'Anatomía de un asesinato', James Stewart defendiendo a un asesino

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Resulta curiosa la imagen que todos tenemos de un actor como James Stewart. A lo largo y ancho de su carrera, en la que encontramos joyas de prácticamente todos los géneros, nos ofreció papeles que transmitían ante todo bondad y buenos sentimientos. Ya sea por sus trabajos a las órdenes de Frank Capra, en los westerns de Anthony Mann, en los thrillers de Alfred Hitchcock, o en películas como ‘El invisible Harvey’, Historias de Filadelfia’ o ‘El hombre que mató a Liberty Valance’ (por poner sólo unos ejemplos), Stewart siempre representó el lado más humano y justo del ciudadano medio norteamericano.

Por eso, y dejando a un lado las pocas veces que Stewart dio vida a personajes ambiguos o de dudosa moral (‘Dos cabalgan juntos’ de John Ford), llama la atención su cometido en ‘Anatomía de un asesinato’, el film judicial que Otto Preminger realizó en 1959. El actor da vida a un abogado, en épocas flacas, que decide aceptar el caso de un asesinato. Pero Stewart no realiza la misión que hizo en ‘Yo creo en ti’, donde se esforzaba por demostrar la inocencia de un acusado, sino algo realmente temible y duro: defender con todas las argucias posibles a un verdadero culpable de cometer un crimen.

Otto Preminger fue uno de los grandes realizadores del cine norteamericano. Sólo por haber dirigido una obra de la importancia de ‘Laura’ (una de las cumbres del drama criminal), merecería un puesto de honor en la historia del cine. Pero es que además de la película protagonizada por Gene Tierney, Preminger firmó otras obras no menos importantes. ‘Al borde del peligro’, ‘Daisy Kenyon’, ‘El rapto de Bunny Lake’, ‘Angel Face’ o ‘Tempestad sobre Washington’ son algunas joyas de su cine tan personal, siempre aspirando a una determinada perfección. Algunas de sus películas permanecen incólumes al paso del tiempo dejando el sello, tan fácilmente reconocible y tan difícil de alcanzar, de las rotundas obras maestras.

‘Anatomía de un asesinato’ pertenece a ese subgénero de juicios, tan del gusto del espectador de casi todas las épocas. Pero el film de Preminger va por otros derroteros totalmente distintos al 90% del grueso de los films de esta índole. Es normal ver un film de juicios en el que se juegue con el espectador ocultándole datos, mostrando giros argumentales, e intentado sorprender al público con una determinada sorpresa final. Algo tan fácil de ofrecer, pero rara vez siempre bien hecho (me viene a la memoria ‘El sargento negro’ de Ford, o ‘Testigo de cargo’ de Wilder como perfectas muestras de ello). A Preminger no le interesa en caso en sí y sus recovecos, aunque en determinado momento se preocupe de analizar el crimen, pero con un determinado fin. Al director de ‘Laura’ le interesan los personajes y los que éstos son capaces de hacer, describiendo el mundo que les rodea y a ellos.

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Sabemos desde el principio que el acusado es culpable. Ha cometido un asesinato por celos, unos celos provenientes de la violación sufrida por su pareja, una mujer ligera de cascos de esas que enturbian los pensamientos de los hombres que pululan a su alrededor. Ben Gazzara y Lee Remick forman ese matrimonio, tan peculiar como extraño. Ella, coqueteando con todos, pero sintiéndose pertenencia de aquel que es capaz de matar por ella. La actriz fue elegida por el propio director, quien se fijo en ella después de verla en ‘Un rostro en la multitud’ de Elia Kazan, logrando imponer su nombre al de Lana Turner, actriz inicialmente prevista para dar vida al personaje. No sabemos de lo que hubiera sido capaz Turner con este rol (de sólo pensarlo me entran sudores), pero Remick confiere al personaje una mezcla de sensualidad e inocencia totalmente irresistible. A su lado, Gazzara, haciendo todo lo que su abogado le dice, pero pensando únicamente en su mujer, receloso de todo hombre que la mira, una bomba a punto de explotar.

Otto Preminger no juzga a sus personajes ni establece ningún tipo de moralidad sobre lo que narra. Se limita a exponer los hechos de forma directa, a veces cruel, dejando para el espectador el decidir qué está bien y qué mal. ‘Anatomía de un asesinato’ nos deja perplejos desde el momento en el que James Stewart acepta el caso porque necesita el dinero. Un hombre ha cometido un crimen, es culpable, pero como todo acusado tiene derecho a un juicio justo. Pero ¿existe justicia en el momento en el que alguien que ha matado a otra persona sale en libertad gracias a alegar locura temporal? Sabemos, ya que Preminger nos lo muestra claramente, que el personaje de Gazzara no estaba loco cuando cometió el crimen, ni se dejó llevar por un arrebato que le cegó el sentido común, y asistimos atónitos a la defensa por parte de Stewart de alguien que merece la cárcel. El acierto del Preminger es que lo muestra como algo totalmente cotidiano, sin sumar el aspecto de espectáculo que el cine posee. El más descarando realismo impregna cada una de las secuencias de esta gran película, lo cual hace más terrible su premisa. En los instantes finales, cuando vemos que Gazzara ha quedado en libertad, éste no paga al abogado sus honorarios por el excelente trabajo realizado, aludiendo la misma excusa utilizada en el juicio. Esto puede verse como la parte que tiene que llevarse Stewart por defender algo indefendible. Los hechos tienen consecuencias, y ésa es la que le ha tocado al personaje central del film.

‘Anatomía de un asesinato’ posee una banda sonora a cargo de Duke Ellington, quien aparece en la película realizando un cameo. Stewart además toca el piano en varios momentos, lo cual viste su personaje, definiéndole como alguien culto. Un score de puro jazz que da al film un abierto carácter de cine negro en la mejor tradición del género, con personajes normales y corrientes, tan vivos como las imprevisibles notas de cualquier melodía de Ellington. El ser humano queda perfectamente reflejado en ‘Anatomía de un asesinato’, película tal vez demasiado larga, pero que no deja indiferente. El acierto de Preminger fue darle la vuelta a la tortilla logrando que los buenos defendiesen al malo, y que los que le acusan (con toda la razón) pareciesen malos a nuestros ojos, al menos en lo que nos toca observar en el personaje de un apasionado George C. Scott, el fiscal al que se enfrenta Stewart en varias escenas del film.

¿Y qué queda después de la anatomía? Un mundo peor. Una mujer a las órdenes de un hombre inestable y violento, un asesino suelto, un abogado sin cobrar, y la justicia como el lugar en el que cualquiera con cultura y cabeza puede hacer trampa para poner la balanza de su lado. Todos salen perdiendo.

A continuación, los impresionante títulos de crédito iniciales, obra de Saul Bass, habitual colaborador de Preminger o Hitchcock, entre otros. Y como anécdota resaltar el lenguaje, demasiado atrevido para la época (habiendo incluso algún momento cómico al respecto). Tanto es así, que al padre de James Stewart le pareció la película más sucia que vio en su vida, recomendando en su periódico local el no ir a verla.

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