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Cine Clásico

Añorando estrenos: 'The Verdict' de Don Siegel

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He querido incluir en la sección Añorando estrenos —en la que intentaré ofrecer una alternativa a los estrenos de hoy día a aquellos que tengan ganas de ampliar su campo de disfrute en el cine— la ópera prima del cineasta Don Siegel, ‘The Verdict’, realizada en 1946, por diversas razones. En ella se encuentran reunidos los elementos típicos de los dramas criminales de aquellos años tan lejanos en los que descansa un cine, que aunque no lo parezca, sigue de moda en nuestro tiempo, salvo por la forma en la que es enfocado. Es evidente que el séptimo arte suele ceder a las necesidades del espectador según se mueven los tiempos. Si ahora, un thriller, en la mayoría de los casos, está supeditado al montaje caótico y el impacto fácil, en los años de la realización del film que nos ocupa, su vestimenta era la de una narración clara y sin florituras inútiles, apostando por la sugerencia, y en algunos casos la ambivalencia, manifestada en su puesta en escena.

Don Siegel era uno de esos realizadores norteamericanos que aprendieron su oficio en aquellos años firmando películas como ésta, y que más tarde perfilaron su estilo. Así pues, Siegel se suma a nombres como Samuel Fuller, Phil Karlson, Robert Aldrich o Arthur Penn, una serie de realizadores que, bajo la etiqueta de “generación de la violencia”, dejaron su impronta en películas que ayudaron a cambiar la percepción de tipo de cine, sobre todo thrillers, volviéndolo más violento y encarnizado. En el caso de Siegel hay un buen número de películas que son la base de su estilo, totalmente clásico, años antes de convertirse en el mentor de Clint Eastwood, hecho por el cual tiende a tacharse erróneamente al director de ‘Más allá de la vida’ (‘Hereafter’, 2010) como un cineasta neoclásico. Una sentencia absurda que parece obviar todo lo hecho anteriormente a films como ‘La jungla humana’ (‘Coogan´s Bluff’, 1968) o ‘Harry el sucio’ (‘Dirty Harry’, 1971).

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Ciclo Western en Blogdecine

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La fotografía de arriba pertenece a la obra maestra de Delmer Daves, ‘El árbol del ahorcado’ (‘The Hanging Tree’, 1959). Me ha parecido una imagen perfecta para anunciar un ciclo largamente atrasado: el Western, género cinematográfico por excelencia que tantas y tantas joyas ha dejado a lo largo y ancho del séptimo arte. Es una pena, por lo menos para quien esto firma, el ver como el mejor género desaparece poco a poco, avivándose sólo cada cierto tiempo con un par de títulos, tal y como ha ocurrido con el reciente trabajo de los hermanos Coen, que está siendo un gran éxito —las razones las encuentro en su reparto y directores más que en su género, pero ése es otro tema—. ¿Cuánto tiempo pasará hasta que otro western haga ir en masa a la gente al cine?

Mientras soñamos con una de esas utopías, en Blogdecine vamos a rememorar los lejanos tiempos del salvaje Oeste. Procuraremos llevar cierto orden, intentando mantener la perspectiva, señalando la evolución del género a través de los trabajos de creadores que dejaron lo mejor de sí mismos en el western. Duelos, indios, la conquista de la tierra soñada, buscadores de oro, prostitutas, bandidos, pistoleros, y demás elementos reconocibles, siempre con el filtro de la fábula, en ese punto donde termina la realidad y empieza la leyenda, tendrán su lugar en este ciclo. Y será tan eterno como vida me quede.

Empezaremos esta misma semana con la película ‘Valor de ley’ (‘True Grit, 1969), dirigida por Henry Hathway, por motivos más que evidentes. Sólo una aclaración. En este ciclo no hablaremos de ninguna película dirigida por John Ford o William Wyler. Estoy seguro de que sois capaces de saber la razón de ello, y lo que es mejor, estaréis de acuerdo.

