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‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’, sincopada aventura de naturalismo fantástico
Críticas

‘Animales fantásticos y dónde encontrarlos’, sincopada aventura de naturalismo fantástico

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He de reconocer que la premisa de la nueva película del universo Harry Potter me hace un tilín especial. El hecho de que el protagonista sea una especie de Darwin mágico, viajando y estudiando animales de una fauna completamente desconocida y sorprendente me parece una idea que vale más que los 225 millones de dólares de presupuesto con los que cuenta esta producción.

El mundo de J.K. Rowling me es bastante ajeno, aunque no falto de atractivo. El carácter de precuela de ‘Animales Fantásticos y dónde encontrarlos’ ('Fantastic Beasts and Where To Find Them') debe de ser una experiencia épica para los fanáticos de su obra, dado que está lleno de datos y referencias que cualquiera que conozca en profundidad la saga reconocerá. Como producto coyuntural de una serie, tiene un valor añadido.

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Sin embargo, a nivel cinematográfico, la película no se ve beneficiada por el mando de David Yates. Un nombre capaz de diluir los componentes emocionales de las obras más importantes de la saga original en un inmovilismo apático, opuesto a su espíritu de maravilla. Por momentos, es capaz de recrear un universo nuevo y diferente, pero en otros no es difícil acordarse de que tan solo distan cinco años desde el agotamiento de la fórmula por su espíritu acomodaticio.

Némesis difusa

Uno de los fantasmas de la saga que regresa es la falta de definición de los villanos. La estructura episódica del guión de Rowling parece quedarse demasiado anclada en su estilo literario y la descompensación de las dos tramas paralelas queda más en evidencia con la falta de relación entre ambas. Llegado un punto de la trama, se unen dos líneas argumentales cuando el ministerio americano trata de culpabilizar al protagonista en una argucia del guión muy acorde con la cultura de la magia: sacada de la chistera.

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Entre aventura y aventura, se abren subtramas interesantes que quedan desdibujadas, como esa liga de Salem, aprovechando los residuos culturales mágicos de el nuevo emplazamiento americano, que no se acaba de concretar. En su lugar tenemos una historia vaga, incluso aburrida, de un adolescente rarito, marginado y maltratado, que es utilizado por el mago interpretado por Colin Farrel, con una conveniente interpretación bastante diabólica. Eso sí, los golpes adultos de esta parte soprenden por su oscuridad.

La subtrama se acaba convirtiendo en la némesis principal, retorciendo los elementos del juego de forma poco natural, hasta llegar a un clímax destructivo a la Marvel, con una tristona criatura vaporosa e informe de mal CGI que echa por tierra muchos logros técnicos con los que nos ha llegado a sorprender. Para colmo, se encadenan tres epílogos a cada cual más forzado, llenos de música emotiva y épica para tratar de empujarnos como sea hacia la emoción, arracarnos alguna lagrimilla, aunque sea artificial.

Majestuosa natualeza fantastica

Precisamente, eso es lo casi sabotea los propios logros de una reseñable aventura de fantasía. Los personajes principales son raros, especialmente su protagonista. Probablemente resultado de una interpretación, cuanto menos, peculiar. Aún me pregunto que le han hecho al cuello de Redmayne para que esté torcido durante toda la película, pero aunque parezca que es un paciente recuperado de parálisis cerebral, sus tics no desentonan en lo que debe ser un introvertido y talentoso naturalista mágico.

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Las interacciones entre el particular grupo que se acaba reuniendo alrededor de Scamander resultan extrañas en principio, pero funcionan cuando se edifican en torno a la reivindicación de lo diferente, convirtiéndose en un bonito homenaje a la marginalidad, un brindis por lo geek que resulta lo mejor de la película, junto al majestuoso diseño de producción, que logra transportarte a un mundo en el que apetece quedarse a vivir un buen rato, aunque lo que ocurra dentro no sea tan interesante.

La película triunfa cuando se centra en la nutrida y sorprendente aventura naturalista, que insufla la antigua emoción de esas excursiones míticas de biólogos de principio de siglo, pero podría haber hecho un punto y parte más revolucionario con la saga anterior, un renacer que la apartara de sus vicios más recalcitrantes, como esas sorpresas de última hora, esa tendencia al cluedo del mundo mágico que no funcionaban ya en la mitad de las primeras películas.

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