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Andy García

Una película como ‘Ciudad perdida’ (2005), del actor Andy García, puede encontrar adeptos entre los exiliados que habitan en EE. UU., pero estrenarla en España, no tiene sentido, pues no habrá forma de que aquí simpaticemos con las ideas que la sostienen. De todas formas, esto no significaría nada si la película fuese buena, pues existen films con muchísimas cualidades cinematográficas que envían un mensaje cuestionable. El problema llega cuando la película, ganadora del Premio Imagen, no tiene nada que la sostenga fílmicamente.

Sólo recomendaría esta película a las personas que amen la música que la llena. Pero que la amen muchísimo, pues su presencia constante, sobre todo la de la tonadita al piano sempiterna y omnipresente, creada e interpretada por el propio García, puede cansar hasta al apuntador.

Aquí se puede ver el trailer.


Pero insisto, las cuestiones políticas se podrían dejar de lado y disfrutar el film si la realización de Andy García tuviese algo reseñable o si lo que ha aportado Cabrera Infante se pareciese a un guión cinematográfico. El punto de vista que se ha escogido para la película, el de Fico, el personaje de Andy García, es el que menos puede aportar, ya que él no tiene ideas u opinión sobre la situación política, salvo el estar en contra de la revolución. Muy bien, está en contra, pero ¿qué ofrece él a cambio? Si fuese un hilo conductor para contarnos las demás historias, su personaje estaría muy bien pensado, pero lo que ocurre es que nos quedamos siempre con él, en lugar de ver lo que podría resultar interesante. Tanto montaje en paralelo creado sólo para el lucimiento: paralelos entre escenas que ocurren en ese momento y las que van a ocurrir a continuación, entre secuencias de acción y, de nuevo, números musicales… Y en realidad no sabe contar alternadamente todas las tramas que le ocupan. Esta torpeza en equilibrar unas tramas con otras sólo puede provenir de alguien cuyo formato no es el guión, como Cabrera Infante, o de alguien que tiene poca experiencia o poca supervisión en esto de dirigir cine, como Andy García. No sólo se les va de las manos el balance entre tramas, en general falta claridad en la narración de la historia principal, única razón por la que la duración del film es de más de dos horas.

En cuanto al trabajo de Andy García como actor, no debería sorprender a nadie que sobreactúe, pero es que no llega a transmitirte nada, lo cual es grave si se tiene en cuenta lo sentida que era para él esta historia. Tan mal retratado está el personaje de Fico y tan poco convencido se le ve de sus ideas que, incluso cuando intenta rescatar de prisión a un amigo, ni siquiera sabíamos que ese hombre fuese su amigo, pues le habíamos visto saludarse, pero nada más. Y de repente, le embarga la pena por él.

Los demás personajes y actores no están mucho mejor. El de Bill Murray no tiene ningún sentido. Cabrera Infante parece que lo ha puesto ahí porque no ha tenido la habilidad de introducir en el guión sus juegos de palabras y frases ingeniosas, así que, en lugar de hacerlas pertinentes, crea un personaje que sólo está ahí para recitarlas. Sin embargo, aún más ridícula es la presencia de Dustin Hoffman en dos escenas que parecen metidas con calzador a posteriori sólo para tener un cameo de lujo. Eso sí, Dustin Hoffman represente a un personaje más definido que el de Andy García. Todos los papeles de cubanos están interpretados por actores que viven en EE. UU, pues sus caras nos suenan de series, y es que es ahí donde está la solidaridad de Andy García. A los que se han quedado, ni agua.

Mención especial merece el momento en el que Aurora (Inés Sastre) abraza los ideales de la revolución —no porque ella tenga ideas propias, qué atrocidad es ésa, sino porque cree que su marido luchó por esa causa— y Andy García se persona en una fiesta en la que está reunida con Fidel y con el embajador soviético y la saca a la fuerza para advertirle que no se quede en un sitio donde le van a decir lo que tiene que hacer. Él está haciendo exactamente eso: le está diciendo lo que tiene que hacer y cómo tiene que pensar y además, la está arrastrando de un brazo utilizando la fuerza bruta. Porque él es un hombre y ella, que no es más que una mujer, tiene que obedecer lo que él le diga sin pensar. Incluso aunque ella estuviera equivocada o se moviera por motivaciones engañosas, ésa no sería la forma de convencerla.

Vuelvo al tema político porque es cierto que en una crítica cinematográfica no viene a cuento hablar de estas cuestiones, pero sí analizar la forma en la que han sido tratadas. Y en ‘La ciudad perdida’ se ha hecho de manera tan torpe y poco sutil que esto se convierte en otro defecto del film, que señalaría incluso si las ideas retratadas me resultasen afines (aquí hay un ejemplo). Aunque no presente a los personajes a favorde Batista, el acriticismo reinante durante su dictadura es elocuente, pues dedica una hora o más de película a este periodo histórico y no muestra ninguna de las decisiones de Batista —los campesinos y los desheredados no tienen ni un solo fotograma de presencia en esta película—, y, sin embargo, no tiene pelos en la lengua para entrar en nimios detalles sobre los atropellos de Fidel, Guevara y sus colegas, llegando incluso hasta mostrar que prohíben el uso del saxofón, instrumento al que convierte en burda metáfora de la libertad, rematada cuando llega a EE. UU. y es lo primero que escucha. Qué casualidad. Pues miren, después de lo cansino que es, como ya he dicho, el abuso de la música a lo largo de toda la película, es casi de agradecer que les prohíban tocar. Según esta historia, la gran tragedia es que se perdieron los musicales de Cuba. Menuda pérdida, diría yo. Si quieren convencernos de lo que piensan, dénos un argumento más poderoso, por favor. E incluso si hay quien piensa que sí es poderoso, probablemente no es verdad, pues ‘Habana Blues’, de Benito Zambrano muestra que allí se sigue produciendo música de todo tipo.

Cabrera Infante adquiere una postura absolutamente dandy hacia el problema de Cuba: el único análisis sobre lo que acontece en la isla son tediosas conversaciones, torpísimamente escritas y peor interpretadas. El posicionamiento político del personaje de Bill Murray es el mismo que el de García: está dispuesto a reírse, desde su “individualidad” de payaso, de todas las torpes maneras y expresiones de los revolucionarios, mientras permanece mudo sobre el régimen anterior.

La película es, en resumen, una retahíla de diálogos inacabables, mal escritos, sin vínculos entre sí y sin mayor propósito que el de que Andy García y Cabrera Infante perpetren una especie de ensayo sobre Cuba que sería rechazado en cualquier gacetilla periodística infantil. Es cinematográficamente – no sólo ideológicamente – nula. Si quieren una visión objetiva, apasionante y sin sesgo de la historia cubana, recomiendo dos espléndidos documentales: ‘El juego de Cuba’ donde la productora Belén Agosti y el director Martín Cuenca no se muerden la lengua ante las luces y sombras de la revolución, y todo contado a través del baseball (curiosa y lograda premisa). El otro documental, ‘Balseros’, que muestra el lado humano de personajes muy distintos a los del anterior, es un impresionante esfuerzo de producción que nos cuenta el devenir vital de muchas personas en busca de su “tierra prometida” y que huye de todo tipo de prejuicios. Y, para quien quiera una aproximación más intelectual y crítica, dentro del cine de ficción, ahí tiene la compleja, viva y dolorosa ‘Memorias del subdesarrollo’ de Tomás Gutiérrez Alea.

Por cierto, el titular de la crítica viene de la película de Sam Peckinpah, ‘Quiero la cabeza de Alfredo García’.

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