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Cine Clásico

'Más allá de la duda', Fritz Lang y la justicia

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Hace una semanas se estrenaba en nuestro país sin hacer demasiado ruido ‘Más allá de la duda’, film realizado por el artesano, en otros tiempos estimable, Peter Hyams. Se trata de un remake de una película de Fritz Lang, sobre un acusado de asesinato con final sorpresa. No la he visto, ni creo que lo haga, ¿para qué si ya tenemos la versión de Lang? Y es que cuando una cosa está bien hecha, no es necesario volver a hacerla. Dudo mucho que Hyams haya aportado algo de interés a una trama cuya mayor fuerza residía en cuestionar el poder y el valor de la justicia.

Hablar de Fritz Lang es hacerlo sobre uno de los mejores directores de todos los tiempos. Uno de esos autores cuyas películas siguen hoy tan frescas como el primer día, a pesar de que el paso del tiempo suele acabar con todo. Su carrera se diferencia claramente en dos etapas, la muda y la sonora. En la primera, enteramente realizada en Alemania podemos encontrarnos con joyas del calibre de ‘Metrópolis’ (1927) o ‘Las tres luces’ (‘Der müde Tod, 1921), y en la sonora, casi en su totalidad americana, hayamos ‘Furia’ (‘Fury’, 1936), ‘Sólo se vive una vez’ (‘You Only Live Once’, 1937) o ‘Perversidad’ (‘Scarlett Street’, 1945), por citar sólo unas pocas. ‘Más allá de la duda’ (‘Beyond a Reasonable Doubt’, 1956) es la última película de su período americano antes de regresar a Alemania donde siguió haciendo cine.

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Sam Peckinpah: un título profético

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‘The Deadly Companions’ es el título original de la ópera prima de Sam Peckinpah que en nuestro país se tradujo como ‘Compañeros mortales’. Resulta curioso que dicho título pueda verse como una especie de profecía sobre lo que su filmografía nos iba a deparar, llena de relatos violentos, marcados por personajes cuya relación siempre rondaba la muerte. En este especial que hoy damos comienzo en las páginas de Blogdecine, repasaremos una a una las películas de un director cuya existencia como persona fue problemática, llena de decepciones personales, de polémicos rodajes, de amigos eternos y enemigos en cada esquina. El alcohol, las putas y la cocaína en alguna que otra ocasión, llenaron la vida de un cineasta que cambió el curso del western, y que fue considerado el director que mejor retrató la violencia en el cine.

La película está basada en una novela de Albert Sidney Fleischman que él mismo adaptó para la pantalla grande. Fleischman había destacado por ser el escritor de una par de films de William A. Wellman, ‘La escuadrilla Lafayette’ (un fracaso por el que Wellman no volvió a dirigir más) y ‘Good-bye, my Lady’ (una preciosidad poco conocida en la filmografía del director de ‘Incidente en ‘Ox-Bow’). Brian Keith iba a protagonizarla y sugirió el nombre de Peckinpah para dirigirla, pues había colaborado con él en una serie de televisión, ‘The Westerner’, que se había cancelado. Según el propio Peckinpah, John Ford también le recomendó a los productores. ¿Cierto o falso? No se sabe, pero tal vez la presencia de Maureen O´Hara en el reparto haga pensar que Peckinpah no tenía por qué inventárselo.

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'El rostro impenetrable', de Peckinpah a Brando pasando por Kubrick

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‘El rostro impenetrable’ (‘One-Eyed Jacks’, 1961) es un proyecto que sufrió mil cambios antes de terminar siendo lo que es: uno de los westerns más extraños jamás filmados. Su gestación partió de la novela ‘The Autentic Death of Hendry Jones’ de Charles Neider, obra que en realidad hacía referencia sobre las andanzas de Billy el Niño. El primer guión fue escrito nada más y nada menos que por Sam Peckinpah, por aquel entonces un completo desconocido en el mundo del cine, aunque no en el de la televisión. Como director hizo acto de presencia Stanley Kubrick que ni corto ni perezoso echó al futuro director de ‘Grupo salvaje’, quien en años posteriores reconoció dos secuencias del film como suyas. En 1973, Peckinpah hizo ‘Pat Garret y Billy the Kid’, donde curiosamente rescató a dos de los actores secundarios de ‘El rostro impenetrable’.

Pero Kubrick no pudo terminar la película porque chocó de narices con alguien cuyo ego y narcisismo superaban con creces a los del director de ‘Senderos de gloria’: Marlon Brando, que como era el que mandaba, le dio un puntapié a Kubrick, y el mundo entero se quedó sin saber qué habría hecho éste con un western. Aún así, en el resultado final quedaron resquicios del talento de dos personalidades que darían mucho que hablar en años posteriores.

