En USA existe una larga tradición de adorar películas objetivamente infames por lo divertido que puede ser su visionado en grupo en según qué ocasiones. Eso es algo que aún no ha conseguido el suficiente asentamiento en España, y es una pena, ya que hay ciertas películas en cuya ausencia total de calidad hay un algo especial que las convierte en más divertidas que la abrumadora mayoría de las comedias que se estrenan. Si las ves dispuesto a ello, y no únicamente pensando en lo horrible que es todo lo que estás viendo (algo inapelable si alguien esgrime ese argumento), te ofrecerán una de los mejores experiencias cinéfilas de tu vida. Y es que es muy fina frontera entre sufrir con una película como me pasó a mí con ‘Anonymous’ o conseguir una sensación de satisfacción no tan lejana a la que tienes cuando ves una de tus películas favoritas por primera vez. Ojalá hubiese sido ese el caso de ‘Anonymous’, pero no, hay películas que simplemente son malas.
Yo he de reconocer que siempre he sentido un interés por encontrar virtudes escondidas en las producciones menos conocidas del cine fantástico, aunque para ello siempre acabe tragándome una cantidad inmensa de bodrios insoportables. De ahí acabó surgiendo la necesidad de encontrar una forma de entretenerme viendo películas tan abobinables abominables que convertía la idea recibir una paliza en algo atrayente. Y así es como uno acaba riéndose como si no hubiera mañana viendo cosas que casi hacen parecer que Uwe Boll es un director con talento. El siguiente paso natural era implicar a amigos y organizar sesiones de cine con títulos sin ninguna calidad sobre el papel, pero con un aspecto tan sumamente absurdo que te cuesta creer que no vayas a amar esa película. Hay quien vería en estas películas algo ideal para ver mientras estás borracho o has consumido otro tipo de sustancias dopantes, pero las hay que no necesitan de eso, sino de ir motivado para disfrutarlo.




