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Los 70 fueron una década muy especial para Sam Peckinpah. Conocido el éxito gracias a ‘Grupo salvaje’ (‘The Wild Bunch’, 1969) al polémico director le empezaron a llover ofertas de todo tipo y antes de aceptar una película como ‘Perros de paja’ (‘Straw Dogs’, 1971) barajó otros posibles films, uno de ellos protagonizado por un viejo amigo, Robert Culp —recientemente fallecido— que no llegó a realizarse por uno de los típicos enfados del director. Así pues cayó en sus manos el tratamiento de una novela titulada ‘The Siege of Trencher’s Farm’ (‘El asedio a la granja Trencher’) de Gordon Williamson para retocarlo —como todo buen director debe hacer y que no se me malinterprete en esto, que ya veo los cuchillos— y convertirlo en película.

En el libro se narraba el ataque a una casa por parte de un grupo violento de personas que querían matar a todos sus inquilinos, un relato lleno de violencia que carecía de los elementos sexuales que introdujeron en el film y que precisamente hicieron que medio mundo recibiera ‘Perros de paja’ como una obra fascista casi pornográfica, nada más lejos de la realidad. Sí, estamos ante el film más violento de su director y la carga sexual intrínseca del relato es muy alta, pero nada en el film es gratuito, forzado o efectista. Al igual que en la recién comentada ‘Senderos de gloria’, la película remueve conciencias adentrándose en el ser humano y sus más bajos instintos.

‘Perros de paja’ narra la historia de Amy y David Summers, matrimonio formado por un profesor norteamericano y una jovencita inglesa que, huyendo de la crispada situación social en los USA, van a una campiña inglesa en la que David podrá investigar aprovechando la concesión de una beca. Pronto la presencia de los extraños no será muy bien recibida por los lugareños, sobre todo aquellos con poca masa cerebral, llenos de prejuicios. Amy, que había crecido en el lugar, es el centro de las miradas obscenas de los machos que rondan a la pareja. Un acto extremadamente violento será el detonante de unos hechos, inevitables, aún más violentos.

Anécdotas de un rodaje polémico

Cuando Peckinpah retocó el guión —siempre sin faltar al trabajo realizado por David Zelag Goodman— incluyó las escenas de sexo, eliminó personajes del libro —la hija de la pareja— y trató de contentar a los productores que le presionaban para que la película tuviera un final feliz. El título de ‘Perros de paja’ se le ocurrió a Peckinpah por una frase del filósofo Lao-tzu: “El cielo y la tierra son crueles, tratan a todos los seres vivos como si fueran perros de paja”, ya que titular la película igual que el film tenía un problema según sus responsables, que parecía el título de un western; y aunque en la película hay elementos del citado género estamos ante el primer trabajo de su director que no es un western puramente dicho.

Justo antes de comenzar el rodaje Peckinpah se cogió una borrachera descomunal con Ken Hutchinson, uno de los actores del reparto, mientras pasaban la noche en una playa. Esto hizo que el director cogiera un neumonía y fue obligado a hospitalizarse. Los productores empezaron a temer por la película e incluso Dustin Hoffman, la estrella del reparto, llegó a sugerir el nombre de Peter Yates para sustituir a Peckinpah. Afortunadamente para todo el mundo el director de ‘Grupo salvaje’ se puso manos a la obra y aunque no se evitaron los típicos altercados que provocaba en sus rodajes, hizo gala de su extrema y dura profesionalidad. A modo de curiosidad citar que el actor T.P. McKenna, que da vida al juez del pueblo, aparece con un cabestrillo como consecuencia de una pelea provocada por Peckinpah cuando ambos estaban con dos prostitutas. David Warner, que ha había trabajado con el director en su anterior película, tenía una contractura en un pie, y como ninguna aseguradora quería asegurarlo para el rodaje, quiso trabajar en el film aún sin estar acreditado.

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A Peckinpah le gustaba presionar a sus actores en los rodajes con el fin de conseguir el máximo rendimiento de ellos, pero no siempre se salió con la suya. En la mítica secuencia de la violación —que en determinados países fue cortada, con lo que perdía toda su fuerza— el director tuvo que someterse a los deseos de Susan George, que estaba muy asustada por las técnicas de rodaje de Peckinpah. Éste tenía pensado que la actriz hiciese cosas que ésta se negaba en rotundo por lo que ella le sugirió hacerlo enfocado simplemente las reacciones de la cara al ser violada por segunda vez. Gracias a ello Peckinpah jugo con las dos violaciones mediante un montaje que termina con planos muy cortos y muy sugerentes. El resultado es una de las escenas clave del film, un punto de inflexión en el devenir de los hechos.