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'The Haunting', la casa encantada

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Las casas encantadas han sido las protagonistas de innumerables cintas de terror, y cuando no eran el tema central valían como perfecto escenario a historias para no dormir, adornando con su lóbrega presencia muchas de estas historias a lo largo y ancho de la historia del cine. Uno de los ejemplos más característicos es ‘The Haunting’, inédita en nuestro país aunque emitida por televisión varias veces y disponible actualmente en DVD. Se trata de una de las mejores películas del polifacético Robert Wise, y también una de las menos populares, reivindicada en años posteriores a su realización (1963).

‘The Haunting’ está basada en una obra de Shirley Jackson, ‘The Haunting of Hill House’, con quien Wise se reunió para hablar sobre la adaptación cinematográfica. Ella le sugirió el título de la película, ya que era uno de los que tenía previstos en un principio para la novela, y el guión fue escrito por Nelson Gidding, quien precisamente había escrito para Wise otras dos de sus mejores películas: ‘Quiero Vivir’ (‘I Want to Live!’, 1958) y ‘Odds Against Tomorrow’ (1959).

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'Narciso negro', religión y sexo

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Cada vez que veo el fotograma de arriba no puedo evitar el impresionarme y recordar la fascinación que me producen las imágenes de ‘Narciso negro’ (‘Black Narcissus’), la película que Michael Powell y Emeric Pressburger escribieron (basándose en la novela de Rumer Gorden) y dirigieron en 1947, y en la que demostraban una vez más, tener una especie de sexto sentido para dotar a sus films de un enorme poder visual. La fotografía de las películas de estos dos directores se encuentran entre las mejores fotografías de todos los tiempos, trabajos minuciosos hasta el paroxismo, que no sólo vestían visualmente sus trabajos, sino que además se fusionaban con la historia que narraban.

Así pues, en ‘A vida o muerte’ (‘A Matter of Life and Death’, 1946), de la que os hablaba hace poco, el trabajo fotográfico representaba muy bien las desventuras de un hombre que burló sin querer la muerte, con representaciones del cielo y la tierra. En ‘Narciso negro’, Jack Cardiff, operador de los directores en varias de sus películas, hace lo propio con la historia (grandiosa por sencilla) que se nos narra en la película, en la que las pasiones ocultas de los personajes salen a flor de piel, y eso llegamos a verlo literalmente gracias al trabajo de un operador que entraría por derecho propio en los anales de la historia del cine.

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Clint Eastwood: 'Fuga de Alcatraz'

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Tras el exitazo de ‘Duro de pelar’ (una de las películas más accesibles y menos complicadas de todas cuantas protagonizó Clint Eastwood), el actor volvió a verse con Don Siegel, amigo y mentor, en ‘Fuga de Alcatraz’, film de un denominado subgénero carcelario, película en la que ambos alcanzaron una de las cumbres de sus respectivas carreras. Hacía 8 años (estamos en 1979) que Eastwood y Siegel no coincidían profesionalmente, muy probablemente porque el alumno había cogido ventaja al maestro y Siegel realmente ya no estaba para muchos trotes. Estamos hablando de la última gran película de Siegel, tras la cual hizo las menores ‘Golpe audaz’ y ‘Jinxed!’ (de la que os hablaré en el especial de Sam Peckinpah, ya que le ayudó a dirigirla).

Richard Tuggle adaptó el libro de J. Campbell Bruce, en el que se narraba la famosa fuga por parte de tres hombres de la prisión más segura de los Estados Unidos: Alcatraz, la cual ha sido elevada a la categoría de mito gracias sobre todo al cine. Basado pues, en hechos reales, el guión se centra sobre todo en la fuga en sí; Tuggle estaba convencido de que el actor idóneo para dar vida al cerebro del plan (Frank Lee Morris) era Eastwood, y cuando Siegel leyó el guión llegó a la misma conclusión, por lo que no le fue demasiado difícil convencer a su amigo de que interpretase el papel principal.

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'La evasión', el minucioso realismo de Jacques Becker

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El insigne Jean-Pierre Melville sentenció que ‘La evasión’ (‘Le Trou’, 1960) era la más bella película jamás realizada en Francia. No me atrevo a emitir una sentencia de dicho calibre, aunque sí considero que la época en la que fue realizada es una de las más ricas en cuanto a la cinematografía francesa se refiere. Sólo la filmografía de Jacques Becker, director del film que hoy nos ocupa, serviría para estudiar una época en la que el cine en general empezaba a sufrir una serie de cambios a nivel estético y temático. ‘La evasión’ fue la obra póstuma de Becker, quien falleció dos semanas después de finalizar la película (algunos detalles fueron completados por su hijo, también director, Jean Becker), y la influencia que tuvo en el cine posterior se nota tanto en las películas que intentaron atrapar la realidad, tal y como Becker hacía, como en aquellas que, tratando sobre fugas carcelarias, contenían el mismo método minucioso que se plantea en ‘La evasión’.

