Western: 'El cazador de recompensas' de André De Toth

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Tras hablar en su momento de ‘Tanganika’ (‘Tanganyika’, André De Toth, 1954) ha llegado la hora de hablar de este singular director en el eterno ciclo de Blogdecine dedicado al western, y lo hacemos con una de una película que forma parte de un grupo en el que el director trabajó con Randolph Scott, siempre en el papel protagonista. Una relación parecida a la que Scott tuvo con Henry Hathaway en los años 30, y más tarde con Budd Boetticher en los 60, mostrando con la perspectiva del tiempo un curioso reflejo de la evolución del género durante aquellos años. No hay duda de que Scott es uno de los rostros más representativos del western, guste o no. De la misma forma que el nombre de De Toth es esencial, mucho más de lo que se pensó en su momento, en el que el nombre del realizador y otros como el mencionado Boetticher o Joseph H. Lewisya hablamos de él en este ciclo—, cuyas aportaciones a este y otros géneros no fueron bien consideradas hasta pasado un buen tiempo.

‘El cazador de recompensas’ (‘The Bounty Hunter’, 1954) es el último de los films que Scott protagonizó a las órdenes de De Toth y también uno de los más logrados. Como curiosidad decir que la película se filmó en 3D, que en los años 50 pareció que iba a revolucionar el medio gracias a títulos como ‘Los crímenes del museo de cera’ (‘House of Wax’, 1953), precisamente dirigida por André De Toth, quien en 1953 y 1954 dirigió la friolera de ocho películas, ninguna de ellas desdeñable, algo impensable a día de hoy ni en el territorio de la serie B, de la que De Toth era un rey indiscutible. Pero muchos confunden la serie B con pobreza de ideas o baja calidad, una de esas etiquetas que terminan haciendo ridículas separaciones dentro del séptimo arte.

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(Spoilers) El film se centra en la figura del cazarecompensas, tantas y tantas veces mostrado en el género, hombres dedicados a buscar y capturar a aquellos a los que la ley había puesto un precio. Con el dinero como única motivación este tipo de personajes solitarios, este tipo de personajes aumentan interés cuanto más oscuros son, y en el caso que nos ocupa este matiz está subrayado en el hecho de que el personaje central, Jim Kipp (Randolph Scott), se dedica a ello por un drástico hecho del pasado, y su entereza le lleva a ser el mejor en el negocio, por así llamarlo, tanto que su nombre es temido en todos lados. Uno de esos personajes por encima del bien y del mal, con un sentido muy práctico de la justicia y que, en este caso, lleva hasta sus últimas consecuencias cuando acepta dar caza a unos asesinos cuya identidad es todo un misterio.

El inicio del film sirve para mostrar la efectividad de Kipp en su trabajo. Este persigue a un forajido que se esconde en una zona rocosa y le da caza allí mismo, en un marco incomparable muy bien utilizado por De Toth, que siendo fiel a su estilo, marca una especie de unión entre personajes y escenario fundiéndolos con inusitada armonía. Duro, directo y sin miramientos, como el resto del film en el que sorprende la enorme dosis de suspense que contiene, flirteando así De Toth con el otro género en el que destacó, el cine negro. Pocas veces he visto yo un suspense tan bien distribuido a lo largo de todo el relato, jugueteando con el espectador invitándolo a uno de los ejercicios más sanos y divertidos que existen en un relato de misterio: descubrir quien es el culpable.

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Hasta el momento cumbre del conseguido clímax final, ‘El cazador de recompensas’ juega muy bien sus bazas y partiendo de un argumento en apariencia simple, pone sobre la mesa temas tan delicados como la lealtad, la traición y la aplicación total de la justicia. En el film queda claro que todo asesino o villano debe tener su merecido, pero se atreve a poner en tela de juicio al hombre de a pie respetable, temeroso y cobarde por querer olvidar algo que no debe olvidarse. La gracia está en que este detalle tan dramático y severo cobra fuerza en el citado ejercicio de suspense que De Toth plantea. Prácticamente todos los habitantes del pueblo al que viaja Kipp son sospechosos y de hecho parecen culpables, incluso algunos más que los verdaderos culpables. Resulta curioso comprobar la identidad de los mismos, por inesperada en uno de los casos, en una excelente secuencia en la que Kipp se la juega con un farol tan arriesgado como efectivo. Atención a cómo De Toth marca la fisicidad de sus personajes, a punto de explotar en dicho instante.

Con secundarios de la talla del genial Ernest Borgnine, el trabajo de Scott sobresale en un personaje tópico pero muy bien matizado. Sólo la concesión final al espectador, o mirado de otro modo, el que realiza el bien merece ser recompensado, evita la perfección de un film que no la busca en ningún momento. De Toth era la suficientemente inteligente como para realizar concesiones en pos de la ansiada comercialidad sin por ello entorpecer un relato lleno de interés y fuerza. Única y exclusivamente con su puesta en escena —y en la que podemos disfrutar de travellings descriptivos muy en la línea de su artífice, a día de hoy todavía sorprendentes— era capaz de ofrecer mucho más cine que otros autores considerados mayores. La grandeza de De Toth estaba en sacar el máximo provecho con un mínimo de elementos, en hacer fácil lo difícil, y con poco dinero.

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