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“Bueno, creo que deberían quitar la palabra ‘compasión’ del diccionario inglés’

- Gareth Pierce (Emma Thompson)

Cada vez que se anuncia un nuevo remake, sobre todo de películas míticas o muy queridas por los espectadores, siempre sale alguien que dice lo mismo: “es totalmente innecesario”. Ciertamente, lo es. Las películas son innecesarias (todas, no sólo algunos remakes), sobre todo antes de hacerse realidad. Una vez que existen, algunas de ellas son necesarias para algunos. O para muchos. Creo que ‘En el nombre del padre’ (‘In the Name of the Father’, Jim Sheridan, 1993), es una de esas películas porque una vez que la has visto (yo la ví con catorce años) ya nunca puedes olvidarla. Y no solamente eso: las necesitas para salir adelante, para darte fuerzas cuando ya no te quedan, para creer que algunas cosas en apariencia imposibles pueden ser posibles. No creo que haya muchas películas así. Películas que te hagan creer, sobre todo en tí mismo. El irlandés Jim Sheridan (Dublín, 1949) hizo una de esas películas hace diecisiete años, un filme que, más que cine de gran calidad, que lo es, sobre todo representa una inyección de energía vital, de búsqueda emocional de la inocencia y la libertad. Hablando en plata: un chute de adrenalina en toda regla, que es imposible que deje indiferente a nadie.

En el interior del relato de ‘En el nombre del padre’, más allá de la narración de las atroces tácticas de venganza del aparato legal británico contra la chusma que emplean como cabeza de turco, laten varias películas (en realidad, en toda gran película, me parece, laten varias películas al mismo tiempo), todas ellas elaboradas con esmero y convicción: la historia de un padre y un hijo, el aprendizaje vital y casi espiritual de un joven que se convierte en hombre en la cárcel, la invocación de formas del género negro y del carcelario, la lucha contra la opresión y la crueldad de la venganza ritualizada. Probablemente sea esta la mejor película de Sheridan, pues es la más universal. Estoy convencido de que, sin el menor diálogo, aunque por supuesto dejando la música y los sonidos, sería un título comprensible para cualquier ser humano en cualquier parte de este planeta. Virtud muy apreciable que quizá debería ser perseguida por más cineastas, ocupados en otras inquietudes menos interesantes.

El arranque del filme es formidable. Creo que se trata de un gran filme construido a base de picos formidables y de zonas bastante menos poderosas. Pero los momentos buenos son buenísimos, y sin duda el principio es uno de ellos. Te atrapa y te cautiva de manera irremediable, y sin darte cuenta estás siguiendo la aventura de Gerry Conlon y de su familia, y no te quieres separar de ellos. Lo interesante es que Sheridan elude cualquier tipo de maniqueísmo o de lugar común en el retrato de estos personajes. Gerry Conlon (Daniel Day-Lewis) roba materiales de los tejados de Belfast con un amigo, y propicia un tiroteo y una posterior escaramuza con los soldados británicos. Y qué bien está filmado, sonorizado y montado este comienzo. De golpe, nos encontramos en medio del conflicto de Irlanda del Norte, podemos casi oler el ambiente, mientras suena a todo trapo ‘Voodoo Child (Slight Return)’ de Jimi Hendrix, y el caos se apodera de Belfast. La violencia como el pan nuestro de cada día, pero Sheridan se abstiene de cualquier juicio de valor, o de cualquier significación estética. Simplemente se limita a narrar hechos lamentables, la disputa demente entre seres humanos por un pedazo de terreno.

