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Este mes de febrero nos ha llegado ‘3’ (‘Drei’, 2010), la penúltima película como director de Tom Tykwer —recordemos que la última, ‘Cloud Atlas’, está codirigida con los hermanos Wachowski—, que ya data de hace dos años. Como siempre, la querida distribución española dando que hablar. Afortunadamente, alguien con neuronas en semejante grupo se ha acordado de la película y en una operación sin precedentes de inteligencia, ha decidido estrenarla en nuestro santo y cultural país; eso sí, en muy pocos cines, no nos vayamos a emocionar y pensemos que la distribución cinematográfica en España ha dejado de lado los prejuicios y tiran la casa por la ventana. Pero vayamos al grano, que si no me caliento y luego me gano adjetivos por decir la verdad. Tykwer se había codeado con el cine americano en sus últimos films, realizando a mi juicio la que es su mejor película, ‘El perfume’ (‘The Perfume: The Story of a Murderer’, 2006).

El regreso a su Alemania natal nos ha devuelto al Tykwer que todos conocimos con películas como ‘Corre, Lola, corre’ (‘Lola rennt’, 1998), lo cual ha alegrado a un buen número de cinéfilos. En mi caso, no creo que Tykwer sea ese gran autor que muchos quieren ver, salvo en el film con Dustin Hoffman —y entre otras cosas porque adaptar la obra de Patrick Süskind, uno de los grandes proyectos no realizados de Kubrick, era una empresa harto difícil—, y aunque no encuentro un sólo título malo en su filmografía, muy pocos tienen el desarrollo o profundidad que aparentan. En cualquier caso ‘3’ es un retorno a los orígenes, y en ella se nos habla de la fugacidad de la vida, de la importancia de la libertad sexual, y de la confianza; un triángulo amoroso servido con detalle —Tykwer jamás podría haber hecho esta película en Estados Unidos—, aunque menos trascendental de lo que pretende y con poco espacio para la reflexión.

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En el final de ‘Eyes Wide Shut’ (id, Stanley Kubrick, 1999) el personaje interpretado por Nicole Kidman resumía con una sola palabra la solución a los problemas de pareja: follar. De esa forma el cineasta de New York culminaba sin quererlo su filmografía. Una acertada propuesta y reflexión al mundo de la pareja por mediación del acto más extendido y prostituido del ser humano, sin duda el más íntimo, el más verdadero, el más sincero. En ‘3’ Tykwer propone casi lo mismo cambiando evidentemente la procedencia de los problemas, por así llamarlos, narrando una historia de infidelidad doble con un elemento común denominador. Hanna y Simon son una pareja que lleva junta 20 años, la rutina ha hecho mella en ellos de forma poderosa, hasta que por separado conocen a Adam, un hombre bisexual de existencia libre y sin compromisos, que despierta en ellos un hambre voraz por el sexo.

En lo que respecta al triángulo amoroso, que contiene escenas de sexo no explícitas, pero sí muy atrevidas, y también necesarias, no hay nada que objetar. Todo funciona a la perfección y es donde Tykwer alcanza las cotas más altas. Se entiende perfectamente la obsesión por separado de Hanna —una muy entregada Sophie Rois, en un papel bastante difícil, y que no cualquier actriz estaría dispuesta a hacer—, y de Simon —Sebastian Schipper también en un rol difícil, el cual además sufre mayor evolución que el resto, y también el que posee más subtramas— con respecto a Adam —un muy natural Devid Striesow—, y la relación de los tres se debate entre la comedia muy, muy sutil, lo íntimo y lo idílico. La forma que Tykwer tiene de narrarlo todo es realmente ejemplar, con cuidada atención hacia el especio entre los personajes. Sirva como ejemplo el inesperado encuentro en el museo o el encuentro final, con el que Tykwer termina de cerrar el triángulo con un movimiento circular de cámara que simula un microscopio con el que ha examinado la relación.

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El problema de ‘3’ es que simplemente expone una situación. Las reflexiones posteriores, las inquietudes de los personajes, la supuesta profundidad de lo expuesto no aparece por ningun lado. También la acción tarda algo en arrancar, cuando Simon entra en el juego y se establece el primer punto de inflexión y el verdadero conflicto. Todo lo que deriva del personaje de este último, esto es, la relación con su madre o el cáncer de testículo —atención al instante de extirpación del mismo, en el que Tykwer no se corta lo más mínimo— no están exentos de interés por sí solos, pero realmente no aportan nada a la trama central. Hacen que la película dure más de la cuenta, aunque esta en ningún momento llegue a aburrir, pero quita tiempo a Tykwer de profundizar en algunas cosas. A cambio, llena de paja la película y opta por la sencillez en muchos de sus tramos. Sencillez que se puede traducir como claridad narrativa.

Porque tal vez a Tykwer no le interesan las complicaciones. Si nos fijamos en el inicio del film, la metáfora de los dos cables de alta tansión simulando la vida en pareja de dos personas mientras una voz en off (Simon) la describe desde su nacimiento hasta su muerte, es una perfecta declaración de intenciones. Hay algo en el triángulo amoroso/sexual de ‘3’ que me fascina, cada uno a su manera encuentra algo por lo que recuperar la ilusión, esa que cada día va matando la vida. Y lejos de resultar dogmático o sentenciar, Tykwer lo deja todo en manos del espectador, apostando por cierto realismo mágico que funciona a ratos. La respuesta para los protagonistas de ‘3’ está en el sexo. Libre, puro, sin prejuicios, compartido —la escena final es algo más que atrevida en ese aspecto—, auténtico, y sobre todo enormemente placentero. Qué irónico resulta que del acto que más placer proporciona al ser humano pueda nacer una vida cuyo principal destino será sufrir, morir.

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