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‘El discurso del rey’ (‘The King´s Speech’, Tom Hooper, 2010) está nominada a siete globos de oro. Es de suponer que no se irá de vacío a casa, y esto le convierte en una de las favoritas de cara a los próximos Oscars, en la que personalmente le veo vencedora en dos categorías al menos. Nos encontramos ante uno de esos films bienintencionados, intrascendentes y amables, cuyo visionado pasa en un suspiro —uno de sus logros— y sin demasiadas estridencias. Por un lado, nada que objetar, siempre es un placer asistir al cine y encontrarse con un film de estas características, totalmente alejado de los blockbusters, cada vez más insulsos y olvidables. Por otro, tampoco estamos ante una de esas cintas que no permiten concesiones al espectador, pues si algo se le nota al trabajo de Tom Hooper es que es un film realizado para gustar, al menos a cierto sector del público.

Me incluyo abiertamente en el grupo que ha salido encantado con esta película, que curiosamente no trata al espectador como si fuera idiota —revisad los títulos aspirantes al Oscar a lo largo y ancho de la historia y ya veréis como hay unos cuantos que poco menos que le llaman al público tonto con letras bien grandes— ni utiliza la demagogia o visibles trucos de guión y forma para ganarse al espectador. Es ‘El discurso del rey’ una de esas películas que a través de una anécdota habla de temas más importantes sin dejar a un lado su carácter de film amable o pequeño si se prefiere, cercano al espectador al que trata de tú a tú. Una de esas películas a las que la etiqueta de “muy bonita” le queda estupendamente.

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Toda la película está construida en base al discurso del título, aquel que el rey Jorge VI (Colin Firth) da a una nación preocupada por una incipiente guerra mundial. Pero antes de ese discurso hay otros dos en la película, y que sirven para explicar la evolución del personaje central, al que lo que más parece preocuparle es sus problemas de tartamudez. El film se mete un poco con la desconsideración y desinterés que sienten a veces las grandes figuras públicas hacia temas de carácter social. Cuando en cierto momento se anuncian la posible guerra con Alemania, el rey parece sólo preocupado por el qué dirán cuando tenga que dirigirse a la nación como su monarca y demostrar templanza y serenidad. El primer discurso refleja completamente su inseguridad, el segundo (durante la coronación), filmado en elipsis, es en realidad un puente hacia el último y definitivo.

Pero como en cierto momento le recuerda su padre, el rey Jorge V (Michael Gambon), a los reyes ahora les toca jugar un papel nuevo en cierto modo: han de ser muy buenos actores. En unos tiempos cambiantes en los que el progreso técnico tiene su vital importancia, aparece un nuevo elemento que lo revolucionará todo: la radio. Un micrófono se muestra en muchos de los instantes cruciales del film, como ese artefacto desconocido al que hay que domar, por así decirlo, y tener la suficiente confianza y convicción en lo que se dice. Resulta curioso que la película navegue todo el rato ante la gran ironía que plantea: el discurso para dar fuerza y animar a toda una nación en tiempos difíciles salido de la boca de un tartamudo con poca confianza en sí mismo.

Una confianza que surge de la historia de amistad entre los dos personajes centrales, el rey Jorge VI y Lionel Logue, su logopeda particular, un hombre sin título pero con mucha experiencia en el campo, y con una enorme pasión por los clásicos como Shakespeare, por ejemplo. Resulta revelador comprobar a Logue fracasando en una de sus pruebas como actor de teatro, y al mismo tiempo triunfando cuando enseña al rey a “actuar” delante de toda una nación. A un lado quedan algunos subrayados en el guión, como los excesivos elogios hacia el rey tras el vital discurso, o el enfrentar su discurso a uno hecho por Hitler. Jorge VI ha hecho su papel y como si un actor contento en la victoriosa noche de su estreno se tratase, se deja embelesar por sus allegados. Logue ya no se apartará de su lado, aunque esto pertenece a la historia y al fuera de campo.

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Pero además de anotar lo importante del nuevo y poderoso medio de comunicación que se alzaba en aquellos años —hoy estaríamos hablando de Internet evidentemente—, y de la amistad que surge entre Jorge y Logue, también tendríamos que hablar de la diferencia de clases que existe entre los dos personajes citados. La eterna diferencia, y en ciertos puntos rivalidad —¿quién hace realmente lo que quiere?— existente entre los que nacen con el pan debajo del brazo y los que no. Ahí es donde entra el excelente trabajo actoral del que puede presumir el film de Tom Hooper, cuya puesta en escena revela cierto nervio narrativo, ya sea por el uso del gran angular —opción tan respetable como arriesgada—, o la planificación cuando se trata de enfocar a los personajes.

No tengo la más mínima duda de que Colin Firth será nominado al Oscar, y de momento creo que será el vencedor. Ya sabemos cómo se las gasta la Academia de Hollywood a la hora de premiar a actores que dan vida a personajes con alguna tara física, problema mental o de otra índole. Firth puede presumir de asumir un gran control sobre su personaje sin dejar que el histrionismo o la exageración aparezcan, su contención se alía de alguna forma con la vitalidad expuesta por Geoffrey Rush, que para quien esto suscribe realiza la mejor interpretación de la película. El resto del reparto no brilla con la misma intensidad por la sencilla razón de que la película no se para tanto en los demás personajes, pero todo están igualmente perfectos, destacando en mi caso particular a una Helena Bonham Carter, sobre la que no me tiembla el pulso al afirmar que hace la mejor actuación de su carrera.

No estamos ante una obra maestra, el film no lo necesita ni lo busca, tal vez sea demasiado complaciente, pero su visionado deja un buen sabor de boca, lo que cada vez se siente menos en una sala de cine. Excelentes interpretaciones, una historia que engancha, una música sobresaliente de Alexandre Desplant —¿otro Oscar?— y un director que podría despuntar en años próximos si se lo propone.

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