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Dentro de poco nos llegará la nueva película de Joe quiero ganar un Oscar a toda costa Wright, adaptación de la famosa novela de Leo Tolstoy ‘Ana Karenina’, con su actriz fetiche Keira Knightley. Así que he creído que este era una buen momento para rescatar la que es probablemente la más famosa de todas las versiones, la dirigida por Clarence Brown en 1935, un vehículo para el lucimiento exclusivo de Greta Garbo, la estrella femenina más conocida en aquellos años. De hecho, estamos hablando de una de las películas de mayor éxito en la filmografía de la diva, penúltima de las siete colaboraciones de la actriz con Brown, el director que probablemente mejor explotó las virtudes de la Garbo, con el permiso de Ernst Lubitsch, sobre el que solía decirse que fue capaz de hacer reír a la actriz de origen sueco. ‘Ana Karenina’ provoca todo tipo de sentimientos y sensaciones. Humor, ninguno.

El film de Brown es un dramón por todo lo alto muy en la línea de los que solían hacerse en los años 30, con todo lujo de medios, y cómo no ,un excelente reparto. Una operación sin duda parecida a la que Wright ha realizado el año pasado con su film ganador del Oscar al mejor vestuario —estaba cantado—, adaptar una novela conocida por todo el mundo, que goza además de un prestigio crítico unánime. Las comparaciones suelen ser inevitables, y lejos de hacer la de siempre la película es lo que es, y resiste estoicamente el paso del tiempo, a pesar de pertenecer a ese tipo de producciones del Hollywood clásico, con su sistema, tan duramente atacado por muchos basándose simplemente en que han pasado de moda. Comentarios ciegos aparte, ‘Ana Karenina’ es un drama de envergadura que habla sobre el amor fatal, la infidelidad, los celos y la hipocresía de una sociedad que aprovecha escándalos de cama para crucificar a quienes realmente envidian.

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(From here to the end, Spoilers) Clemence Dane y Salka Viertel —escritora de bastantes films interpretados por Greta Garbo— realizan el libreto que recoge los aspectos más destacados de la obra original de Tolstoy. En la Rusia del siglo XIX Ana Karenina (Garbo) visita a su hermano Stiva (Reginald Owen) en San Pettersburgo y conoce a un oficial de la Guardia Imperial, el conde Vronsky (Fredrich March) de quien se enamora perdidamente a pesar de estar casada. Karenina está casada y tiene un hijo, y aún así decidrá ir a vivir con Vronsky, siendo desde ese momento la comidilla de toda la sociedad que los mirará en la mayor parte de los casos con malos ojos. Repudiada por su propio marido (Basil Rathbone), quien no le dejará ver ni a su hijo (Freddie Bartholomew), pronto será víctima de su pasión y enamoramiento cuando se vea completamente sola y no sea capaz de enfrentarse a la situación.

Aunque podría dar la sensación de que estamos ante un producto muy hijo de su época, superproducción acartonada en su puesta en escena, que dirían algunos, nada más lejos de la realidad. De hecho, una de las primeras cosas que me ha llamado la atención en el revisado del film es la vigorosa puesta en escena de Clarence Brown, que escapa precisamente a esa rigidez tan típica —esto es una concesión para los detractores del cine clásico, de esos que no bucean en el pasado, los mismos que acusan a los demás de no profundizar en las obras actuales— en lo formal —mentira—, y para empezar Brown presenta a los personajes masculinos con un impresionante travelling sobre la mesa en un banquete, y que corta la respiración, por no hablar de la atmósfera irremediablemente romántica que se respira cuando Fredrich March y Greta Garbo comparten plano y que no proviene solamente de la base literaria.

annakareninabrownf3 Garbo, March y Brown en el rodaje de ‘Ana Karenina’

‘Ana Karenina’ sirve a Brown para lanzar dardos a la hipocresía, deporte que practica el ser humano desde que posee el uso de razón, y el halo tragico de su personaje central deviene pasión y grandeza en manos de una actriz que si bien yo nunca he considerado de las grandes, aquí traspasa la pantalla, sobre todo en esos instantes finales en los que con un montaje soberbio, obra de Robert J. Kern, y el fuera de campo conocemos el destino de Ana Karenina, cuyo mayor error fue enamorarse de alguien que la dejará en segundo plano en beneficio de su vida militar, de la aventura, negando el hecho de que el amor podría ser la mayor aventura de todas. El epílogo subraya e incide en ese aspecto dejado que acometemos los hombres cuando echamos a perder las relaciones y un falso altruismo se apodera de nosotros. Lo dicho, una historia de amor atemporal, con elementos fácilmente reconocibles para cualquier espectador de hoy día.

En roles secundarios, todo un luejo para la época, intervenciones de Freddie Barthomolew, uno de los niños más insoportables jamás vistos en una pantalla, como el amado hijo de Ana, y Basil Rathbone haciendo gala de su maldad como el resentido marido de Ana, más Maureen O´Sullivan —la novia de Tarzán forever— ganando en belleza a la Garbo, todo hay que decirlo, pero con menos ninutos en pantalla. A veces algún personaje secudnario queda un poco desdibujado, pero es un mal menor en un film apasionante de otra época, casi otro mundo.

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