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Añorando estrenos: 'La noche del demonio' de Jacques Tourneur

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Iniciamos hoy en Blogdecine una nueva sección con la que pretendo ofrecer una alternativa a la mediocridad reinante en las carteleras. Tal vez muchos de vosotros estéis contentos con los estrenos actuales, sobre todo los que sois poco exigentes y os conformáis con el típico blockbuster de turno aunque le esté tomando el pelo al espectador. Para vosotros no es esta sección, lo es para todos aquellos que, como un servidor, están hastiados de un cine efímero —salvo honrosas excepciones, evidentemente— que no quedará en la retina del público ni momentos después de su visionado. Las películas elegidas lo serán siguiendo mi criterio único, personal e intransferible, aunque por supuesto estoy abierto a sugerencias de todo tipo. Pero ojo, esto no es Críticas a la carta, sección en la que próximamente mi compañero Juanlu os animará el día con su opinión sobre ‘La roca’ (‘The Rock’, Michael Bay, 1996) —si es que tenéis una mala leche que no podéis con ella—.

La película elegida para iniciar la sección es la mítica ‘La noche del demonio’ (‘Night of the Demon’, Jacques Tourneur, 1957) que curiosamente guarda parecidos con un film que se estrenará el próximo viernes entre nosotros: ‘La trampa del mal’ (‘Devil’, John Erick Dowdle, 2010). El detective del film escrito por M. Night Shyamalan recuerda al psicólogo del film de Tourneur. Ambos son dos escépticos que se niegan a creer que más allá de la lógica existe una fuerza superior que puede regir nuestros destinos y acciones. Una vez más Toruneur regresaba al cine fantástico, que tantos buenos resultados le había dado en los primeros años de su carrera como director de largometrajes.

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Vampiros de verdad: 'El vampiro' de Fernando Méndez

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Tercera incursión de la muy desconocida por estos lares cinematografía mexicana en este especial de vampiros al que ya le quedan pocas mordeduras. Si antes nos centramos en el díptico vampírico dirigido por Miguel Morayta —‘El vampiro sangriento’ (1962) y ‘La invasión de los vampiros’ (1963)—, ahora lo haremos en otro no menos popular al que hay que añadirle el valor de la influencia posterior en el género de terror y/o fantástico. ‘El vampiro’ (1957) fue el mayor éxito de Fernando Méndez, tanto que está considerada como la cota más alta del terror mexicano. El trabajo del director fue comparado con el de Cecil B. DeMille —supongo que por la concepción del espectáculo—, y la película sedujo a importantes cineastas como François Truffaut, que por aquel entonces era un prestigioso crítico que aún no había dado el salto a la dirección.

Dicha influencia por supuesto tiene mucho que ver con la puesta en escena de Méndez, que parece adelantarse en un año a todo lo que hizo famosa a la mítica productora británica Hammer, sobre todo en sus producciones de tema vampírico. Argumentalmente ‘El vampiro’ hace gala de un entramado familiar/dramático, tan característico del cine mexicano, que se entremezcla con la trama de corte fantástico, sin duda mucho más interesante. El trabajo de Méndez ha sobrevivido al paso del tiempo —más de 50 años no es ninguna broma cuando se trata de cine— sin ningún tipo de dificultad, y resultan sorprendentes algunos de los apuntes de un relato que fusiona con convicción elementos propios del cine mexicano y universales.

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'The Haunted Strangler', Jekyll, Hyde y Boris Karloff

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Que nadie se lleve a equívoco con el titular. No nos encontramos ante una película que adapte la mítica novela de Robert Louis Stevenson —John S. Robertson y Rouben Mamoulian ya se encargaron hace muchos años de firmar las mejores versiones que existen al respecto—, pero el atrayente tema de la dualidad de personalidad está muy presente en ‘The Haunted Strangler’, film dirigido por el artesano Robert Day en 1957, año en el que en el cine británico se produjo toda una conmoción gracias a los éxitos taquilleros de la Hammer, con películas como las dos de Quatermass o ‘La maldición de Frankenstein’ (‘The Curse of Frankenstein’, Terence Fisher, 1957). Precisamente el film protagonizado por Peter Cushing inició el ciclo de la productora británica sobre las monsters movies de la Universal.

