'An Education', descubriendo a Carey Mulligan

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‘An Education’ es una de las sorpresas cinematográficas más agradables de los últimos meses. La película se estrenó en nuestro país el pasado 26 de febrero (en Inglaterra la vieron en octubre, ejem, ¡ejem!) y provocó un gran interés cuando fue nominada a tres Oscars, en las categorías de mejor guión adaptado, actriz protagonista y película. Como hablamos poco antes de celebrarse la gala de estos premios, la joven y casi desconocida Carey Mulligan no partía como favorita para lograr la estatuilla, y efectivamente no se la llevó. Sin embargo, nadie es mejor con un Oscar, ni nadie es peor sin él; es simplemente un premio muy famoso que, como dijo George Clooney en la alfombra roja (por cierto, ¿se sabe ya por qué parecía tan molesto?), sirve por encima de todo para abrirse camino en Hollywood.

Aunque muchos queríamos que Mulligan lo ganara, en realidad no necesitaba ese premio. Las puertas de la meca del cine ya están abiertas para ella. Esta actriz de 24 años, a la que ya habíamos podido ver interpretando pequeños papeles en ‘Orgullo y prejuicio’ o ‘Enemigos públicos’, ha cautivado al público, la crítica y los grandes estudios con su trabajo protagonista en ‘An Education’, donde da vida a una chica que aprende una importante lección. No en clase, ni leyendo libros o escuchando a sus padres, sino saliendo de casa, saltándose clases y viviendo la vida, que es como de verdad se aprende.

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Escrita por el exitoso Nick Hornby (‘Alta fidelidad’ o ‘Un niño grande’), que se basó en un artículo de la periodista Lynn Barber donde relataba experiencias personales (objeto luego ya de un libro entero), ‘An Education’ gira en torno a Jenny, una joven londinense de principios de los 60. Sus padres quieren que vaya a Oxford para que pueda tener una buena carrera y solucionar su futuro, pero para eso Jenny debe mejorar sus notas en Latín. En lugar de estudiar más, la chica sueña con escapar de su casa; ir a fiestas, a la ópera, conocer gente interesante y vivir ya de una vez como una adulta, sin tener que rendir cuentas a nadie.

Jenny está a punto de cumplir los 17 y se ve atrapada en un mundo al que no quiere pertenecer, una aburrida burbuja preparada por los adultos que tiene a su alrededor (sus padres y sus profesoras), que consideran que es demasiado joven para saber lo que es mejor para ella. Pero Jenny cree saber lo que es mejor para ella, y desde luego eso no es dedicar su vida a los estudios y el trabajo; eso no es vivir. Así que cuando conoce al encantador David, un soltero de treinta y tantos años que vive en una onda totalmente diferente a la de los demás, Jenny se rinde a él. Ve el cielo que estaba más allá de la ventana de su dormitorio y de la escuela.

A David se le da muy bien hablar, sabe convencer a gente inocente, así que cuando Jenny tiene problemas para estar con él por culpa de sus padres, el hombre va a su casa a hablar con ellos. Jack y Marjorie, personas simples y honradas, sólo quieren lo mejor para su hija, y este tal David parece una persona de fiar con la que Jenny se siente muy feliz. Así inicia una nueva etapa en la vida de la joven, que al cumplir los 17 realiza uno de sus grandes sueños: viajar a París. David la lleva a cenar a lujosos restaurantes, a galerías de arte, la lleva todas partes, le presenta a sus sofisticados amigos (bueno, a un tipo que sabe de arte y a su novia, que sabe cómo arreglarse) y, en definitiva, la trata como ella quería que la trataran, como una mujer que sólo quiere vivir experiencias, sin preocupaciones sobre el futuro, sin tener que dedicar su tiempo al estudio o el trabajo.

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Por supuesto, las apariencias engañan. Es algo que se ve venir desde el principio (no habría película sin un giro de los acontecimientos, ¿verdad?), desde la escena en la que conocemos a David, cuando encuentra a Jenny esperando el autobús, un día de fuerte lluvia, y se ofrece a llevarla en coche hasta su casa. A mí me recordó un poco al cuento de Caperucita y el lobo. Pero dejaré que los que todavía no habéis visto la película descubráis todo lo que le ocurre a Jenny cuando decide tomar un nuevo rumbo.

Lo cierto es que la historia engancha. Digo, tal como está escrita, realizada e interpretada, aun siendo una trama sencilla y sin grandes sorpresas, te atrapa, y fácilmente; consigue que te metas en la película y que necesites saber constantemente qué pasa a continuación. Es un gran logro de Hornby, de la directora Lone Scherfig (¿sólo había sitio para Bigelow en los Oscars?) y de los actores, que están estupendos. Por supuesto, destaca por encima de todos la señorita Carey Mulligan, cuyo físico le permite pasar sin problemas por una chica de 17 años, y a la que ya se compara con Audrey Hepburn (la verdad es que a mí también me la recordó en algunas escenas) situándola además al frente de un posible remake de ‘My Fair Lady’. Por lo pronto, la actriz está, entre otras, en ‘Brothers’ de Jim Sheridan, ‘Wall Street: Money Never Sleeps’ de Oliver Stone, y ‘Never Let Me Go’ de Mark Romanek. Ha nacido una estrella.

Mulligan está radiante, pero, repito, sus compañeros de reparto también están muy bien, y sin ellos la película de Scherfig no resultaría tan efectiva. Peter Sarsgaard borda el personaje de David (al que vemos un poco cambiado en la segunda mitad de la película, quizá porque ya no le queda mucha batería de seducción), Alfred Molina está fantástico como el padre de la protagonista (memorable la escena en la que lleva leche y galletas a su hija), Emma Thompson saca brillo al par de escenas en las que interviene y Rosamund Pike clava el papel de Helen, una mujer vacía que es poco menos que un bonito adorno; incluso el desagradable Dominic Cooper cumple a la perfección con el papel de Danny, el refinado y extraño amigo de David. Pero de todos los “secundarios” me quedo con Olivia Williams como la sorprendente profesora Stubbs, un personaje muy completo del que apenas nos dejan ver la superficie.

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Podemos ponernos quisquillosos y descubrir un pequeño bajón de ritmo en la segunda mitad del metraje, donde quizá la acción se atasca un poco, algunas escenas poco creíbles (la rapidez con la que David “enamora” a los padres de Jenny) y un desenlace algo atropellado (me refiero al tema de los estudios), pero creo que esta película es como un postre al que hay que entregarse, y del que hay que saborear cada bocado. Así lo veo yo, al menos. Una deliciosa comedia dramática, excelentemente sencilla.

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