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Estrenos

'J. Edgar', derechazo a los prejuicios

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Cartel de 'J. Edgar', la nueva película de Clint Eastwood

Corre la voz entre los cinéfilos de que ‘J. Edgar’ puede ser un traspiés en la carrera de Clint Eastwood, y no podemos culparles, ya que la crítica americana la ha recibido con una frialdad considerable, siendo además completamente ignorada en las recientes nominaciones a los Oscar. Soy consciente de que hay no pocos amantes del cine que lo consideran poco menos que un Dios, como por ejemplo mi compañero Alberto, el cual está demostrando su alta estima hacia el director de ‘Un mundo perfecto’ (en mi opinión su mejor película) en el especial que le está dedicando en Blogdecine. Seguro que ni el propio Eastwood esperaba alcanzar el nivel que ha logrado cuando decidió dar el salto a la dirección con la estimable ‘Escalofrío en la noche’

He de reconocer que yo no soy un adorador de la religión de Clint Eastwood, ya que tiene unas cuantas películas que me encantan, pero también varias que catalogo entre lo regular (‘Banderas de nuestros padres’ o la aún reciente ‘Más allá de la vida’) y lo malo (‘Deuda de sangre’ o ‘Ejecución inminente’). Imagino que algunos de vosotros ya estaréis buscando piedras bien grandes y de canto afilado para lapidarme por soltar semejante blasfemia, pero lo que busco afirmando esto no es causar una polémica gratuita, sino dejar claro de entrada que no soy un fanboy suyo, sino alguien que no tiene problemas en atacar sus películas si creo que la ha pifiado ¿Estamos ante un caso así con ‘J. Edgar’, su nueva película que llega hoy 27 de enero a los cines españoles?

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'Drive', la soledad del corredor de fondo

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Se habla mucho estos meses de reciclados, homenajes y revisitaciones de formas y estilos de tiempos pasados. Tal y como apuntaba en mi texto sobre la infame ‘Perros de paja’ (‘Straw Dogs’, Rod Lurie, 2011), los remakes llevan haciéndose desde que el cine es cine. Lo mismo ocurre con esas películas que parecen tomar prestado de otras, puesto que el séptimo arte, como todas las demás artes, se retroalimenta para dar paso a nuevas formas de narrar historias. Nicolas Winding Refn lo ha entendido muy bien, y con ‘Drive’ (id, 2010) —recientemente ninguneada en las nominaciones a los Oscars, optando sólo al montaje de sonido— nos ha regalado un thriller, cuyas fuentes de inspiración son de lo más variopintas, no quedándose únicamente en eso. ‘Drive’ es un claro ejemplo de influencia bien asimilada y respira con vida propia en cada uno de sus intensos fotogramas.

La historia es sencilla, que no simple, y el provecho que se saca de ella es máximo. Ryan Gosling, también ninguneado en las nominaciones y ya no sólo por este film, da vida a un conductor de coches que trabaja en un taller y de especialista de cine, pero también tiene otro curioso trabajo: es chófer en atracos. Su vida se complica cuando conoce a una chica y su hijo pequeño. El marido de ésta acaba de salir de la cárcel y debe dinero por protección. Nuestro héroe, por amor, decidirá ayudarle y como consecuencia una serie de hechos fatídicos tendrá lugar. En la mejor tradición del Film Noir, la fatalidad y el destino por el que están marcados los personajes, serán los principales elementos de una historia que esconde más de lo que parece a simple vista. Pero si se mira con atención, ‘Drive’ se descubre ante nuestros ojos como algo más que un simple thriller.

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'Albert Nobbs', la transformación de Glenn Close

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Albert Nobbs

Mañana se estrena en cines de nuestro país ‘Albert Nobbs’, una película que cuenta con tres nominaciones a los Oscar: una para Glenn Close como mejor actriz principal, otra para Janet McTeer, como mejor actriz de reparto, y una al mejor maquillaje. Dirigida por Rodrigo García, hijo del escritor Gabriel García Márquez, director de televisión y de cintas cinematográficas como ‘Cosas que diría con sólo mirarla’, ‘Nueve mujeres’ o ‘Madres e hijas’; esta cinta nos habla de una mujer que se disfraza de hombre para lograr su primer trabajo y, apreciando las ventajas ofrecidas a su género, continúa tan metida en el papel que hasta internamente llega a concebir dudas sobre su sexualidad, no tanto en el sentido de sus tendencias, como en el de su identidad.

