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Esto parece ya un miniciclo dedicado a la figura de John Sturges dentro del género del western, y lo cierto es que no es para menos. Ya veremos si paro mi repaso a los westerns de este realizador aquí o sigo, pero por lo de pronto esta revisión de sus films del oeste me está proporcionando más placer que mucha mediocridad de hoy día, empezando por justas adaptaciones de superhéroes y terminando sobre idas de olla de ciertos autores sobre la actual crisis. ¿Qué mejor género que un western para olvidarse absolutamente de todo y vivir durante un rato en una época llena de emoción, peligros y con la muerte a cada esquina? No parece un buen plan, pero de la mano de Sturges es de los mejores.

‘El último tren de Gun Hill’ (‘Last Train from Gun Hill’, 1959) es una de las cumbres de su director, realizada en el que probablemente fue su período más productivo, artísticamente hablando. Tras haber dirigido a Kirk Douglas y Burt Lancaster en la perfecta ‘Duelo de titanes’ (‘Gunfight at the O.K. Corral’, 1957) volvió a dirigir al primero en el presente film, enfrentándolo a Anthony Quinn en una historia sobre la amistad, el sentido de ley y justicia —recordemos que no son lo mismo—, el amor perdido y el destino fatal. Todo ello en un tenso relato de hora y media que rememora en parte la trama de un film de dos años antes, ‘El tren de las 3:10’ (‘3:10 to Yuma’, Delmer Daves’, 1957), otra de las cumbres del género.

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(From here to the end, Spoilers) La película narra la historia de Matt Morgan, el sheriff de una localidad que decide ir hasta Gun Hill a detener a los violadores y asesinos de su esposa, una india. Una vez allí descubrirá que uno de los autores del crimen es el único hijo de un viejo y querido amigo suyo, un cacique que tiene todo el pueblo bajo su control. Los problemas no habrán hecho más que empezar, y una vez más en un film de Sturges el bien y el mal están separados por una muy fina línea apenas imperceptible, al mismo tiempo que ley y justicia se enfrentan en un diálogo imposible a través de los intereses de Matt y su viejo amigo llamado Craig Belden (Anthony Quinn).

En la terrible secuencia inicial, la de la violación y el asesinato, Sturges utiliza el fuera de campo de forma soberbia. Los personajes van hacia la derecha, la cámara hacia la izquierda y no vemos nada, pero lo sugerido y el posterior grito introducen en nuestra mente imágenes horrorosas sobre lo que está sucediendo. Estamos hablando de una de las secuencias más violentas de todo el cine de Sturges, con la única intención de que el deseo de venganza de Matt se traslade al espectador, todo el metraje tenemos su punto de vista. Sin embargo, una vez encontrado al asesino, un chiquillo fanfarrón influenciado poderosamente por la figura de un padre autoritario, Matt no se deja llevar por sus deseos de venganza y decide llevarlo prisionero para que tenga un juicio justo y un más que probable ahorcamiento justo.

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En su “misión” Matt irá de luto debido al fallecimiento de su querida esposa, lo cual infiere un aire casi místico al personaje, como si de un vengador de otro mundo se tratase. Su tour de force con Anthony Quinn, actor con el que Douglas ya había trabajado dos veces, es de los que hacen historia y en su enfrentamiento verbal y físico terminan por definirse dos personajes antagónicos por las circunstancias. Uno quiere hacer justicia por su esposa muerta, el otro sólo quiere tener con vida a su hijo, cueste lo que cueste. Sturges se muestra realmente inspirado en la tensión, creando una pieza de suspense única, y que bebe un poco del film de Delmer Daves antes mencionado, en concreto en su parte final, cuando Matt acorralado en un hotel con su prisionero, deberá coger el tren de las 21:00, el último que sale de Gun Hill.

El trabajo de Sturges también habla de las consecuencias de los actos, aquellas que salpican incluso a quien no debía y que en cierto modo, obligan a hacer cosas contra los deseos de tus seres más queridos. Porque en este western con resonancias de tragedia griega, la escena final lo dice absolutamente todo —atención a la iluminación y el encuadre—, Matt ha perdido a su mujer, Craig a su hijo —la ironía del asunto es que este fallece por un tiro del otro violador y asesino—, y ahora ambos deben enfrentarse, perdiendo uno de los dos algo muy difícil de encontrar: un amigo, uno de esos de los viejos tiempos, aquellos que nos definen o nos recuerdan quiénes fuimos una vez. La capacidad de síntesis de Sturges nunca fue tan certera y efectiva. Matt se marcha en un tren mientras comprueba como Linda —Carolyn Jones, muy convincente— está arrodillada ante el cuerpo del hombre que amó, y al que ayudó a matar cuando le entregó una escopeta a Matt en el hotel. En los westerns de Sturges el mundo no es justo, como la vida real.

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