La violencia del ser humano

Peckinpah quedó muy impresionado por los escritos de Robert Ardrey —libros como ‘African Genesis’, ‘El imperio territorial’ o ‘El contrato social‘—, que explicaban las similitudes del hombre con el resto del reino animal, como el instinto de supervivencia o el de proteger su territorio y hogar contra invasiones. Nuestro lado violento no se puede negar, el hombre es así por naturaleza y hay que aprender a vivir con ello y controlarlo para poder sobrevivir. ‘Perros de paja’ es el perfecto resumen de todo lo que Ardrey sostenía, Peckinpah aplica perfectamente dichas teorías a un relato cuya explosión de violencia final se consigue por medio de uno de los crescendos dramáticos más conseguidos que se hayan visto.

Una de las primeras secuencias nos muestra a una Susan George con un jersey bajo el cual no lleva sujetador. Un breve plano de sus pechos, en el que notamos unos pezones duros, intercalado con planos de algunos de los habitantes del pueblo que la miran con deseo, proporciona el primer golpe de inquietud en el espectador. Peckinpah nos advierte que el carácter sexual de la historia será determinante en un momento dado. Más tarde y como producto de una pequeña pelea con su marido, Amy se deja ver medio desnuda por los hombres que arreglan un tejado en su propiedad, y posteriormente la tan comentada escena de la violación doble, en la cual podemos observar cómo en un principio Amy parece disfrutar de ello —¿lo ha provocado porque es lo que desea?— y luego es violada brutalmente. Los hombres se han dejado llevar por sus instintos más bajos y han utilizado la violencia —lo único que conocen, que son— para conseguir lo que querían.

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En el tramo final del film y en un inteligente detalle de guión, la violación de Amy pasa a segundo plano y la violencia que estalla no es por venganza de la violación, sino para impedir otro acto de violencia esta vez mayor ya que incluye la muerte de alguien, en este caso el personaje de Henry Niles, un retrasado, que es acusado de ser el culpable de la desaparición de una joven niña. Niles se refugia en la casa del matrimonio, acosada por varios hombres del pueblo, entre ellos los dos violadores, que quieren tomarse la justicia por su mano. David Summers, que hasta entonces se ha comportado con un hombre algo cobarde, se niega en rotundo a entregar a Niles —sabe que de hacerlo, lo matarán— y decide defender su hogar. No le queda más remedio que usar la violencia para ello. La gran ironía de la violenta situación es que en realidad Niles ha matado a la chica por accidente y nadie lo sabe, sólo el espectador.

La escena del ataque es toda una lección de montaje y ritmo, de manejo del suspense y también de cómo filmar excelentes secuencias de acción, algunas de ellas muy influyentes —como el trabajo de Peckinpah en general— en el cine posterior. Con una sugerente puesta en escena, que incluye planos inclinados que acentúan la tensión, Peckinpah nos habla de cómo a veces la violencia no puede evitarse. Para aquellos que saben controlarse —caso de David— es el último recurso, pero cuando tu vida está en peligro es inevitable sacar al ser violento que llevamos dentro porque será única manera de escapar a dicha situación. Todos y cada uno de los asaltantes prueban en sus carnes la misma violencia con la que han nacido —¿no es el nacimiento de un ser humano un acto violento en sí mismo?— y convivido. Después un nuevo David, que se ha encontrado con su yo animal, se pierde en la noche con Niles a salvo mientras éste le advierte que no conoce el camino de regreso a casa. David sonríe y confiesa que él tampoco. Un falso final feliz de múltiples interpretaciones.

‘Perros de paja’, como muchas obras magistrales, nos hace pensar y recapacitar al asquearnos por ver lo bajo que el hombre puede caer si se deja llevar por sus instintos primarios. Pero sólo la aceptación de este lado salvaje puede hacer que nos enfrentemos a ello. Peckinpah no nos lo pone fácil y con toda su crudeza nos hace disfrutar de un relato insoportable por su dureza, que habla de la peor cara del ser humano. Su mensaje es claro y contundente como el impacto de un disparo en un cuerpo humano, algo con lo que Peckinpah siempre dijo más de lo que mostraba.

En el 2011 nos llegará un remake dirigido por Rod Lurie e interpretado por James Marsden y Kate Bosworth. Sin comentarios.

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