Close hace una labor excelente con muy poco, ya que su personaje destaca más por la sobriedad y la discreción que por las demostraciones de gestualidad. Es habitual que el cine fuerce a sus protagonistas a cambiar de sexo, pero suele ser más común que sean los hombres quienes pasan por mujeres y en esos casos siempre se pide más la sobreactuación que el comedimiento. La situación inversa requiere circunspección, quizá porque los hombres son más tranquilos. La actriz no solo tiene que transformarse, sino también esconder todos sus sentimientos y secretos y su papel, en el que nada de esto sufre carencias, merece todos los premios y reconocimientos.

No obstante, veo más valor al personaje de Janet McTeer, no tanto por la intérprete, sino por cómo está concebido desde el guion, ya que presenta algo más de conflicto, de facetas y de interés. Ella no nos hace imaginar, ni por un instante, que sea un hombre –de Close, si no la conociésemos, quizá nos lo habríamos creído–, sin embargo, la actriz está excelente y derrocha carisma. Es posible que el Oscar se lo lleve ella en lugar de la protagonista.

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'Arrugas', una joya a descubrir

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Cartel promocional de 'Arrugas'

La semana pasada al hablaros de ese peliculón que es ‘Los descendientes’ os comentaba que en la actualidad damos un valor algo distorsionado a las cosas, corriendo así el riesgo de que las relaciones humanas con aquellas personas a las que más queremos no sean todo lo fuerte y estrechas que desearamos. Y eso es algo de lo que sólo nos arrepentiríamos en el momento en el que una tragedia nos priva de la compañía de alguno de ellos. No obstante, hay una posibilidad aún más grave, y es que nosotros mismos acabemos optando voluntariamente por desentendernos de un ser querido cuando se convierte en una carga demasiada pesada. Y es que no es raro que nuestros mayores lleguen a un punto en el que no pueden valerse por sí mismos, pero nosotros tampoco tengamos la capacidad para ocuparnos de ellos convenientemente. ¿Qué surge de todo esto? El abandonar a nuestros mayores en residencias para la tercera edad, donde delegamos en abolutos desconocidos el cuidado de nuestros mayores.

Lo curioso es que este tema no es algo que el cine aborde muy a menudo, ya que se ve que las historias sobre jubilados no deben tener suficiente interés comercial. Más curioso aún es que haya sido una película de animación española la que venga a ofrecer una visión al respecto. ¿Cuál es el motivo de resaltar que sea de animación y española? Pues que, seamos francos, el cine de animación hecho en nuestro país es escaso, tanto en cantidad como interés (de hecho, en televisión se han hecho cosas mucho más interesantes en este campo). Me vienen a la mente casos como ‘El lince perdido’ o ‘Planet 51’, algunas de las producciones con más aspiraciones de los últimos años. La primera se quedaba a mitad de camino de lo que quería y la segunda era una bobada de mucho cuidado. Podría remontarme más en el tiempo, pero lo cierto es que me da la sensación de que los animadores españoles más talentosos tienen que irse al extranjero a buscarse trabajo, algo similar a lo que sucede con varios directores de nuestro cine que apuestan por el cine de género. No obstante, la nominación al Oscar de ‘Chico & Rita’ seguramente sirva de estímulo para revitalizar este tipo de propuestas, pero en esta ocasión vengo a hablaros de ‘Arrugas’, la adaptación cinematográfica del cómic de Paco Roca que se estrena este viernes.