Los ejemplos más claros de lo que acabo de decir se encontrarían en ‘La gran evasión’ (‘The Great Escape’, John Sturges, 1963) y ‘Fuga de Alcatraz’ (‘Escape from Alcatraz’, Don Siegel, 1979), dos films muy célebres que le deben bastante a la película de Becker, aunque ambos se aparten después en intenciones, pero de eso ya hablaremos en otra ocasión (sobre todo del film protagonizado por Clint Eastwood). ‘La evasión’ propone un claustrofóbico viaje hacia al interior del ser humano y sus ansias de libertad.

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'A vida o muerte', el poder del amor

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‘A vida o muerte’ (‘A Matter of Life and Death’, 1946) fue una de las películas del tándem formado por Michael Powell y Emeric Pressburger, directores británicos que participaron juntos en la década de los 40 y buena parte de los 50, realizando una serie de films que necesitarían extensos estudios para hacerles justicia. Me llama la atención que siendo directores tan admirados como Martin Scorsese (quien considera ‘Las zapatillas rojas’ una de las mejores películas que ha visto) o Steven Spielberg (el cual curiosamente tiene semejanzas de estilo con ellos en su trabajo de director), no se ha escrito lo suficiente al respecto de dos realizadores que tienen su lugar entre los grandes, gracias a películas como la presente, o ‘Sé adonde voy’, ‘Coronel Blimp’ o ‘Narciso negro’ (de la que os hablaré en breve) . Si tuviéramos que destacar alguna de las películas que Powell dirigió en solitario, no hay duda de que ‘El fotógrafo del pánico’ (‘Peeping Tom’, 1960) se llevaría la palma.

Powell y Pressburger hacían films mastodónticos, de grandes presupuestos, casi siempre éxitos de taquilla, y llenos de imaginación, no sólo en sus propuestas argumentales, algunas de las cuales corrían el peligro de caer en la cursilería, sino también en la puesta en escena, arriesgada, llena de detalles y que, a día de hoy, no ha perdido un ápice de su fuerza.

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Clint Eastwood: 'Duro de pelar'

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‘Duro de pelar’ es el delirante título que obtuvo en nuestro país ‘Every Which Way But Loose’, título tomado de la canción interpretada por Eddie Rabbitt, y que suena en el film en un par de ocasiones, mucho más acorde con lo que la historia narra, que hace tener una idea del film más simple de lo que ya es. Todos en Malpaso recomendaron a Clint Eastwood no hacer una película cuya calidad se mide por los pocos aciertos que tiene, aunque puede ser vista como una agradable comedia sin ningún tipo de pretensión más allá de lo que es.

Eastwood desoyó todo consejo al respecto, y demostró tener una visión comercial fuera de lo común. El guión de ‘Duro de pelar’ fue rechazado nada más y nada menos que 46 veces, y el actor elegido para el proyecto era Burt Reynolds, a quien Eastwood se le adelantó y se lo robó. El resultado fue la películas más taquillera en la carrera de Eastwood, para sorpresa de propios y extraños. También fue la primera película del actor que obtuvo una calificación para todos los públicos, ya que hasta entonces sus films casi siempre obtenían la calificación R, la cual se aplicaba a películas con contenido violento.

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Sam Peckinpah y la poesía de la violencia

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Soy una puta, pero una puta muy buena

Con esa contundente frase se definía a sí mismo Sam Peckinpah, de quien un servidor conoció su existencia precisamente el día que anunciaron su muerte, un 28 de diciembre de 1984, cual cruel broma del destino. Con la emisión de ‘La balada de Cable Hogue’ (‘The Ballad of Cable Hogue’, 1970), uno de los westerns más líricos y tristes que se han hecho, me encontré con un director que dotaba a sus secuencias de una fuerza inusual, con un tratamiento de la violencia único, mil veces imitado, otras tantas homenajeado, y nunca superado.

En Blogdecine os ofreceremos dentro de poco un repaso a la filmografía de Peckinpah, paralelamente al que un servidor está haciendo sobre Clint Eastwood en su doble faceta de actor y director. Nos centraremos en sus trabajos para la pantalla grande, desde el primero, ‘Compañeros mortales’ (‘The Deadly Companions, 1961), hasta el último, ‘Clave: Omega’ (‘The Osterman Weekend’, 1983), tocando algunos factores de su vida personal que indudablemente influenciaron en su forma de hacer cine, de lo ligado que estaba a México (lugar en el que siempre se sintió como en su casa), de su relación con las mujeres (jamás ninguna, de cualquier condición social o edad, se le resistió sexualmente hablando), del valor de la amistad (Kris Kristofferson lo definió como el mayor hijo de puta que había conocido en su vida), y de sus problemas con el alcohol.

Pero sobre todo, hablaremos de la capacidad de Peckinpah (que hacía westerns, incluso cuando no los hacía) para convertir la violencia en pura poesía, y de cómo el tiempo parece detenerse cada vez que esa violencia aparece en sus películas, para convertirse en un espacio íntimo en el que la vida es algo fugaz que está a punto de irse.

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