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Hace poco os hablaba de ‘Más rápido que el viento’ (‘Saddle the Wind’, Robert Parrish, 1958), western en el que había metido mano John Sturges en algunas secuencias. Hoy le toca el turno a ‘Desafío en la ciudad muerta’ (‘The Law and Jake Wade’, 1958), uno de los trabajos más sólidos de Sturges, aunque incomprensiblemente no obtuvo el reconocimiento de otras obras suyas, tal es el caso de la mítica ‘Los siete magníficos’ (‘The Seven Magnificent’, 1960) o ‘La gran evasión’ (‘The Great Scape’, 1963), dos de los títulos de mayor aceptación popular que existen. Pero incluso antes del film que nos ocupa, Sturges ya había alcanzado el cielo con dos obras maestras del calibre de ‘Conspiración de silencio’ (‘Bad Day at Black Rock, 1955) y ‘Duelo de titanes’ (‘Gunfight at the O.K. Corral’, 1957).

Y de esos dos títulos, que ya llegarían para considerar a Sturges un enorme director mucho más allá de lo que se ha llegado a escribir sobre él, toma sobre todo elementos del film protagonizado por Spencer Tracy, prodigio de síntesis donde las haya. ‘Desafío en la ciudad muerta’ dura 83 minutos, una duración impensable en el acelerado mundo actual, pero que a Sturges le llega y le sobra para poner en imágenes el libreto escrito por William Bowers, en el que se rasca sobre cuestiones éticas al respecto de la ley, y que sirve a Sturges para realizar un emocionante western lleno de simbolismos tan sencillos como efectivos.

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(From here to the end, spoilers) ‘Desafío en la ciudad muerta’ es un título menos conciso que el original, que traducido sería ‘La ley y Jake Wade’, que se refiere al personaje encarnado por un contenido Robert Taylor, un sheriff que antaño estuvo al otro lado de la ley robando y asaltando bancos. Un desgraciado hecho, el haber matado a un niño en medio de un tiroteo, hizo que Wade se retirara de esa vida, abandonando a su compañero de correrías, Clint Hollister —un soberbio Richard Widmark, haciendo otro de sus característicos villanos—. Todo esto lo sabemos por boca de los personajes después de un increíble inicio que deja con la boca abierta gracias a la puesta en escena de Sturges.

En los citados minutos iniciales vemos como Wade libera a Clint de una prisión y la forma de enfocar al primer personaje no puede ser más significativa: jamás llegamos a ver con claridad a Wade, quien incluso está de espaldas a la cámara. Más tarde, cuando se separa de Clint, al que liberó porque se sentía en deuda, vemos que regresa al lugar donde vive, un pueblo en el que es nada menos que sheriff, y en el que vive plácidamente al lado de su prometida Peggy (Patricia Owens). Las cosas se complicarán cuando Clint, de regreso, secuestra a ambos con su banda —uno de los integrantes está interpretado por un primerizo Henry Silva—, obligando a Wade a desvelar donde enterró un botín del pasado. El suspense y la tensión están servidos, y de qué forma.

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Estableciéndose un juego psicológico entre los dos personajes centrales —ambos saben lo peligroso que es el otro, y que no deben descuidarse, y al mismo tiempo intentan burlarse el uno al otro, tal y como demuestran el primer intento de fuga de Wade con Peggy, y cómo no, ese maravillo instante en la tumba donde además del botín hay un revólver guardado y también la incógnita de si funcionará después de tanto tiempo enterrado— el clímax del film acontece en uno de los escenarios más sabrosos que ha dado el género en toda su existencia —y al que Sergio Leone parece homenajear en un de sus obras maestras, ‘El bueno, el feo y el malo’ (‘Il buono, il brutto, il cativo, 1966)—, un pueblo abandonado y que ofrece un marco fantasmagórico lleno de fuerza, en el que Wade y Clint se enfrentarán por fin, no sin antes terminar con un enemigo común, un grupo de apaches.

Resulta muy curioso que Wade, que representa el bien, vaya vestido de negro y su semblante sea mucha veces serio, y que Clint, el villano, sea todo color y brillo, a lo que ayuda también la extrovertida interpretación de Richard Widmark quien nos deleita más de una vez con su temerosa risa. La ambivalencia en el personaje de Wade subsiste todo el rato, hasta descubrir cierto detalle del pasado, que termina de dibujar el carácter malvado de Clint. Sólo me sobra el personaje al que da vida una sosa Patricia Owens, que bien podría servir para ver lo domesticado que está Wade, pero que realmente da la razón a Sergio Leone cuando decía que el papel de una mujer en un western era algo completamente inútil —entre otras cosas porque el director italiano describía el oeste como un mundo totalmente machista—, aseveración que puede ser tirada por tierra con facilidad, pero que en el caso del film de Sturges es completamente cierta.

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