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'Silencio en la nieve', rojo sobre blanco

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Silencio en la nieve

Durante el frío invierno ruso de 1943, un batallón de la División Azul se topa con un cadáver de un soldado español que no ha muerto en la contienda, sino que ha sido víctima de un cruento ajuste de cuentas. Sobre su pecho se han gravado en sangre las palabras “mira, que te mira Dios”. Un solado que había sido policía queda encargado de la investigación del caso. Así comienza ‘Silencio en la nieve’, la adaptación de la novela ‘El tiempo de los emperadores extraños’, de Ignacio del Valle por parte de Gerardo Herrero, partiendo del guion de Nicolás Saad, que se ha estrenado esta semana con el protagonismo de Juan Diego Botto, Carmelo Gómez, Víctor Clavijo, Sergi Calleja, Adolfo Fernández y Andrés Gertrúdix.

Está claro que, si se ambienta cualquier historia durante una guerra y se escoge a los protagonistas en un bando concreto, las connotaciones políticas no se pueden obviar. Lo extraño sería que estos dos señores, mientras indagan, no se topasen a cada momento con sospechas de traición y con la obligación de demostrar constantemente de qué parte están en modo de exaltaciones patrióticas e insultos al contrario. Estas cuestiones se sitúan en el film como enmarcación histórica, pero no lo invaden ni desvirtúan su esencia de thriller. Lo que ocupa todos y cada uno de los diálogos es la investigación que, de forma muy ordenada, cabal y creíble, lleva al protagonista hasta el culpable. La solución no es previsible, pero una vez resuelto el caso, todo encaja y no se puede decir que haya habido trampas para crear despistes, falsos culpables ni escamoteo de la información para evitar que se adivine. Quien no se entretenga con un seguimiento de pistas, al modo tradicional, en el que una lleva a la otra y así se concatenan sucesivamente, se aburrirá con una película en la que casi todo son diálogos, pero para mí es uno de los géneros más disfrutables. Además, como me quejo una y otra vez de que las películas tarden en arrancar, encontrarme con una que presenta el conflicto principal en su primera escena supone alborozo.

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'Un lugar para soñar', una película para llorar

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Solo necesitamos veinte segundos de coraje irracional. Y te lo prometo, el resultado es algo magnífico.

(Benjamin Mee)

Frases como la de arriba, dichas y repetidas con aire solemne, son parte del problema de ‘Un lugar para soñar’ (‘We Bought a Zoo’), el último trabajo de Cameron Crowe, un cargante vídeo de autoayuda de dos horas que pretende solucionar todos los problemas del ser humano con luz solar y buen humor. Y veinte segundos de locura de vez en cuando, para conseguir chicas es un método ideal (fans de Rooney Mara, apuntaos el consejo). Recuerdo que cuando fui a ver la película, hace ya un par de semanas, escuché notables reacciones de sorpresa cuando en los créditos finales hacen eso tan típico de las historias basadas en hechos reales, que es aclarar al espectador el destino o la situación actual de los auténticos protagonistas. La pregunta se extendió por toda la sala, más o menos formulada de la misma manera: ¿ESTO ha pasado de verdad? Bueno, no exactamente, Matt Damon sigue felizmente casado y no ha comprado el bonito zoo donde trabaja Scarlett Johansson en sus ratos libres. Pero sí, un tal Benjamin Mee se trasladó con su familia (mujer, hijos, hermano y madre) a un enorme terreno con doscientos animales que iban a ser sacrificados si nadie se hacía cargo de ellos. Eso es cierto.

Lo que cuenta ‘Un lugar para soñar’ no parece cierto en absoluto. Y es lo que importa, que la ficción parezca verdad. Sin embargo se percibe forzada, falsa, empujada con torpeza en una dirección: conmover al público de la manera más directa e inmediata posible. La graciosa versión infantil de Carla Gugino y el débil tigre moribundo son algunas de las toscas herramientas. La guionista Aline Brosh McKenna (‘El diablo viste de Prada’, ‘Morning Glory’) y el director (también coautor del guion) parecen caer en el error habitual de dar por sentado que al incluir un letrero de “basado en hechos reales” te cubres las espaldas, que el espectador va a asimilar las situaciones que le plantees sin oponer resistencia. Pero la fuente de la que bebe el guion solo debería ser un dato curioso, o una información para el que desee extender su conocimiento sobre la historia narrada. Nunca un comodín con el que justificar lo inverosímil. Que una película basada o inspirada en hechos auténticos resulte increíble es de lo más fácil, y por desgracia muy común; solo hay que exagerar las situaciones para hacerlas más dramáticas o más cómicas (forzar lo natural), simplificar las rutinas y los personajes, dulcificarlo todo y añadir algunos consejos vitales como los que vienen en los sobres de azúcar de las cafeterías (“quien lucha por sus sueños ya ha triunfado”, y toda esa basura). ‘Un lugar para soñar’ cae con torpeza en todos esos errores y algunos más.

