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Reflexiones de cine

Las diez peores películas de 2011

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Los mayores bodrios de 2011

Hace ya más de un mes que os hablé de cuáles son las mejores películas de 2011, y es que es normal que uno rellene huecos pronto con las películas realmente prometedoras que le quedaban por ver de lo estrenado el año pasado. Sin embargo, no es tan habitual que alguien se dedique a ver expresamente películas que la gente pone a caldo para hacer su lista de las peores películas que vieron la luz, y eso es algo a lo que he ido dedicando mis ratos libres durante el pasado mes de enero. Entre que aún me quedaban unas cuantas obras de presunta calidad ausente por ver y que la idea de ver una porquería detrás de otra no es especialmente apetecible, la cosa se ha demorado quizá demasiado en el tiempo, pero creo que nunca está de más recordar esos bodrios que vieron la luz en 2011 ahora que lo que se lleva estos días es pensar únicamente en buen cine por la proximidad de los Oscar.

Ya avanzo que me ha sido imposible ver ‘Capitán Trueno y el Santo Grial’ (prometo crítica cuando finalmente me sea posible remediarlo) y que, por razones de continuidad con la serie (de la cual apenas soporté 20 minutos de su primer episodio), he obviado el visionado de ‘Águila Roja: La película’. Salvo por esas excepciones he tomado como base vuestras votaciones a la hora de elegir la peor película de 2011 para elegir los presuntos bodrios que se me habían escapado. Al igual que hice en mi elección de las mejores películas, aquí os dejo los títulos de los títulos que ocuparían los puestos del 11 al 20 de este particular ranking: ‘Cowboys & Aliens’, ‘No lo llames amor, llámalo X’, ‘Justin Bieber: Never Say Never’, ‘Destino oculto’, ‘La trampa del mal’, ‘Torrente 4: Lethal Crisis’, ‘Green Lantern (Linterna verde)’, ‘Piratas del Caribe: En mareas misteriosas’, ’30 minutos o menos’ e ‘Immortals’. Y ahora vamos allá con las diez peores bodrios estrenados en España 2011.

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Cronenberg entrevistado

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Querido lector:

Anda el Febrero un poco nevado y comprenderás que no lea con frecuencia entrevistas con cineastas. Los directores hablan casi siempre con un orgulloso y paleto sentido del humor. Organizadas por departamentos de comunicación, las entrevistas terminan siendo una retahíla de anécdotas desternillantes sobre el rodaje. Por supuesto, existe otra variedad. La de los cineastas que hablan de su trabajo con un ademán serio. Esa variedad es todavía más lamentable, si cabe: la explicación que procederá es la de los retos que supuso rodar su película.

Leer cineastas, convendremos, es una pérdida de tiempo, a excepción de algunos entrevistadores, franceses casi todos, que se toman el deber espiritual de hacerlos hablar. Ah, Francia, a estas alturas todavía tan paciente. También algunos norteamericanos. Por supuesto, hay otros directores que parecen haber pensado tanto en su trabajo que la entrevista es una guía estupenda para comprender su universo. O que lo han hecho lo suficiente para que comprendamos asuntos de su biografía.

Pero no me pierdo: David Cronenberg, me doy cuenta, no es de estos hombres. Cronenberg cuenta con todas mis simpatías por su última película, esa en la que Michael Fassbender se despierta como un Jung sudoroso y Viggo Mortensen se divierte siendo un Freud casi falstaffiano, aunque pareciera más bien un Long John Silver de una isla del tesoro improbable, la del deseo.

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Diez duelos del western

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Hace poco tuve la oportunidad de rescatar ‘Rango’ (id, Gore Verbinski, 2011), que se me había escapado en su estreno cinematográfico, y dejando a un lado que me pareció un film muy divertido, lleno de referencias al western sobre todo, me ha servido para darle salida a esta selección de duelos del género de los géneros. Como siempre, en estos de las listas —prometí no hacer ninguna más y aquí estoy, prometo tantas cosas…—, ni están todas las que son, ni son todas las que están. Pero no hay duda de que los diez duelos que os cito a continuación son inolvidables, pertenecientes a películas imprescindibles. Como siempre, pasen y disfruten.

