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Primero había uno pequeño…luego otro más grande…¡Y luego uno enooooorme que estaba durmiendo!

-Mei

No es difícil recordar el panorama de la animación japonesa de mediados de los años ochenta. Lo que nos llegaba a España, que conocía un fabuloso éxito, eran series de muy pobre calidad, tanto en su escritura como en su formalización, y la mayoría de los analistas, que no tenían mucho interés en estudiar a fondo éste fenómeno más allá de nuestras fronteras, despreciaban estos productos y, por extensión, cualquier producto japonés. En aquel tiempo no sabíamos, pobres ignorantes, lo que podía dar de sí, estéticamente hablando, esa prodigiosa industria.

Sin embargo, algunos privilegiados (yo contaba unos diez años), pudimos ver dos películas creadas en aquel lejano país que nos dejaron asombrados. La primera fue ‘Akira’, que aún hoy resulta asombrosa en sus imágenes, y la segunda fue ‘Mi vecino Totoro’, que nos descubrió un talento ahora premiado en festivales internacionales y venerado como un gran maestro del cine, que aquí firmó una de sus más hermosas, libérrimas, inclasificables y conmovedoras películas.

Es duro ser niño

Más que ninguna otra película de su director, inclusiva la última de ellas, esta bella película indaga con gran sensibilidad y compasión en los misterios, no siempre luminosos, a menudo lóbregos, que rodean la más esencial de nuestras etapas vitales, la que algunos definen como la verdadera patria del hombre. Miyazaki observa a la niñez como el paradigma de libertad absoluta, entendida no sólo desde un concepto físico y social, sino sobre todo desde un plano netamente imaginativo o, incluso, espiritual. Los niños como poseedores únicos y exclusivos del mundo tal como es, incluidos todos sus secretos, espíritus y dioses.

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Pero la niñez no está exenta de oscuridad, que para Miyazaki es el símbolo supremo de la infancia. La oscuridad o incluso la desesperación, consecuencia de lejanía o enfermedad de una madre, o de un cambio de residencia, traumas que las niñas intentan superar con la ayuda de un padre bondadoso y, sobre todo, de una naturaleza exhuberante, la verdadera protagonista de la película, capaz de refugiar a Satsuke y Mei, de divertirlas, de subyugarlas, de darles ilusión.

En cierto sentido, Totoro es una metáfora, un símbolo y una parábola al mismo tiempo. Representación de las necesidades y los anhelos más profundos de las dos niñas, fuerza liberadora de su aprendizaje emocional. Nos sentimos niños de nuevo (es decir, libres de nuevo) siguiéndolas por esta peripecia contemplativa y lúdica, despojada de todo prejuicio y convencionalismo, que existe por el mero objetivo de hacer sonreir. Y como Miyazaki es un hombre de una vasta humanidad, y de una amplísima cultura, que sabe aplicar ambos rasgos a una historia sencilla con unos personajes llenos de vida, sabe arrastrarnos al fondo de esta poco convencional historia de aprendizaje emocional sin atavismos formales y sin forzarnos a ir a donde no queremos. Porque queremos.

Con ‘Mi vecino Totoro’ se dan la mano el poderoso minimalismo visual de Yasujiru Ozu, con un desaforado sentido de la fantasía, más basado en la filosofía oriental tradicional que en los pastiches audiovisuales de su tiempo, todo mezclado con una ligera base de panteísmo y exacerbado respeto por la naturaleza, pues para Miyazaki es la conexión con la naturaleza, la aceptación de nuestra unión con ella, lo que nos salva, nos reconforta y nos hace libres, y los seres que en ella habitan los únicos que pueden guiarnos hacia es libertad.

Es una pena que este anhelado estreno cinematográfico haya conocido tan pocas copias y pases, y en tan pocas ciudades de nuestro país. Ya que decidían hacernos disfrutar, muchas más personas debían poder tener la opción de verla en pantalla grande. Pero ya se sabe con las distribuidoras españolas. Tarde mal y nunca.

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