Paralelamente a la Hammer muchas productoras pusieron en marcha películas con el propósito ya no sólo de competir con la misma, sino con la de sumarse a la fiebre de cintas fantásticas/terroríficas que se produjo en aquella época. Muchas de esas películas terminaron siendo olvidadas, incluso desde el momento de su estreno. Casi todas eran producciones de serie B, con presupuestos más que limitados, y su repercusión a veces fue mínima. Sin embargo, el paso del tiempo una vez más pone las cosas en su justo lugar, y más de 50 años después podemos recordar la calidad de una película que curiosamente también suele permanecer desconocida para los fans del gran Boris Karloff, la auténtica estrella del film.

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'Chantaje contra una mujer', la seriedad de Blake Edwards

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Aunque llevaba varios años apartado del cine —‘El hijo de la pantera rosa’ (‘Son of the Pink Panther’, 1993) es el penoso título que cierra una filmografía estupenda en su mayor parte— Blake Edwards dejó un gran vacío en el mundo del séptimo arte. Su nombre estuvo siempre ligado al género de la comedia, en la que dejó títulos inolvidables, alguno de ellos protagonizados por su actor fetiche, Peter Sellers. Pero Edwards también tenía una cara seria, tanto que muchos dudarían que el realizador que se encuentra tras algunas de las comedias más hilarantes de la historia, y del título que hoy nos ocupa, ‘Chantaje contra una mujer’ (‘Experiment in Terror’, 1962) pueda ser el mismo. Una prueba de la versatilidad de un autor que cuando se trataba de hacer reír era el más cachondo del lugar, pero cuando había que ponerse serio, era capaz de meter el miedo en el cuerpo del espectador.

1962 fue un año realmente importante en la carrera de Edwards. El realizador venía da saborear las mieles del éxito con ‘Desayuno con diamantes’ (‘Breakfast at Tiffany´s’, 1961), film que aúna comedia y romanticismo con una elegancia pocas veces vista —curiosamente esta misma semana tenía que soportar en mi humilde hogar como algunos despistados desconocedores de las inquietudes estéticas de Edwards la tachaban de sobrevalorada—, y entró en contacto con la actriz Lee Remick a las que se las hizo pasar canutas en dos ocasiones. La terrorífica ‘Días de vino y rosas’ (‘Days of Wine and Roses’, 1962) —probablemente la mejor película sobre el alcoholismo— y ‘Chantaje contra una mujer’ evidencian lo duro que podía llegar a ser uno de los directores que más risas arrancaron del público.

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Vampiros de verdad: 'La invasión de los vampiros' de Miguel Morayta

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Antes de proseguir en este especial de vampiros con la que a mi juicio es la mejor muestra del género en la década de los 80, saltamos en el tiempo unos cuantos años, y regresamos al cine de Miguel Morayta con la secuela de ‘El vampiro sangriento’ (1962) titulada ‘La invasión de los vampiros’ (1963) y que es una continuación en toda regla. Recordemos que el caso de Morayta es cuanto menos peculiar. Luchó en el bando republicano, siendo familiar de Franco, estuvo a punto de morir bastantes veces y en esos años el único contacto que tiene con el cine es el conocer personalmente a la realizadora Leni Riefensthal. Cuando escapa de Europa al otro lado del charco, su intención es irse a Argentina, pero primero recae en México, donde se queda y estudia cine. El resultado: uno de los más importantes impulsores del cine mexicano con más de 70 películas en su haber.

Precio a pagar: ser un completo desconocido en nuestro culto país. El propio director, original de Ciudad Real, dice tener una opinión muy clara al respecto pero prefiere callarse. Con 103 años de edad, casi nada, Morayta dejó de hacer cine allá por 1978, y las posibilidades de ver alguna de sus películas son más bien remotas. Me imagino que todos pensáis en ese espacio virtual, ayudados entre otras cosas por cierto entrañable animal de carga, ahí donde se hace el trabajo que las distribuidoras cinematográficas, en este caso en el mercado doméstico, no hacen. En estos tiempos de rápido consumo, ediciones mil de las mismas películas, ¿qué trabajo cuesta ampliar horizontes sobre un cineasta olvidado por su propio país?