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'Sherlock Holmes: Juego de sombras', una aventura

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Sherlock Holmes: Juego de sombras

En mi humilde opinión, el cine de aventuras tendría que ser aquel que nos haga desear pasar las peripecias que están viviendo sus protagonistas, envidiar sus destinos y misiones y anhelar dedicarnos a lo que ellos hacen. Provocarnos vivir vicariamente lo que no podemos saborear con nuestros propios cuerpos, trasladarnos a lugares y épocas oníricos y deslizarnos en una vorágine de sucesos que, a pesar de sus riesgos y desventajas, deseamos compartir… estoy segura de que hace unas décadas, eso era el cine para los espectadores de todas las edades. Y más adelante lo fue para las generaciones que vinimos después, durante nuestras infancias.

Según nos hacemos mayores, vamos comprendiendo que este séptimo arte que nos da tantas alegrías y decepciones ofrece otras maneras de disfrutarlo, ya pueda ser en un deleite estético, como en una reflexión intelectual, como en un goce emotivo, causado por compartir los sufrimientos o logros de sus personajes. Sin embargo, ninguna de estas opciones conlleva el deseo de convertirnos en esas personas o la traslación de nuestras inquietudes al otro lado de la pantalla. Solo el cine de aventuras que funciona de verdad lo consigue. Tan rara es la vez que esto se halla que, por mucho que me sirva para pasarlo como una enana, ya he dejado de buscarlo. Cuando lo encuentro sin esperarlo, sea como sea la película que me lo proporciona, me recreo y siento que estoy recibiendo aquello que ansiaba siempre que acudía al cine.

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'Los descendientes', la primera gran película de 2012

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Fragmento del cartel de 'Los descendientes'

En esta vida hay muchas cosas que nos importan, pero la gran mayoría están muy lejos de ser imprescindibles. Puede ser el permitirnos el ir a cenar por ahí y no comer alguna porquería precocinada en casa, consegui comprar esa edición limitada tan chula de esa película que nos vuelve locos o el poder hacer un viaje por ahí de cuando en cuando. Hay infinitas posibilidades de cosas que hacen nuestras vidas más llevaderas, pero lo que no parece valorarse lo suficiente en la sociedad actual es la importancia de nuestros seres más queridos. Quizá sea que demos por sentado que van a estar siempre ahí y por ello tendemos a dejar ver nuestra cara más superficial, en la que el consumismo se ha asentado como nuestra forma de vida.

Los problemas llegan cuando algo malo le pasa a esa persona que tanto queremos. Puede que no sea nada grave y se recupere rápidamente, pero también que acabe muriéndose, y mejor no hablemos de la posibilidad añadida de que la última vez que hablaséis todo acabase en una discusión en la que poco menos que dejastéis de hablaros. Y es que ahí también damos por sentado que todo acabará volviendo a la normalidad, pero ¿y si el médico te comunica de forma segura que esa persona que amas va a morir?

Ese miedo elemental es el que toma como punto de partida ‘Los descendientes’, el esperado regreso de Alexander Payne tras no haber dirigido una película desde el estreno en 2004 de ‘Entre copas’. Y como habéis podido leer ha optado por volver con una historia que muy fácilmente podría haber optado por el camino fácil de intentar conseguir la lágrima fácil, alguna nominación al Oscar y una dosis extra de reconocimiento para George Clooney, es decir, una producción de corte más académico que le terminase de aupar entre los más grandes Hollywood. ¿Es eso lo que ha sucedido? Para nada.

