas irresistibles rebajas, adquirí un puñado de películas entre las que se encontraba la apetitosa ‘El sorprendente Dr. Clitterhouse’.

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'Arsénico por compasión', cumbre de la comedia

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Una de mis costumbres semanales es la de reunirme con algún amigo (o varios), irnos a mi casa y ver una película cuando la noche ya está cerrada, los ruidos son imperceptibles y la ciudad parece dormir. Normalmente me piden que yo elija el film, que les recomiende una gran película, metiéndome en un brete impresionante pues ya sabemos que sobre gustos no hay nada escrito (que gran falacia), y que para aquellos sin la suficiente cultura cinematográfica, el elegir ciertos films puede hacer que te odien de por vida. Siempre tengo mucho cuidado cuando se trata de cine clásico, pero cuando mi colega David me pidió una película con la que quería reírse mucho, no me lo pensé dos veces: ‘Arsénico por compasión’ (‘Arsenic and Old Lace’, Frank Capra, 1944) era la respuesta.

En estos tiempos de comedias por doquier, cuanto más alocadas mejor, se ha estrenado la estimable ‘Resacón en las Vegas’ (‘The Hangover’, Todd Phillips, 2009), un soplo de aire fresco a un género cuya mayor cualidad era tomar al espectador por un imbécil integral. En una de esas charlas cinéfilas que de vez en cuando se dan por donde habito, llegamos a la conclusión que dicho film recuerda sobremanera a films alocados de los años 30 y 40, salvando las distancias. Y ‘Arsénico por compasión’ es una de las películas más alocadas de toda la historia. Pero hacer una comedia alocada no es fácil, muchos tratan de reunir un montón de gags presumiblemente graciosos, uno tras otro, sin darse cuenta de que todo tiene que tener coherencia interna.

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Sam Peckinpah: 'Mayor Dundee'

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‘Mayor Dundee’ se convirtió en la odisea más grande por la que pasó Sam Peckinpah, y probablemente todos los que intervinieron en ella. A lo largo de los años, actores como Charlton Heston, L.Q. Jones o James Coburn hablaron y hablaron de lo que supuso para ellos la experiencia y cómo veían a Peckinpah, quien se ganó en el rodaje de esta película la mala fama que le acompañó hasta su muerte. Exigente como pocos, montaba en cólera si alguien le llevaba la contraria y disfrutaba despidiendo a gente todos los días.

Tras ‘Duelo en la alta sierra’, cuyo prestigio estaba subiendo como la espuma, Peckinpah mostró especial interés por un guión escrito por Harry Julian Fink (futuro guionista de ‘Harry el sucio’), del que el director hizo su habitual reescritura, acompañado por Oscar Saul. El libreto original tenía demasiadas historias juntas sin centrarse en una concreta, demasiados tonos, demasiadas cosas. Peckinpah lo arregló poniendo como base principal el personaje del Mayor Dundee, adentrándose en sus personales obsesiones y aspiraciones.

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Sam Peckinpah: 'Duelo en la alta sierra'

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-¿No testificará a favor del señor Westrum?
-No, no lo haré.
-¿Por qué?
-Porque era mi amigo

‘Duelo en la alta sierra’ (‘Ride the Hide Country’) supuso la primera victoria de Sam Peckinpah sobre los cegatos productores de entonces, al lograr imponer su montaje al que ellos querían. Un pase de prueba en los cines de los estudios (MGM) hizo que uno de los ejecutivos se quedase dormido nada más empezar la proyección, sentenciando al final que era la peor película que había visto en su vida. Para no gastarse más dinero, dejó que Peckinpah dejase el montaje proyectado, sin darse cuenta de que estaba sentando un precedente: el conceder al director el control total sobre el montaje final de una película.

Tras la experiencia, no demasiado satisfactoria, de ‘Compañeros mortales’ (‘The Deadly Companions’, 1961), llegó a manos de Peckinpah un guión de N.B. Stone Jr., el cual dejó maravillado al futuro director de ‘Grupo salvaje’. Éste se puso en contacto con el productor Richard E. Lyons para intentar convencerle de que le dejase dirigir la película con la condición de reescribir algunos diálogos. Lyons le echó un vistazo a algunos de los episodios de ‘The Westerner’, dirigidos por Peckinpah, y quedó maravillado con el enorme potencial que el joven director tenía. No era una oportunidad para dejarla escapar.

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'Más allá de la duda', Fritz Lang y la justicia

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Hace una semanas se estrenaba en nuestro país sin hacer demasiado ruido ‘Más allá de la duda’, film realizado por el artesano, en otros tiempos estimable, Peter Hyams. Se trata de un remake de una película de Fritz Lang, sobre un acusado de asesinato con final sorpresa. No la he visto, ni creo que lo haga, ¿para qué si ya tenemos la versión de Lang? Y es que cuando una cosa está bien hecha, no es necesario volver a hacerla. Dudo mucho que Hyams haya aportado algo de interés a una trama cuya mayor fuerza residía en cuestionar el poder y el valor de la justicia.

Hablar de Fritz Lang es hacerlo sobre uno de los mejores directores de todos los tiempos. Uno de esos autores cuyas películas siguen hoy tan frescas como el primer día, a pesar de que el paso del tiempo suele acabar con todo. Su carrera se diferencia claramente en dos etapas, la muda y la sonora. En la primera, enteramente realizada en Alemania podemos encontrarnos con joyas del calibre de ‘Metrópolis’ (1927) o ‘Las tres luces’ (‘Der müde Tod, 1921), y en la sonora, casi en su totalidad americana, hayamos ‘Furia’ (‘Fury’, 1936), ‘Sólo se vive una vez’ (‘You Only Live Once’, 1937) o ‘Perversidad’ (‘Scarlett Street’, 1945), por citar sólo unas pocas. ‘Más allá de la duda’ (‘Beyond a Reasonable Doubt’, 1956) es la última película de su período americano antes de regresar a Alemania donde siguió haciendo cine.

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Sam Peckinpah: un título profético

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‘The Deadly Companions’ es el título original de la ópera prima de Sam Peckinpah que en nuestro país se tradujo como ‘Compañeros mortales’. Resulta curioso que dicho título pueda verse como una especie de profecía sobre lo que su filmografía nos iba a deparar, llena de relatos violentos, marcados por personajes cuya relación siempre rondaba la muerte. En este especial que hoy damos comienzo en las páginas de Blogdecine, repasaremos una a una las películas de un director cuya existencia como persona fue problemática, llena de decepciones personales, de polémicos rodajes, de amigos eternos y enemigos en cada esquina. El alcohol, las putas y la cocaína en alguna que otra ocasión, llenaron la vida de un cineasta que cambió el curso del western, y que fue considerado el director que mejor retrató la violencia en el cine.

La película está basada en una novela de Albert Sidney Fleischman que él mismo adaptó para la pantalla grande. Fleischman había destacado por ser el escritor de una par de films de William A. Wellman, ‘La escuadrilla Lafayette’ (un fracaso por el que Wellman no volvió a dirigir más) y ‘Good-bye, my Lady’ (una preciosidad poco conocida en la filmografía del director de ‘Incidente en ‘Ox-Bow’). Brian Keith iba a protagonizarla y sugirió el nombre de Peckinpah para dirigirla, pues había colaborado con él en una serie de televisión, ‘The Westerner’, que se había cancelado. Según el propio Peckinpah, John Ford también le recomendó a los productores. ¿Cierto o falso? No se sabe, pero tal vez la presencia de Maureen O´Hara en el reparto haga pensar que Peckinpah no tenía por qué inventárselo.

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