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Blake Edwards nos ha dejado

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No soy creyente, pero si en algún sitio existe algo parecido al cielo, o hay algo después de la segura muerte, no me queda la más mínima duda de que los dos cachondos de la fotografía, Peter Sellers y Blake Edwards, estarán pasándoselo en grande, con sus típicas monerías y chistes, haciendo reír a carcajada limpia a quien se encuentre con ellos.

Edwards falleció el pasado miércoles a la edad de 88 años debido a una fuerte neumonía. Tras el fallecimiento de muchas personalidades del cine, cuyas noticias hemos ido dando a lo largo de las últimas semanas, haciendo incluso bromas sobre ello, la marcha —siempre me ha parecido el verbo más adecuado cuando alguien se muere— de Edwards supone un duro golpe para muchos cinéfilos, y eso que, para quien esto suscribe, el director natural de Oklahoma, firmó su última gran película en 1982, ‘¿Víctor o Victoria?’ (‘Victor Victoria’), sofisticada comedia con una imapagable Julie Andrews, esposa del realizador, en un divertido y complejo papel.

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Cine mudo: 'El estudiante de Praga' de Stellan Rye y Paul Wegener

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Quizá pensaba el lector de estas páginas que cuando anuncié el ciclo de cine mudo —en el que espero en las líneas de comentarios su principal característica— que empezaría el recorrido por un film famoso, alguno firmado por Fritz Lang, D.W. Griffith o S.M. Einsenstein. Y en verdad esa era mi intención, pero cuando me disponía a revisar una de esas obras tan lejanas en el tiempo, me decidí instintivamente y en última hora a elegir un film no tan conocido como otros, y cuyo conocimiento corre el peligro de caer en el olvido. Si podemos ignorar con facilidad films importantes de reciente cosecha, ¿qué ocurre entonces con aquellos de idéntica suerte pero realizados en los orígenes del cine? La memoria, mucho más importante que la historia, decide.

Por eso mismo, y porque hablar de personalidades cinematográficas que encontramos hasta en la sopa puede ser una pérdida de tiempo, he creído oportuno empezar este largo ciclo haciendo hincapié en la importancia de no olvidar títulos imprescindibles del cine, y en la medida de los posible acercar al cinéfilo inquieto una serie de obras que a muchos les será difícil asimilar. Que el cine tenga poco más de 100 años de vida no deja de ser chocante si comparamos su edad con lo mucho que ha cambiado en todo ese tiempo, afectando a sus formas de disfrute. ‘El estudiante de Praga’ (‘Der Student von Prag’, Stellan Rye y Paul Wegener, 1913) es una firme prueba de ello.

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'Los Vikingos', la aventura perfecta

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Dios nos salve de la ira de los hombres del norte

-Antigua oración inglesa

Corría el año de gracia de 1958, cuando un fornido hombre nacido en el bárbaro continente americano, Richard Fleischer, nos trajo la aventura definitiva sobre esa raza legendaria proveniente de las tierras del norte: los vikingos. Sobre unas pinturas que funcionan a modo de fresco histórico de la época en la que se va a desarrollar la acción, la portentosa voz en off de Orson Welles nos pone en situación: estamos en el siglo IX d.c. y los ataques de los vikingos a territorios ingleses se suceden. Nos preparamos a disfrutar de un relato rebosante de peripecias: amor, amistad, traición, batallas y honor. Lo que enciende los corazones humanos.

Richard Fleischer era un artesano del viejo Hollywood en el mejor sentido de la palabra. A él le debemos otras maravillas del género como ’20.000 leguas de viaje submarino’ (‘20.000 Leagues Under The Sea’, 1954) o la aventura fantacientífica ‘Viaje alucinante’ (‘Fantastic Voyage’, 1966), amén de varios films que merecerían ser rescatados del semiolvido en el que descansan. Pero ya sólo por haber dirigido ‘Los Vikingos’ debería pasar a los anales de la creación cinematográfica. Esta es una película de visión obligatoria a todo aquel que considere que el cine de aventuras nace con Indiana Jones. Más de cincuenta años después, aún conserva intacta su capacidad de fabulación, su sentido de la maravilla y su arrollador sentido del espectáculo.

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