‘Hasta que llegó su hora’

Una de las obras maestras de Sergio Leone, lírica como pocas, culmina con uno de los duelos más esperados de la historia del cine. Una venganza largamente retrasada, un clímax único. Un uso del flashback ejemplar. Charles Bronson en el papel de su vida. Henry Fonda como inolvidable villano, y Ennio Morricone poniendo la piel de gallina. Cada vez que la veo no puedo evitar emocionarme y pensar en el lejano oeste y en el nacimiento de una nación, que avanzó a marchas forzadas, perdiéndose sus antiguos héroes en el polvo del olvido. Y también pienso en Claudia Cardinale.

Crítica en Blogdecine:

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10 razones para disfrutar de Crepúsculo sin complicaciones

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Hola muchachos, señoritas, damas, hombres de taberna, corazones, soy vuestro editor y vengo a destruir un tópico, que ya sobran y el mundo se cae en pedazos cada vez que recurrimos a los clichés. En este texto os daré varios motivos para que disfrutéis, sin demasiadas complicaciones ni aspavientos extraños, de la saga para adolescentes de moda. O en pocas palabras: para que las películas se debatan como lo que no son, no como lo que queramos que sean.

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1. Porque Kristen Stewart es un suspiro, una ESCUELA del respiro.
La belleza extraña e indómita de Stewart es un regalo hollywoodiense que no está suficientemente valorada. ¿Quién es capaz de evocar una belleza casi atonal y prosaica sin dejar de ser irresistible? Stewart anda lejos de ser una musa de Hollywood y su aplastante normalidad le ha dado grandes momentos íntimos como ‘Adventureland’ (id, 2009) pero su manera de suspirar, su rostro de perpetuo bajón tras noches cannábicas, su aplastante indiferencia….

2. Mirada Zoolander de Robert Pattinson.
Término acuñado por Jordi Costa en su crítica memorable. Ver a Pattinson es recordar que Ben Stiller fundó una escuela de actuación del todo incomprendida: no solamente cumple como una versión convenientemente matizada y descafeinada de James Dean, con buena actitud y presencia actoral, sino que sus abrazos totales al cachondeo superan al poderío de su coprotagonista femenina. ¡A disfrutar!

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Los tres suburbios de Fredrick Elmes

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En los años 80, Fredrick Elmes trabajó como operador para dos películas fundamentales para entender el suburbio norteamericano: ‘Terciopelo Azul’ (Blue Velvet, 1986) e ‘Instinto Sádico’ (River’s Edge). Dos películas profundamente diferentes, rodadas el mismo año, casi juntas y con tonos absolutamente opuestos. La primera es un misterio, todavía validado por aquella definición que le diera José Luis Guarner, “Un Buñuel de supermercado”, mientras que la segunda, injustamente caída en el olvido, es una magnífica sátira social sostenida por el trabajo de Elmes, rarísimo y un guión sorprendente, imprevisible.

El primer suburbio que citaremos es el de David Lynch. Espacios definidos por el color, la luz, espacios si se quiere deliberados en su distinción cromática, espacios evocadores de miles de postales de los años cincuenta, espacios, en fin, hechos de especies distintas. Para cuando ha aparecido Dennis Hopper, Elmes opera tensando los límites del formato panorámico, algo que gusta mucho a su cineasta.

No ha dejado de ser la obertura de esa película su escena fundamental: la melodía alegre y feliz opuesta a la tensión microscópica de una hormiga en una oreja, también la tensión de un momento de felicidad rota por lo horrible. Lynch era entonces un cineasta menos interesante, pero igualmente sugestivo, cargado de sentido.

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Cinco cosas que no entiendo de estos Oscar

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Hola, muchachotes, la vida es tan maravillosa, está tan llena de buenas noticias, de pasión, de locura. La competición que convierte al cinéfilo en un sujeto-cercano-al-hombre-de-la-quiniela-con-ceño-fruncido-y-un-hincha-de-la-gran-pantalla son los Oscar que, lo sabemos, no sirven para nada, carecen de la fuerza industrial de un Sundance, de la potencia de proyección internacional y prestigiosa de Cannes, o incluso de la condición de descubridora de títulos de culto de un Fantastic Fest o Sitges, ni siquiera tiene mucho que ver con un evento-para-generar-hypes como el renovado Toronto. Pero los Oscar es Hollywood lamiéndose: y todos con ellos, claro. Así que ahí voy, mis queridos lectores, con cinco cosas que no entiendo de estos Oscar.