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Un monumento a Day-Lewis y Postlethwaite

Y entre todo ello, Gerry Conlon, un paria, un crío sin futuro y sin respeto por sí mismo, como diría su padre Giuseppe. La interpretación de Daniel Day-Lewis es, a falta de otra palabra mejor, impresionante, asombrosa. Con apariencia de facilidad, este actor londinense da vida a un irlandés atolondrado casi adolescente (Day-Lewis contaba por entonces treinta y cinco años), y a lo largo de los años le vemos transformarse en un hombre adulto. No hay el menor fingimiento o truco de actor. Day-Lewis sabía que él era, junto a su colega Postlethwaite, la clave para que el público sintiera el paso del tiempo como algo real, sin los clásicos recursos de montaje. Pete Postlethwaite, a su vez, borda un prodigioso trabajo de actor secundario, entre otras cosas porque siempre ha sido un actor sensacional, y hace todavía más grande el trabajo de Day-Lewis, en un ejemplo máximo de apoyo entre dos artistas frente a la cámara, que son más grandes porque tienen al otro cerca, en el plano. Su dúo, que es una de las cosas más hermosas del cine europeo de los años noventa, contiene algunos diálogos geniales y conmocionadores.

Porque esa relación es el núcleo, el corazón de la historia. Es emocionante volver a ver la película, una vez más, y fijarse detenidamente en la forma en que estos dos actores, con el director, cuentan el pasado de padre e hijo sin que lo veamos, y el progreso durante más de una década de una tortuosa relación basada muchas veces en la incomprensión más absoluta. Los gestos, las réplicas, las contrarréplicas, los silencios, las miradas. Estamos hablando de perfección absoluta, enriquecida aún más por la presencia estimulante de una gran Emma Thompson, y de varias docenas de secundarios en estado de gracia. Ellos nos hacen olvidar a ratos el terrible drama, la historia real de los cuatro de Guildford, falsamente acusados de pertenecer al Ira y de un asesinato salvaje una noche londinense de mediados de los setenta. El caso es tan increíble, que el hecho de que sea una historia completamente verídica no significa que el espectador de la película vaya a creérsela con facilidad. El mérito de que lo hagamos, reside sobre todo en una puesta en escena muy sencilla y muy directa, sin el menor alarde ni divismo de autor, pero tremendamente eficaz.

Sheridan dirige con pasión pero también con sobriedad, y en su película los miembros del IRA son tan despreciables como los policías británicos que torturan a jóvenes de los que “sospechan su inocencia”. Sin la menor caída de ritmo ni de convicción, la historia se revoluciona una vez que Gerry es detenido, y nos sumergimos en una verdadera pesadilla sin fin, en un túnel del que no hay salida. Las torturas físicas y mentales a las que Conlon es sometido nos duelen en nuestras propias carnes, como también nos dolió la explosión de Guildford, por supuesto. Y sentimos como nunca la fría y despiadada maquinaria de un gobierno que ha de lavar la cara ante los ciudadanos apisonando, como suele suceder, a los de siempre: los humildes, el hombre de la calle, la familia trabajadora. Los mismos a los que dice proteger y salvaguardar. En esta historia no hay piedad para el gobierno británico, ni para sus instituciones, ni sus abogados, ni sus jueces, ni su sistema legal, ni sus agentes. Todos son secuaces.

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Quizá por eso el final de esta película es algo tan indescriptiblemente liberador, catártico y hermoso. Más que una comprobación de que a veces los buenos triunfan, es una constatación, en la mirada y en la energía de Day-Lewis/Gerry, de que hay cosas que no te pueden arrebatar, de que hay algo indestructible que te anima a continuar cuando todo parece perdido. El hombre común, aunque imperfecto y quizá mezquino en ocasiones, recuperando su dignidad, su condición humana. En este feroz retrato de un país consumido por la venganza y la crueldad (retener, incomunicados, sin pruebas, a sospechosos durante siete días es algo así como negar su humanidad) se pueden reflejar, con gran facilidad, las millones de injusticias sufridas por seres inocentes en todo el mundo. No en vano, Day-Lewis estuvo a punto de interpretar a Edmundo Dantés para Polanski, el ejemplo máximo de inocente al que no le dejan ni la dignidad.

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