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Sin lugar a dudas, una de las cinematografías más interesantes que hay es la francesa de los años 40, y sobre todo los 50. Con la Segunda Guerra Mundial terminada hacía bien poco, sobre todo para un continente que tuvo que sufrir en sus propias carnes las consecuencias del invento más estúpido jamás creado por el hombre, Europa puso de manifiesto sus sentimientos al respecto a través de obras inmortales cuyo visionado hoy día, no sólo no han perdido ni un ápice de su valor, si no que además suponen una de las experiencias más duras que un cinéfilo pueda soportar. Muchas películas han hablado de la guerra y sus consecuencias, algunas lo hacían en plan propagandístico —gran parte de la producción de films bélicos salida de los Estados Unidos, contenían ese elemento—, y otras mostraban sin concesiones de ningún tipo el horror en grado sumo. El Neorrealismo Italiano fue probablemente el máximo exponente, con sus retratos de la dura realidad tras la contienda. Pero también Francia no se quedó atrás, y ‘Juegos prohibidos’ (‘Jeux interdits’) de René Clément, impactó de forma brutal en las audiencias de todo el mundo en 1952.

La clave estuvo en hablar sobre la infancia en tiempos de guerra. Clément contó con el elemento más horrible de un conflicto bélico: la pérdida de la inocencia de los niños, los peor parados cuando a los demás les da por pelear.

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La historia de ‘Juegos prohibidos’ nos lleva a la Francia de 1940, cuando miles de franceses, ante la ocupación nazi, intentan huir hacia el sur del país. Paulette es una pequeña niña, que pierde a sus padres en un bombardeo. Persiguiendo el cadáver de su perro por el río, se pierde y es encontrada por Michel, un niño de 11 años que vive por el lugar. Acogida por la familia de éste, Paulette congeniará con Michel, hasta convertirse en su compañera de juegos en un mundo que no entienden, y en el que la muerte está más presente que nunca, incluso en el particular universo de la pequeña pareja. Argumento mostrado por Clément con una dureza y sinceridad pocas veces vista en una pantalla, sin ningún tipo de mirada esperanzadora sobre los terribles hechos que narra. Al contrario, el film incide sin piedad en las consecuencias de la infancia arrebatada en tiempos de guerra, resultando un film antibélico de escalofriantes resultados.

Contaba Briggite Fossey años más tarde que ‘Juegos prohibidos’ iba a ser en principio un corto, y más tarde acabó siendo un largometraje. Lo cierto es que me resulta muy difícil imaginar la historia del film condensada en el tiempo que suele durar un corto. En sus 80 minutos de duración, nada sobra y nada falta en una historia que se toma su tiempo en llenar de matices, paso a paso, una historia que va más allá de la triste existencia de dos niños durante la Segunda Guerra Mundial. El paso de niño a adulto es retratado sutilmente como si se tratase de una relación de pareja, con atrevidas insinuaciones sexuales incluidas. Ser adulto sin saber serlo, sin pedirlo, sin comprender absolutamente nada de un mundo que no debería haberles tocado vivir aún. Clément narra la realidad sin más, dura y cruda, sin emitir ningún tipo de juicio moral, lo que hace que su mensaje sea aún más contundente de lo que desprenden las imágenes.

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Durante los primeros minutos, ‘Juegos prohibidos’ se dedica a retratar a Paulette, la pequeña que en cuestión de minutos, pierde a sus padres y a su perro, por quien parece sentir más interés, ya que está abrazado todo el rato a él, y la concepción que una niña tan pequeña pueda tener de la muerte, no le hace ser consciente de la situación en la que se encuentra. Movida simplemente por la fuerza de la curiosidad —el elementos más característico de un niño—, Paulette se entrega a un nuevo mundo, en el que su nuevo compañero de juegos, un chaval tan perdido como ella, pero supeditado a lo que Paulette siempre desea en su inacabable curiosidad —en un acierto de guión, la pareja parece casi un matrimonio con sus caprichos y riñas—, y juntos crearán su particular forma de ver la vida, creando una especie de cementerio de animales, detalle éste tan osado como inquietante. La muerte llega a formar parte de sus vidas, como algo muy cotidiano —¿acaso no lo es?—, una especie de macabro juego, en el que la ironía está en el hecho de que la muerte es lo más bello del film.

‘Juegos prohibidos’ no sería lo mismo sin las sorprendentes interpretaciones de los dos niños protagonistas, Brigitte Fossey y Georges Poujouly, actuando con aterradora naturalidad. Uno no recuerda en el cine reciente —dejando a un lado a Haley Joel Osment por dos papeles magistrales— a un niño dirigido tan bien como en esta película. Clement deposita toda su fuerza en ellos, quienes aguantan el peso de todo el film pareciendo que sea lo más fácil del mundo; y sin descuidar los demás elementos —secundarios, un guión perfecto y una soberbia fotografía de Robert Julliard—, logra el milagro, la perfecta comunión entre intenciones y resultados, haciendo que el espectador se vea atrapado sin remedio por la verdad —la que todo arte debe transmitir—. Nada más y nada menos se le debe pedir a una película; un de ésas que quedan en la memoria para siempre.

‘Juegos prohibidos’ se encuentra editada en DVD por Universal Pictures.

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