'Lunas de hiel', sexo, pasión y dolor
Nada podrá nunca superar el encanto de aquel primer amanecer. Yo podría haber sido Adan, con el sabor aún fresco en mi boca de la manzana. Estaba observando a toda la belleza del mundo corporeizada en una mujer, y supe, con cegadora certeza, ¡que esto era todo!
-Oscar
Roman Polanski sufre un doble rasero, no sólo en su vida privada, también en su vida creativa. Parece establecido que el cineasta ha firmado un grupito de obras mayores que casi nadie cuestiona, y un puñado de obras menores, entre las que se encontraría ‘Lunas de hiel’. Pero yo hoy quiero romper una lanza en favor de situar a esta película entre las más inspiradas y personales de toda su apasionante carrera.
Descarnada descripción de los avernos infinitos a los que desemboca una relación apasionada y tumultuosa, escalofriante relato de “pasiones devoradoras” que embarcan a sus dueños a un viaje más allá de toda posibilidad de redención, o brutal disección de los mecanismos de autodestrucción o sadismo que implica todo amor envenenado de odio y celos. Cualquiera de estas frases, y algunas más, podrían aplicarse a la realización número trece de Polanski.