1. ¿Nada para Clint Eastwood?
Aunque todavía no la he visto, y no me faltan ganas de hacerlo para ser vaquero en esta tierra de eastwoodófilos, la sola presencia de ‘J. Edgar’ (id, 2011), una película contemporánea ahora que nuestro país ha incluido la corrupción en cultura y deportes, me genera unas simpatías muy extremas. Y un DiCaprio en modo-todoterreno y un retrato oscuro de un hombre que era todo poder, secretos íntimos y malas decisiones y un guionista como Dustin Lance Black, premiado anteriormente. ¿Vamos a irnos de vacío?

2. El gato con botas ¿EN SERIO?

Decidme, y hacedlo con prosa que no sea de alquitrán, que la última película de DreamWorks SKG supera a la entrada más floja del canon de Pixar, esa película de coches y ecologismo y simpatía europea, y os creeré, pero es que la decisión de apartar la Pixarada padre se me antoja a un momento de descanso por parte de una Academia que ya parece haber decidido que ‘Brave’ (id, 2012) será previsible vencedora….

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Las tardes con Van Damme, 'Libertad para morir'

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‘Libertad para morir’ (Death Warrant, 1989) es Van Damme haciendo cine negro tradicional, una épica carcelaria, lo que viene a ser añadir sufrimiento en todos y cada uno de los antagonistas: no vayan a dudar que sus traseros serán pateados, pero que además el sudor, tan caro a esos primeros planos cargados de intensidad en el género, se va a cargar de un encuentro físico con la verdad. En anteriores aventuras, descubrimos a Van Damme a hostias con la vida, pues ahora reescribe el Falso Culpable a puñetazos, un juicio de hostias en el que el villano es el Hombre de Arena, llamado Sandman por alguna cosa.

‘Libertad para Morir’ es ver al guionista David S. Goyer entregando su más fiel, su mejor obra, mientras los que ahora loan su trabajo, de cartón y piedra y sin la mitad de honestidad, porque la cosa va de controlar los arquetipos y no ser pretencioso, escribiendo esas nolanadas padre, entregar un libreto sencillo, en el que al final al villano le parten la cara por abusar de vileza y por meter en la cárcel al tipo equivocado, pero es que además, con estas películas, descubre uno que equivocado se refiere también no ya al error evidente de encarcelar a un inocente sino de encarcelar al héroe, listo para hacer de su inocencia un bastión de manotazos y pasos de ballet frustrados por el cuerpo de otro secuaz, porque Goyer escribiría esta misma película, en la que también hay un científico loco y un villano-estólido y un viaje del protagonista hacia su lado oscuro, con pretensiones y caricaturescos diálogos y aquí era capaz de tomar esquemas naturales y darles una variación, un juego mucho más divertido.

‘Libertad para morir’ es ver a Deran Sarafian entregar lo más parecido que ha dado el mundo de Hollywood, ese lugar con frecuencia inhóspito y con una tendencia atroz a sobreponerse a los cambios con mayor aparatosidad y con una tendencia todavía más abusiva y enfermiza a autorizar fusiones, convencer a cualquier hombre con furia visual para neutralizar sus propuestas y hacer de las escenas de acción una fiesta vulgar de montaje y composición y aquí todo lo que se usa se hace con lo que de verdad importa, la convicción.

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Una conversación con un espía

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Uno de los pocos disgustos que me dio el Pueblo cuando se estrenó ‘Origen’ (Inception, 2010) fue que nadie se pusiera a hablar de esta ‘Alphaville’ (1965) de Jean-Luc Godard que inauguraba una vía enloquecida para la ciencia-ficción que nunca se continuó: una ciencia ficción imposible, es decir, una ciencia-ficción de Godard, de ensayo y diálogos cargados de poesía, de ponerse a parlotear sobre cuestiones de gran importancia sin que mediara siempre la excusa narrativa o sus mecanismos, sin que forzara el argumento.

La película no ha dejado de ser hermosa, imperfecta, extraña. Vista hoy es casi una osadía bizarra ¿cómo se atreve el francés a poner sobre la mesa una película que desnuda la puesta en escena, al parecer requisito obligado para hacer una ciencia ficción distópica, y obliga a ese Eddie Constantine, viejo lobo de la serie B, a plantearse cuestiones sobre la poesía y la conciencia? Y encima Godard rescataba al personaje, a Lemmy Caution, como si se pudiera coger un detective y hacerlo habitar un terreno imposible. Pero es que lo contaba mejor Dave Kehr: todo nos es familiar, pero nada resulta reconocible. ¿Quién ha tomado esos saltos estéticos para plantearse un futuro, ahora bañado todavía en el loop del imaginario propuesto por Ridley Scott? Pienso en la audacia de un Cuarón, pero pocos ejemplos más vienen a mi cabeza.