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'Millennium: los hombres que no amaban a las mujeres', la des-suecada de Fincher

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Millennium: Los hombres que no amaban a las mujeres

Se presenta difícil calibrar ‘Millennium: los hombres que no amaban a las mujeres’ (‘The Girl with the Dragon Tattoo’, 2011) sin tenerla en cuenta como “una película de Fincher“ (marca registrada) o como un remake/adaptación, es decir, situándola en algún punto dentro de la filmografía de su director y contrastándola con el resto de su producción o comparándola con la novela en la que se basa y con la película que previamente adaptó este bestseller para remarcar qué se han dejado aquí, qué acierto han tenido allá al acercarse más al texto original.

Ante la pregunta de si sería preferible evaluarla despojándose de todas estas nociones previas no hallo una respuesta o, al menos, no una determinante. Sería mejor escribir una crítica en la que la presente fuese solo una película, sin más, si existiesen espectadores y lectores de estas páginas (virtuales) que así la pudiesen afrontar, pero me extrañará que queden muchos aún de esos. No obstante, personalmente, sí me gustaría ser capaz de verla con esa óptica y de liberarme de todas las consideraciones antepuestas para llegar a una conclusión clara sobre mi opinión del film ya que, teniéndola en cuenta en ese marco y con esos precedentes, la única calificación que me merece, por ahora, es la de innecesaria.

No puedo decir que sea prescindible como remake, pues ya antes de que se anunciase pedía en mi crítica una reproducción norteamericana “re-producida” con mayor presupuesto y reiteraba mis deseos ante la segunda parte, claramente rodada para televisión y con exigencias aún menores.

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'Sherlock Holmes: Juego de sombras', mejor que la primera

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Ya conoces mis métodos.

(Sherlock Holmes)

El rotundo éxito comercial de la moderna y aparatosa adaptación de ‘Sherlock Holmes’ dirigida por Guy Ritchie, con Robert Downey Jr. y Jude Law de protagonistas, hacía inevitable al menos una continuación (ya sabemos que en Hollywood, mientras algo dé dinero, se explota hasta la saciedad). Los productores volvieron a confiar en el equipo de la primera entrega, con la notable excepción de los guionistas (a priori, una estupenda noticia), y ya en el tráiler quedó claro que el objetivo, a grandes rasgos, era ceñirse a la fórmula que había obtenido el respaldo del público. Sin arriesgar, pero cumpliendo la norma no escrita de las secuelas: ‘Sherlock Holmes: Juego de sombras’ (‘Sherlock Holmes: A Game of Shadows’) prometía ser más oscura y más espectacular que su predecesora. Los resultados en taquilla debieron ser también mayores, pero curiosamente esta segunda entrega se ha quedado por debajo de las cifras que logró ‘Sherlock Holmes’ en 2009.

Ya sabéis que no me encuentro entre los que aplaudieron la visión que tiene Ritchie de las aventuras del detective creado por Arthur Conan Doyle (prefiero la más fresca y exigente serie de televisión de la BBC con Benedict Cumberbatch y Martin Freeman), la película de 2009 me parece un despropósito que se salva gracias a los actores (y Hans Zimmer), así que cuando fui al cine a ver la segunda parte estaba mentalmente preparado para aguantar dos horas de ruido, tontería y estética de videoclip, como cuando me siento a ver algo de Michael Bay, McG o Tony Scott, por mencionar otros adocenados realizadores de la industria del “entretenimiento” de Hollywood. Y cuando ya en las primeras escenas se apuesta por incluir una brutal y gratuita explosión (absurdo prólogo donde los haya) y una fantasiosa pelea de Holmes contra un puñado de matones idiotas que no desentonaría en absoluto dentro de la saga ‘Matrix’, empecé a temerme lo peor. Por fortuna para mi salud mental (y la de millones de espectadores, sean conscientes o no) la película mejora a partir de ahí y llega a resultar más intensa y entretenida que la primera entrega. Cumple con lo (poco) que promete.

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