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Qusiera empezar este texto dedicado a ‘Un día en las carreras’ (‘A Day at the Races’, Sam Wood, 1937) comentando la barbaridad que los maravillosos responsables del doblaje cometieron en los años 60 cuando se decidió españolizar sus locas aventuras. Tal fue el extremo de los cambios adoptados en la traducción —hablamos de que en esta película esos citados profesionales nombran a Brigitte Bradot, Fidel Castro y Perry Mason, además de cantar a viva voz el tema ‘María’ de ‘West Side Story’ (id, Jerome Robbins, Robert Wise, 1961)— que se llegó a cambiar por completo el sentido del humor de los hermanos Marx, cuyo ingenio en chistes de doble sentido no tiene precio, y a mi parecer no ha sido superado. Sirva esto para subrayar que los hermanos Marx deben ser disfrutados en sus voces originales y no quedarse con la errónea sensación al orilos doblados.

‘Un día en las carreras’ supone la segunda película que los hermanos Marx realizaron para la Metro Goldwyn Mayer tras su esplendoroso paso por la Paramount —etapa en la que protagonizaron su inmortal ‘Sopa de ganso’ (‘Duck Soup’, Leo MaCarey, 1933)—, coincidiendo también con la marcha de Zeppo. El flm supone prácticamente una repetición der la fórmula de la previa ‘Una noche en la ópera’ (‘A Night at the Opera’, Sam Wood, 1935 —a título informativo, la película que más veces he visto—, aprovechando prácticamente el mismo equipo técnico y artístico, tirando del mismo director, Sam Wood, que en los años 30 y parte de los 40 fue uno de los reyes del drama, tal y como lo demuestran joyas como ‘Adiós Mr. Chips’ (‘Good Bye, Mr. Chips, 1939) o ‘El orgullo de los yanquees’ (‘The Pride of the Yanquees’, 1942).

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La historia fue escrita nada más y nada menos que por ocho guionistas, entre los que se encontraban George Seaton —director que obtuvo un impresionante éxito con ‘De ilusión también se vive’ (‘Miracle on 34th Street’, 1947)— o Robert Pirosh —firmante de uno de los relatos antibélicos más sentidos de toda la historia, ‘Fuego en la nieve’ (‘Battleground’, William A. Wellman, 1949)—, y supone un no va más a lo ofrecido en el anterior films protagonizado por estos singulares hermanos. Cambiemos la ópera por el mundo de las carreras, conservemos prácticamente el mismo tipo de personajes para los protagonistas, parte de los secundarios, y también los mismos chistes, con un punto de retorcimiento y en otro contexto. Todo ellos multiplicado a la enésima potencia.

Así lo quería su insigne productor, Irvin Thalberg —de quien todos los productores actuales deberían aprender, entre otras cosas porque era un excelente hombre de negocios que además de cifras, sabía de cine—, quien lamentablemente murió antes del estreno, dejando a los hermanos un poco desamparados —a partir de este film, sus películas fueron cada vez menos buenas—, y nos hace soñar con lo que hubieran sido capaces de hacer de seguir Thalberg con vida. Porque en ‘Un día en las carreras’ supone una de las cotas más altas jamás alcanzadas por el grupo humorístico al que prácticamente todos han copiado. El humor anárquico en su sentido más literal, haciendo gala de un gran dominio para la improvisación, algo que se nota en sus películas, y que traía de cabeza a los guionistas, que se quejaban de que nunca recitaran sus frases, salvo en una ocasión.

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Esta vez Groucho, Chico y Harpo se la ingeniarán para que un hospital no cierre por falta de clientela, apostando para ello todo a un espectacular caballo de carreras que competirá por el premio gordo en una competición. Intereses económicos se cruzarán, y enredos por doquier serán la medicina más sana jamás recetada, enredos llenos de humor y alegría contagiosa, tal y como desprenden todas las películas protagonizadas por estos geniales hermanos. El culmen de lo absurdo llega en instantes tan fabulosamente orquestados como el del reconocimiento de la Sra. Upjohn —eterna Margaret Dumont—, o el delirante diálogo entre Groucho y Chico con los libros de apuestas, heredado sin duda del no menos mítico de los contratos en ‘Una noche en la ópera’. A ello sumamos los omnipresentes números musicales en los que Chico y Harpo demuestran sus impresionante habilidades para el piano y el harpa.

En ‘Un día en las carreras’ los intervalos musicales, que para nadan rompen la loca acción del film, tienen una mayor duración que en el film predecesor. El cantante Allan Jones vuelve a hacer acto de presencia con su espectacular y lírica voz, añadiendo la nota romántica a la historia al lado de una bella Maureen O´Sullivan, por aquel entonces en el cénit de su carrera. También deja espacio para la imprescindible música negra, con impresionante números que dejan con la boca abierta. Todo ello sabiamente mezclado por la cámara de Wood, que no descansa un sólo segundo mientras el film viaja al mismísimo centro de la locura humorística y nos invita a la risa y el canto como remedio a los males del mundo. ¿Cuál fue la última comedia que logró todo eso?

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