Godard es un poco más abstracto que esas historias preciosas que imaginan la tensión de un androide con su lágrima y lo que hace es imaginar la incomprensión de una mujer ante la conciencia y el amor. La línea final es valiente, suicida: una hermosa declaración de amor que desmiente a los que pensaron en él como un cineasta frío e impasible por tener sentimientos y no sentimentalismo, que nunca vinieron a ser lo mismo.

Especial: El amor en 32 películas

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Preparando mi texto sobre ‘Drive’ (id, Nicolas Winding Refn, 2011) me he dado cuenta de que una de sus imágenes me viene a la perfección para presentar el especial que la mayor parte de vosotros pedistéis en su momento, y que en mi crítica sobre esa maravilla titulada ‘One Day’ (id, Lone Sherfig, 2011) ya anunciaba. A lo largo y ancho de su existencia, el séptimo arte nos ha hablado de muchas cosas, siempre como reflejo de la dura realidad que nos toca vivir, y de miles de formas distintas. El elemento común denominador de muchas de esas historias, ya sean westerns, thrillers o películas de ciencia ficción, ha sido en la mayoría de los casos el sentimiento más preciado que el ser humano posee, el amor. Prostituido sin compasión en cientos y cientos de títulos, la visión que nos ha dado el Cine del amor es una imagen falsa, a ratos absurda e incluso peligrosa. La influencia del cine sobre la sociedad es tan poderosa y tan engañabobos que somos unos verdaderos gilipollas al creer que eso del amor eterno o verdadero existe. Bastan unas cuantas bofetadas de la vida para darnos cuenta de que los cuentos de princesas y príncipes enamorados son en verdad una falacia.

Pero no quiero ser malinterpretado, no tengo nada en contra de idealizar el amor, o de volvernos imbéciles cuando nos enamoramos, todo el mundo tiene derecho a pegarse una hostia en ese aspecto, y qué narices, tal y como decía el personaje de Barbra Streisand en la fallida ‘El amor tiene dos caras’ (‘The Mirror Has Two Faces’, 1996) “porque nos sentimos de puta madre”. Y es verdad. Pero en este especial no trataremos únicamente el elemento ñoño del amor, sino todos sus elementos —imposible, ya lo sé—, el dolor, el sacrificio, la confianza, el sexo, la pasión, la obsesión, la locura, etc. La selección de títulos no ha sido nada fácil, me ha llevado meses, y mi memoria, más la inestimable ayuda de colegas críticos de varios medios, ha hecho uno de esos esfuerzos que creo merecen la pena. 32 títulos que describen a la perfección, y como sólo el arte puede hacer, un sentimiento que seguirá produciendo fascinanción y misterio en siglos venideros. El Cine y nuestras propias experiencias dejan su legado al respecto.

Os invito a acompañarme en este apasionante viaje en el que nos pondremos muy sensibles, y también muy crueles. Como la vida misma. Y quiero dedicárselo a todos en general, y en particular a V., X. y M. por haber llenado mi vida en diferentes momentos de la misma, y por muchas cosas más, ayudándome a completar mi visión de algo que jamás llegaremos a entender del todo. Creo que si así fuera, perdería toda su esencia.

Una conversación con un cineasta

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Pierrot Le Fou (1965) de Godard (me resisto a llamarla Pierrot el Loco, ya sea por el nombre, ya sea por capricho) es todavía la película más libre de su etapa con Anna Karina. No es la más hermosa, de esa ya hemos hablado, pero sí la más libre. Era el cierre de una época, Godard lo sabía, y parecía llegar a uno de los límites con su estilo.

La conversación que mantiene Jean-Paul Belmondo es con Samuel Fuller, para Godard el gran resistente secreto del cine americano, también para cualquier espectador más o menos sensible, más o menos educado. Nada es casual con Godard. Ni la elección de Fuller ni la de Belmondo, el protagonista de su primera película.

Godard es un ensayista.

El espectador también. Por eso Fuller dice que una película es un campo de batalla.

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