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Aunque en esta sección casi siempre se hable de una película de alta envergadura artística, añorando mejores épocas de estrenos, o si se prefiere simplemente mejores estrenos, otras veces la calidad de los films elegidos no es tan alta, eso sí, la cinta en cuestión posee los atractivos suficientes como para incluirla, que tampoco se trata de hablar sólo de obras maestras. Sin embargo cuando hace poco revisé en ‘De aquí a la eternidad’ (‘From Here to Eternity’, Fred Zinnemann, 1953), pensaba que todo serían virtudes en esta película ganadora de ocho Oscars, pero no hay duda de que nos encontramos ante una de esas películas a las que el paso del tiempo ha hecho algo de daño —en realidad somos nosotros los que cambiamos, y con ello nuestra percepción y apreciación del arte—, y si bien cuando la vi con 16 ó 17 años me pareció una maravilla, ahora creo que es simplemente una buena película, lo cual no es poco.

El film dirigido por Zinnemann, que el año anterior había filmado la mítica ‘Solo ante el peligro’ (‘High Noon’, 1952), es la adaptación del best seller de James Jones —quien realiza un cameo en el film y declaró su descontento con la adaptación— que ponía entredicho la vida militar, juzgada y criticada duramente en sus páginas. Para la película se contó con todo tipo de medios, presupuesto alto y reparto impecable, dando como resultado un film admirado en muchos frentes, nunca mejor dicho, aunque en nuestro país, esta España tercermundista —culturalmente hablando— tan querida, sufrió el ataque feroz de la cegata censura franquista, cortando parte de su metraje, más tarde recuperado en los pases televisivos. La razón, evidentemente, esa aparente crítica a lo castrense, aunque si buceamos un poco nos daremos cuenta de que en realidad nos hallamos ante una apología de lo militar inteligentemente disfrazada.

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(From here to the end, Spoilers) ‘De aquí a la eternidad’ narra la vida en una base militar en 1941 en una isla de Hawai, poco antes del ataque a Pearl Harbor, que como bien se sabe, cambió el transcurso de la Segunda Guerra Mundial. Al recinto militar llega un joven soldado, Prewitt (Montgomorey Clift), precedido por su fama de boxeador, y animado a que participe en los combates que se celebran en la base. Prewitt, que en el pasado dejó muy mal herido a un oponente en el ring, se niega en rotundo, algo que le traerá consecuencias tanto con sus superiores como con sus propios compañeros. Un drama al que acompañan la historia de amor entre el sargento Warden (Burt Lancaster) y Karen Holmes (Deborah Kerr), esposa del capitán de la base, y también las desavenencias entre el rebelde Maggio (Frank Sinatra) y el sargento de prisión Judson (Ernest Borgnine). Prewitt por su parte hallará consuelo en la prostituta Burke (Donna Reed).

Así pues, se puede decir que la peelícula posee todos los elementos necesarios para ser un éxito. Tiene acción, las escenas finales, tiene amor, y tiene humor, todo ello muy bien condensado en sus casi dos horas de duracion. Zinnemann no se esfuerza demasiado, al menos no tanto como otras veces, en la puesta en escena, confiando ciegamente en el material que tiene entre manos, dirige con ritmo, pero hay ciertas decisiones de guión que no me terminan de convencer. Para empezar, el acercamiento de Warden a Karen, metido a calzador y basado en la chulería y seguridad de aquel, para más tarde descubrir que en cuestión de sentimientos es un cobarde. El simple hecho de que Karen parezca una mujer fácil le anima a intentar seducirla, provocando un enamoramiento muy repentino y casi increíble. Quedan para el recuerdo, eso sí, las maravillosas escenas de la playa, subidas de tono, con un marcado erotismo, y cuyo momento más recordado no estaba en el guión, se le ocurrió a Zinnemann a última hora. La imagen de Lancaster y Kerr besándose mientras el agua del mar los baña en la orilla es una de las más famosas de toda la historia del cine.

Por otro lado el supuesto antimlitarismo que se le achaca al film en realidad no me parece tal, a no ser que el personaje al que da vida Borgnine, un sádico sargento al que le encanta pegar, baste para creerlo. Tampoco el hecho de que Prewitt se niegue a boxear provocando que se ensañen con él —tiene más que ver con ciertos comportamientos humanos que con la vida militar—, y muchísimo menos ese final en el que Katie y Burke se marchan de Hawai decepcionadas por haber perdido cada una al amor de sus vidas. Al contrario, el estamento militar se ensalza y la mujer queda relegada a un segundo plano, convirtiéndola en algo peor por el hecho de anteponer su seguridad al amor —ambas desean y aman a sus parejas, pero siempre y cuando sean algo más que un sargento o un soldado raso—. Tanto Warden como Prewitt o Maggio respetan profundamente el estamento militar, la rebeldía de los segundos nada tiene que ver con el no saber recibir órdenes, son así en los demás aspectos de la vida.

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Afortunadamente la fluidez con la que todo es narrado, y la intensidad de ciertos momentos, llegan para disfrutar de una película como ‘De aquí a la eternidad’, de la que su aire de folletín podría ser una de las claves de su éxito y aceptación popular. También por la excelente labor de todo su elenco, muy por encima del guión. Donna Reed y Frank Sinatra se llevaron dos Oscar por sus interpretaciones, realmente alejadas de lo que solían hacer —Clift fue consejero actoral de Sinatra ayudándole a matizar su personaje, con resultados tan encomiables como la escena del bar en la que Maggio aparece borracho, y que se trataba de la escena de prueba—; Deborah Kerr derrocha sensualidad por los cuatro costados con un personaje algo contradictorio, y Burt Lancaster en su línea, excelente, aunque cabe citar a modo de anécdota que el actor se sentía intimidado por Montgomery Clift, el actor de método, y también porque creía que era su primer papel serio, algo que con el paso del tiempo no podemos estar de acuerdo, baste mirar sus trabajos con Robert Siodmak.

Clift no era del gusto de Harry Cohn —uno de los fundadores de Columbia Pictures cuando se llamaba CBC Film Sales Corporation—, quien sentenció que no sabía boxear, no era soldado y probablemente fuese homosexual, argumentos sorprendentes de alguien que produjo tantos buenos films desde los tiempos del silente. En cualquier caso el actor está espléndido, aunque no falten numeritos de exhibición interpretativa, como la escena en la que Prewitt y Warden están borrachos, y que muestran a Clift borracho de verdad. En su personaje descansa la ironía de fallecer bajo fuego amigo, intentando reicorporarse al ejército tras haber desertado, siendo salvada su imagen por Warden en el último momento. Un punto trágico más a una historia en la que absolutamente nadie consigue lo que quiere, sugiriendo que la verdadera guerra que hay que ganar está en el interior de cada uno.

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