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‘Amanecer’ (‘Sunrise’, F.W. Murnau, 1927) es una película irrepetible, única y en ella se encuentras las bases de todo lo que vendría después. Una de esas películas sobre las que todo está dicho, y lo único que podemos hacer ahora es continuar hablando para que su recuerdo no se pierda en la inmensidad de ese cruel invento llamado tiempo. François Truffaut decía que en el futuro los críticos hablarían del séptimo arte sin conocer el cine de Murnau, una aseveración quizá demasiado atrevida o exagerada, pero que poco a poco, como una lenta amenaza, se vierte sobre los nuevos cinéfilos/críticos, contagiados de tanto desorden posterior. En cualquier caso, esta película, bautizada en su momento como la obra maestra del especialista en obras maestras, no deja indiferente a nadie en su primer visionado, uno de esos irrepetibles impactos que todo amante del cine recuerda siempre.

Tras el éxito de ‘Fausto’ (‘Faust’, 1926), e impresionado por la calidad de ‘El último’ (‘Der letzte Mann’, 1924) —recordemos, una película muda sin un sólo intertítulo demostrando así que la puesta en escena es la herramienta narrativa más importante del cine—, el productor William Fox ofreció a Murnau la oportunidad de estrenarse en suelo estadounidense, y concretamente en el soñado Hollywood. Para ello el director alemán tuvo a sus disposición el prespuesto más alto jamás concedido a una producción cinematográfica y una libertad absoluta, algo que hoy día parece impensable. Invitados por Fox, en el rodaje estuvieron Frank Borzage, John Ford y Howard Hawks, muy cerca de Murnau, aprendiendo, tanto que en los mismos decorados se filmó ‘El séptimo cielo’ (‘The 7th Heaven’, 1927) y ‘Cuatro hijos’ (‘Four Sons’, 1928), films que beben sin disimulo de ‘Amanecer’.

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(Spoilers) La trama de ‘Amanecer’ es sencilla en apariencia, una historia de amor que en todo momento corre el peligro de caer en la ñoñería. Es más, esta película hoy día sería inviable, a no ser que alguien tenga la capacidad de abstracción que tenía Murnau —en este momento sólo me viene a la mente Paul Thomas Anderson—, y cuya mano convirtió esta historia en pura poesía visual. La historia de un hombre de pueblo, casado y con una pérfida amante que le convence para vender su granja e irse a la ciudad, teniendo para ello que asesinar a su propia esposa, navega por los lugares más comunes —no lo eran cuando el film se estrenó, el próximo sábado hará 85 años justos—, sin caer jamás en la vulgaridad o la evidencia. El secreto está en la puesta en escena de Murnau, que encierra numerosos detalles en cada plano, haciendo verdad aquella opinión de Andrei Tarkovsky sobre la inutilidad de buscar contenidos en una película cuando lo verdaderamente importante son las formas y los misterios que las mismas encierran.

Así pues ‘Amanecer’ parece una obra sencilla, la diferencia entre lo que se quiere decir y lo expresado es muy breve. Dicho de otra forma más común, Murnau hace fácil lo difícil. El film posee un gran poder de magnetismo gracias a la labor de su director, quien debió prescindir de su querido Karl Freund en la fotografía, siendo sustituido por Charles Rosher y Karl Struss, con un extenso currículum y ganadores del Oscar por su labor en la película, manifestación perfecta de las inquietudes de Murnau, quien tenía la última palabra en todo. Murnau se adelantó a su tiempo escapando de la cámara estática tan de moda en aquellos primeros años del cine. Son famosos los travellings que acompañan al hombre (George O´Brien) al lado de su malvada amante (Margaret Livingston), presagio del mal, para más tarde realizar una idéntica operación cuando el matrimonio en la ciudad sale de una iglesia y uno de los besos más apasionados de la historia provoca un caos en el tráfico. De esta forma Murnau tiende al contraste de situaciones durante todo el film, para cada acción encuentra su reverso y viceversa.

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‘Amanecer’ es una historia de enfrentamiento entre el amor carnal y el puro. La fisicidad contra el sentimiento. El mal contra el bien. El film nos muestra ya desde el inicio la infidelidad del hombre, engatusado por los placeres carnales y la loca vida en la ciudad. Sobrevivirá a ese infierno cuando se enfrente a la inocencia de su mujer en el momento de asesinarla, una de las secuencias más terribles que el cine recuerda. La purgación de los pecados del marido, totalmente arrepentido, se dará en la larga secuencia de la ciudad, en la que Murnau no le da la espalda al humor, y que culminará en la vuelta a la granja en una barca que volcará debido a una tormenta que hará que la esposa desaparezca para regocijo de la amante. Sólo un milagro —la película puede verse como tal—, en realidad la tenacidad de un pescador, devolverá a la esposa —una bella Janet Gaynor que ganó un merecido Oscar por su tranajo en este film más ‘El séptimo cielo’ y ‘El ángel de la calle’ (‘Street Angel’, Frank Borzage, 1928)— a los brazos de su marido, que está a punto de cometer un irónico crimen.

La noche se termina, dejando atrás su tentadora oscuridad, y al igual que Brad Pitt en ‘Entrevista con el vampiro’ (‘Interview with a Vampire’, Neil Jordan, 1994) presenciaba el amanecer en un cine viendo el film de Murnau —probablemente el mejor homenaje/guiño que se le ha hecho jamás al cine de Murnau— uno se siente atrapado por ese baño de luz que aleja los problemas y trae la felicidad o lo más parecido a ella. Da igual las veces que vea ‘Amanecer’, siempre siento lo mismo, el estar ante algo que va más allá del arte y que intentar encerrarlo en la tiranía de las palabras me sabe a poco. Cuando su torrencial de imágenes me invaden literalmente ya no me sueltan. Su poder de sugestión es tan poderoso que no sólo me hacen creer en el amor, sino también en los milagros. Pocas películas plasman de manera tan devastadora y visceral la aventura de amar, la más peligrosa y emocionante de todas las aventuras.

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