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No leer si no se ha visto la película.

‘Dos mulas y una mujer’ (el título que recibió en nuestro país ‘Two Mules for Sister Sara’) es la segunda colaboración de Clint Eastwood y Don Siegel, y sin duda alguna, la peor de todas. En un principio se trataba de un proyecto hecho a la medida de Eastwood y Elizabeth Taylor, y que había surgido durante el rodaje de ‘El desafío de las águilas’. Una producción Malpaso, a la que se asoció Universal para la distribución del film, llegando a firmar un contrato con el actor para tres películas más, que se filmaría en México, y sería un intento de reunir en una sola película el western clásico americano y el spaghetti western, muy de moda por aquellos años (estamos en 1969), relacionando la película con los films que Eastwood hizo a las órdenes de Sergio Leone en España.

Elizabeth Taylor empezó a dar problemas, queriendo filmar en nuestro país para estar más cerca de su amado Richard Burton, y la más que famosa inestabilidad emocional de la que hacía gala llevó al traste el proyecto, siendo sustituida a última hora por Shirley MacLaine, teniendo que escribir casi por entero el personaje femenino. La protagonista de películas como ‘El apartamento’ o ‘La calumnia’ no era tan famosa como Taylor, pero su registro interpretativo era muy superior, con lo que todos salieron ganando con el cambio.

El argumento de ‘Dos mulas y una mujer’ narra la historia de una mujer que es salvada de ser violada por el héroe (más bien habría que decir antihéroe, algo que siempre le encanto interpretar a Eastwood a lo largo y ancho de su carrera) del film: Hogan, un pistolero, experto en explosivos que llega en el momento adecuado. Tras descubrir que es una monja, Hogan se ve en la necesidad moral de ayudarla. Sara, simpatizante de los juaristas en la lucha contra la invasión francesa de México, se las ingeniará para que Hogan la ayude en su lucha, a pesar de que a éste sólo le mueven intereses económicos.

‘Dos mulas y una mujer’ es una película fallida en muchos aspectos. Para empezar su mezcla del western clásico y europeo, no termina de funcionar, quedando un híbrido de lo más chirriante. El guión parte de una historia de Budd Boetticher, ese genio olvidado por muchos y al que Eastwood profesa gran admiración, y de cuya escritura se encargó Albert Maltz, guionista, entre otras, de maravillas como ‘Destino Tokyo’ o ‘Clandestino y caballero’, y que repetiría en la siguiente colaboración del tándem Easwtood /Siegel, ‘El seductor’, aunque ahí firmaría con seudónimo. La historia no es demasiado inspirada, teniendo una descripción plana de personajes, y también de situaciones (salvo casos aislados) en las cuales no termina de cuajar cierto sentido del humor, insertado por las intenciones paródicas del film.

Clint Eastwood vuelve a quedar en un segundo plano con respecto a su compañera de reparto, una atractiva Shirley MacLaine que se convierte en la reina absoluta de la función sobre todo porque su personaje es mucho más rico que el de Eastwood. Entre ambos, y a pesar de que la química no es todo lo perfecta que cabría esperar, se intuye una tensión sexual latente, que estará presente a lo largo de todo el relato, y que tendrá su explosión final cuando Hogan descubre que Sara en realidad es una prostituta, y que le ha estado engañando todo el tiempo (memorable la frase de diálogo ante la réplica de Hogan de que están en un burdel: “No es un burdel, es la mejor casa de putas de todo el pueblo”). Al respecto, cabe citar la que es probablemente la secuencia más famosa de toda la película, aquella en la que Sara le saca una flecha india a Hogan del hombro, mientras éste se emborracha para no sentir nada.

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Al igual que en los films de Leone, sobre los que la película de Siegel planea todo el rato, la inmoralidad de sus personajes es una de las constantes de la historia. Pero resulta curioso comprobar que en ‘Dos mulas y una mujer’ el personaje amoral es el de ella y no el de él. Eastwood da vida a un desinteresado vive la vida, que sólo busca ganar dinero para gastárselo en juego y bebida; usa explosivos en vez de un revólver, y cuando ha de utilizar éste, la mayor parte de las veces dispara por la espalda. Y hasta aquí hemos llegado; su supuesta inmoralidad se queda reducida a nada cuando se trata de respetar una sotana, dejando todo de lado por ayudar a una monja. Sin embargo, Sara, que en principio creemos una monja, se vale de su condición religiosa para aprovecharse de las situaciones, y al final, se riza el rizo, descubriéndonos a una prostituta que no duda en hacerse pasar por monja para su propio provecho y el de la causa. MacLaine utiliza muy bien su físico, logrando ser sensual en el momento adecuado, aún llevando ropas de monja. Eastwood se muestra mucho más divertido que en ocasiones anteriores, riéndose de sí mismo, aunque su personaje parezca una copia sin entidad alguna, de sus trabajos con Leone (hasta en la parte final del film lleva un poncho), añadiendo únicamente un tono paródico, que vuelvo a señalar, hace demasiado daño a un film que debió ser mucho más desmelenado y no depender tanto de la influencia europea.

Para más subrayados, Ennio Morricone compone la banda sonora, hermana bastarda de los films de Leone, y en la que también va impreso cierto tono de broma acorde con la historia, como si las notas nos narrasen, a modo de sinfonía burlona, los vericuetos por los que atraviesan los protagonistas. Pero Don Siegel se muestra incapaz esta vez de sacar algo de provecho del material que tiene entre las manos, mostrando una gran inseguridad y torpeza en la narración (esos zooms de acercamiento sin ningún sentido dramático), por no hablar de la ausencia total de estilo en un film que en apariencia es un western, pero cuyo engranaje entra de lleno en la comedia, con la consabida guerra de sexos incluida (las razones por las que Hogan no tiene una mujer a su lado provocarían el enfado de cualquier feminista de tres al cuarto). Las escenas de acción no son nada del otro mundo (algo muy raro en Siegel), y en la parte final se nota la falta de un malvado con más presencia, alguien que realmente haga peligrar el por otro lado demasiado fácil, plan de nuestros héroes.

‘Dos mulas y una mujer’ termina con una escena realmente inspirada: Tras conseguir todos lo que querían, Hogan y Sara se acuestan para terminar así con tanta tensión sexual. Tras ello, Sara, con una ropa muy diferente a la de una monja, acompaña a Hogan en su camino; éste con cara de enfado le recrimina para que vaya más rápido. Una vez consumado el acto sexual, ya no queda nada en la relación por lo que interesarse. Al igual que con el dinero, Hogan demuestra moverse únicamente por instintos básicos. Cuenta la leyenda que el título del film hace referencia a dos mulas, una es sobre la que va montada MacLaine, y la otra es el personaje de Clint Eastwood, quien no se enteró hasta el final del rodaje del chiste.

El actor seguía cimentando su imagen de duro, y entraría de lleno en la década de los 70, una de las más ricas, artísticamente hablando, de su vida. ‘Los violentos de Kelly’ sería el primer título en esos años, pero hablaremos de ella en el próximo post del especial.

Especial Clint Eastwood en Blogdecine:

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