Algunas magias de Blade Runner

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Conocemos el argumento. Sabemos que la Tyrrell Corporation inventó, acaso en un futuro que ya nunca tenga ese aspecto tan indudablemente anacrónico, unos androides, llamados replicantes, y que al desarrollar sentimientos, hubo de ejecutarlos. Lo llamaron “retiro” nos aclara el film nada más empezar. Sabemos, también, que los Blade Runners (corredores del sable, en afortunada expresión de José Luis Guarner) son los encargados de tal labor.

Y sabemos, por supuesto, que es Rick Deckard (Harrison Ford) quien vuelve al cuerpo, taciturno, en la ciudad de Los Ángeles, en pleno año 2019. Y que desarrollará interés amoroso por una replicante (Sean Young) al tiempo que se enfrenta a la banda de supervivientes que lidera otro (Rutger Hauer), con intenciones de supervivencia que se verán frustadas al conocer la naturaleza irreparable que dará paso a su extinción.

A diferencia de lo comúnmente aceptado, yo no comparto la superstición de que algunas películas, incluso aquellas que llamamos obras maestras, sean perfectas. Me pasa lo mismo con los libros. ¿La perfección? ‘Vértigo’ (Vertigo, 1958) tiene importantes agujeros de guión y nada de malo hay en ello, sigo pensando que es arrebatadora y una obra de arte del siglo pasado.

No creo que esto esté en guerra contra el razonamiento, al contrario, lo hace más necesario y más importante. Podemos decir que cuanto más amamos a una película será, como en las más hondas emociones, porque estamos dispuestos a aceptar sus defectos dado que consideramos inquebrantables todas y cada una de sus virtudes. Es cuando una de las virtudes se nos presenta bajo sospecha cuando dejamos de amar. Nunca es por los defectos previos, aunque nos guste enfatizarlo al contar la historia de cualquier desengaño.

Pero ¿qué virtudes decidir y por encima de cuales? Ese es el gran tema de la crítica. Ese es el asunto. ¿De qué manera podemos aprender y con qué tipo de logros? ¿Son todos los logros el mismo? ¿Persiguen acaso los mismos terrenos? La conversación se engrandece gracias a eso.

La última vez que vi esta película de Ridley Scott, fue, posiblemente, la mejor de todas. Fue dirigida y estrenada en 1982, luego remontada con el equívoco título de ‘Director’s Cut’ en el 92 y finalmente montada, por el verdadero director, en el Final Cut que hace ya un lustro se puso a nuestra disposición.

Una proyección en salas de cine, mi primera viendo este film, fue epifánica y confirmó todas mis sospechas: ‘Blade Runner’ (id, 1982) es una película que contiene no pocos elementos que podríamos llamar chusteros, siendo coloquiales y joviales y bromistas. Excesos musicales, una innecesaria y algo ridícula escena de amor, y sobre todo un esquematismo argumental de manual.

Porque el guión de David Webb Peoples y Hampton Fancher es sencillo y limitado, cargado de todos los lugares comunes del cine negro pero ninguno de sus hallazgos o ingenios. También es cierto que a Scott jamás le interesó el cine en el sentido más tradicional, el narrativo, y por eso su talento pictórico vuela.

También me pareció tremendamente risible la pretendida profundidad de la película, con obvios simbolismos con escenas de ajedrez, replicantes matando a sus creadores o esa voz en off que Scott pone para subrayarnos la inquietante sospecha de que Deckard se trate como un replicante.

Cualquiera que haya leído hasta aquí puede creer que le estoy tomando el pelo o que he fingido amar la película para criticarla sin piedad. No, en realidad no. Creo que la magia de la película radica toda en sus imágenes, en su inventiva y en su estilo, y creo que de ahí proviene la poesía metafísica que encontramos. El lirismo de la película no viene de que los androides sepan, como también los humanos, que se mueren. Viene de la inspirada manera en que tiene de transmitir ese dolor, muy por encima de sus convenciones argumentales.

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No es difícil imaginar la pasión que Scott sentía por revistas como Métal Hurlant, con artistas tan visionarios como Moebius. Dan O’Bannon, guionista de ‘Alien’ (id, 1979), escribió una historia con Moebius llamad The Long Tomorrow, relato criminal ambientado en un abigarrado futuro que indudablemente está en los fotogramas de la película. Había colaborado con Scott, al que siempre recuerda interesado por la ilustración, el diseño, la pintura. No todos los días aparece un cineasta recién salido de la Royal Academy of Art inglesa.

Mientras que el argumento y sus simbolismos son simples, las imágenes son inspiradas, de una belleza insólita. La pupila de un ojo viendo estallar la ferocidad urbana de su industria. Ese sol, tal vez artficial, que solamente brilla en la pirámide empresarial del creador y que alcanza otro iris, el de un búho, para que lo sepamos también mecánico. Ese genetista triste, que vive entre autómatas y con un aspecto envejecido, en el que Scott desarrolla su amplio gusto pictórico, de la pintura francesa decadentista hasta autores contemporáneos como René Magritte.

Observad sino como esa pupila

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evoca al Falso Espejo de 1928 del citado Magritte.
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Pris se pierde entre los autómatas, y la imagen alcanza un insólito grado de belleza.

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Evoca a Watteau, también a Caravaggio, cuya iluminación parece haber inspirado a Scott.

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O la hermosa e insólita escena de la ejecución de la bailarina de la serpiente, en la que Scott describe el disparo a través de los cristales y luego, con un magnífico plano de ralentíes, prioriza la nieve por encima de ese montón de carne que es solamente robot.

O la escena en la que ambos tocan el piano, mucho más romántica que el guión o que los personajes, por cuanto evoca y por cuanto nos hace percibir.

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Tocan el piano, al alumbre de Hopper, por supuesto.

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Los Halcones de la Noche que también el director dice haber tenido en mente.

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También en la escena más famosa de la película brilla el estilo. Si, el monólogo, el monólogo. Paparruchas incomprensibles en manos de otro director con menos talento. Fijaos en Hauer, en la lluvia, omnipresente en toda la película, y en el azul mortecino que rodea a su recitado. Después, el emocionante vuelo de una paloma puntúa su muerte.

Sin saberlo, esta película contiene e inventa el estilo de David Fincher y Wong Kar-Wai. También prolonga algunas de las audacias de Stanley Kubrick en quien Scott encontró un maestro y una manera de acercarse al cine sin proceder de la cinefilia y haciéndolo desde las Bellas Artes.

Las magias de ‘Blade Runner’ insinúan una única cosa inextinguible.: la apreciación humana por la belleza, la luz, la tiniebla y los cuerpos que anidan entre ellas.

Mi compañero Caviaro también escribió un emocionado homenaje a la película.

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