El amor en 32 películas (III): 'Luces de la ciudad' de Charles Chaplin

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En 1931 Charles Chaplin realizó una operación que muchos consideraron arriesgada y casi suicida. En plena efervescencia del cine sonoro, el famoso cineasta decide que nadie le moverá del silente durante un buen periodo de tiempo —nada menos que diez años— y ‘Luces de la ciudad’ (‘City Lights’) será un film mudo con apenas algunos elementos con sonido, esto es, será una película que utilice en algún instante el sonido pero bajo ningún concepto habrá diálogos hablados. Chaplin decía que el sonido mataba la magia, y razón no le faltaba —luego, cineasta como Joseph L. Mankiewicz, por ejemplo, demostraron la importancia vital de los diálogos en algunos casos—, que todo se podía contar con la imagen y esta película es una demostración de ello. Más de dos años llevó la realización de ‘Luces de la ciudad’, y el resultado es simple y llanamente perfecto.

El enorme poder que Chaplin tenía por aquel entonces —recordemos que, entre otros, fue el fundador de la United Artists— ayudó a que no hiciese caso de los consejos de no estrenar un film mudo. Y no sólo no se equivocó, demostrando tener un buen olfato, sino que obtuvo uno de los grandes éxitos de público y crítica de su carrera. ‘Luces de la ciudad’ es además una de las cumbres del cine romántico, su inclusión en este especial es más que obligada, incluso habría que decir que es la más obligada de todas, una película cuyo mensaje es universal: el amor es ciego. La forma que tiene Chaplin de demostrarlo se escapa a toda manipulación posible, siendo coherente en su discurso y sobre todo algo impensable: honestamente cruel.

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(From here to the end, Spoilers) Chaplin da vida a un vagabundo que un día conoce a una florista ciega de la que se enamora completamente. Ella lo confunde con un millonario —la secuencia es sublime, sacando provecho del sonido, una puerta de un coche lujoso se cierra y la florista cree que se trata de Chaplin, quien le acaba de comprar una flor con el poco dinero que le queda— y él se esforzará todo lo posible por hacerla feliz, ocultándole la verdad sobre su condición económica. El pobre vagabundo conocerá en una noche a un millonario borracho con el que entablará una extraña relación de amistad. El millonario sólo es su amigo cuando está bebido, sin embargo una vez recuperada la sobriedad, el millonario no sólo no reconoce a su compañero de juerga, sino que hace que lo echen de su casa, así varias veces.

Dicha relación, que ocupa un buen tramo en el film, no sólo sirve a Chaplin para seguir ocultando su condición delante de la chica ciega —papel a cargo de Virginia Cherrill, quien no tenía una buena relación con el actor/director, el cual llegó a despedirla intentando rehacer la película con otra actriz, pero no puedo ser por la cantidad de dinero invertido a esas alturas—, sino que ayuda al realizador y escritor hurgar un poco en determinadas relaciones humanas nacidas de la soledad y la necesidad de compartir, y también para filmar algún gag antológico, como aquel en el que con el coche sigue a un hombre que fuma un puro el cual tira al suelo; antes de que un vagabundo vaya a recogerlo, Chaplin se abalanza sobre el cigarro, dando una imagen totalmente equivocada al pobre hombre que observa impotente como un rico le ha robado. Brutal. Resulta extremadamente curioso, y también terrible, que el millonario sea la persona más agradable y generosa del mundo sólo cuando está ebrio, mientras que sobrio pertenece a esa clase alta, altiva, que mira por encima del hombro, estableciéndose así la consabida diferencia de clases.

En su amor por la joven muchacha metida en problemas —además de su ceguera, la cual puede curarse debido a un médico especialista, deberá pagar el alquiler de su piso o la echarán a la calle— Chaplin decidirá buscar trabajo. Barrendero y boxeador serán los trabajos elegidos, y servirán a Chaplin para explotar al máximo sus cualidades cómicas, por las cuales se hizo famoso en el mundo entero. Cabe mencionar pues, el desternillante combate de boxeo por el que recibirá una gran suma de dinero; el literal baile que sucede encima del ring es de los que hacen historia, un buen golpe de humor que contrasta con el lado más poético de Chaplin, aquel que emerge en su totalidad en el tramo final del film, de una dureza y sencillez pocas veces vista. Es precisamente en sus escenas finales cuando ‘Luces de la ciudad’ alcanza su cenit y allí se queda.

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El dinero conseguido obrará el milagro —otra alegoría con mala leche por parte de su realizador—, Chaplin pasará un buen periodo a la sombra y cuando vuelve, hecho un desastre, física y moralmente —aún más sutil este detalle de índole social—, descubrirá que la chica ciega ya no lo es. La escena es de una dureza que aún a día de hoy sobrecoge irremediablemente a todo el mundo, repito, a todo el mundo. La chica vive feliz, y trabaja en una floristería donde parece que las cosas le van muy bien, con el plus de haber sido operada de la vista. Cada vez que un caro coche aparca delante de la tienda y un millonario se baja de él, ella tiene la esperanza de encontrarse con su salvador. Y así será.

Chaplin hace aparición por un lado del plano, su ropa no deja lugar a dudas, está peor que nunca. Los chavales que bromeaban con él hace tiempo siguen haciéndolo y el pobre vagabundo sigue siendo el hazme-reír de todo cuanto viandante pasa por allí, incluida una joven florista que sonríe a través del escaparate de su tienda, ofreciendo al vagabundo una flor y algo de dinero. Este se ha quedado mudo —otro detalle genial en una película silente— porque la ha reconocido. Su seguridad y sus armas para sobrevivir en un mundo duro se vienen abajo, el amor hace acto de presencia con una profunda carga de inocencia, y cuando la chica sale de la tienda y le toca la mano la verdad sale a la luz. Y aunque la imagen lo expresa absolutamente todo —atención a los rostros de los dos personajes— las dos única líneas de diálogo también lo dicen todo:

-¿Así que ya puedes ver?
-Sí, ahora puedo ver

Chaplin no cierra el plano como si se tratase de un final feliz, puesto que no lo es en absoluto. La máxima de Billy Wilder que decía que tras el rótulo final la historia continuaba cobra más fuerza que nunca. Pocas películas finalizan en el momento adecuado como lo hace ‘Luces de la ciudad’, una comedia en algunos puntos desternillante pero dolorosa en sus disertaciones sobre la entrega del amor y la gratitud.

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