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‘El ídolo de barro’ (‘Champion’, mark Robson, 1949) es una película que tranquilamente podríamos haber incluido en el ciclo de cine negro (Film Noir), no porque pertenezca a dicho género, sino porque adopta en un drama pugilístico las formas y elementos del mismo. Al fin y al cabo, su director, Mark Robson —director de films tan excelentes como ‘Más dura será la caída’ (‘The Harder They Fall, 1956), una visión crepuscular del boxeo, ‘Desde la terraza’ (‘From the Terrace’, 1960) o la hitchcockiana ‘El premio’ (‘The Prize’, 1963)— provenía de ser montador de la RKO —uno de los estudios que más producción hizo sobre cine negro— y participar en producciones de terror auspiciadas por el famoso Val Lewton. Y ‘El ídolo de barro’ parece en sus instantes más intensos un film de terror.

Pero el film de Robson es además una de las cintas más famosas que existen sobre boxeo, al lado de films como ‘Toro salvaje’ (‘Raging Bull’, Martin Scorsese, 1980) o incluso ‘Rocky‘ (id, John G. Avildsen, 1976). Continuaba la senda iniciada por largometrajes como ‘Kid Galahad’ (id, Michael Curtiz, 1937) o ‘Ciudad de conquista’ (‘City of Conquest’, Anatole Litvak, 1940), en su vertiente más amable por así decirlo, o ‘Nadie puede vencerme’ (‘The Set-Up’, Robert Wise, 1949) o ‘Cuerpo y alma’ (‘Body and Soul’, Robert Rossen, 1947), en una vertiente mucho más dura. ‘El ídolo de barro’ podría considerarse una mezcla de ambos estilos, por un lado un mero espectáculo cinematográfico, lo cual ya es bastante, y por otro, una incisiva visión sobre el éxito y la caída, a mayor gloria eso sí, de sus estrella principal, Kirk Douglas.

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(From here to the end, Spoilers) El inicio del film ya parece sacado de una cinta de cine negro. El oscuro pasillo que lleva al boxeador (Douglas) al ring al combate más decisivo de su vida nos señala el estado anímico del personaje, y Robson, mediante el uso del flashback —elemento muy usado en el Film Noir— nos explica todo lo que ha acontecido hasta llerar a ese punto. Así vemos como Midge y Connie —Kirk Douglas y Arthur Kennedy, precisamente en un rol parecido al que desempeñó en la citada ‘Ciudad de conquista’— son dos hermanos sin un centavo en el bolsillo que viajan para hacerse cargo con un negocio que han comprado a un desconocido. En el periplo se encontrarán con un boxeadoer profesional que invita a Midge a ganrse un dinero boxeando, llamado la atención de un veterano mánager al que le encanta, como él mismo dice, “ver a los chicos en acción”.

Dicho tramo sirve para enfrentar los distintos caracteres de ambos hermanos, uno leal y bondadoso, y el otro que se deja llevar por el egoísmo aún a riesgo de dañar a quien más le quiere sólo por conseguir dinero. Tras comprobar que el negocio que les habían vendido era un timol, se dignan a trabajar en el restaurante fregando platos y sirviendo a los clientes. Pero el interés de Midge en toda cuanta mujer se le cruza por delante le hace tener una historia de amor con la hija del dueño por la cual es obligado a casarse con ella. Dicho punto en la trama no está bien insertado en la misma, y exagera un poco el carácter de desconfianza de Midge —además de provocar un previsible triángulo amoroso—, quien no duda en huir de allí y abrirse camino a través del boxeo, mundillo en el que logrará hacerse un nombre y de paso pisotear a todo cuantos le rodean, incluido su hermano y un manager que era algo así como un padre. Ese será el inicio de la caída del Golem creado por el propio Midge.

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La secuencias de boxeo, y también las de entrenamiento, muestran a un Kirk Douglas en plena forma. Las escenas de boxeo están realizadas con contundencia, y en una se produce algo inaudito para la época, la repetición a cámara lenta de uno de los combates, y que sin duda sirvieron de inspiración a Scorsese para su mítico film en blanco y negro. Además, Robson deja para el último combate toda la violencia que el deporte en sí es capaz de mostrar; toda una set piece donde las sombras van avalanzándose sobre Midge, quien a esas alturas se convierte en un monstruo físico por culpa de los golpes recibidos en el combate. Llama la atención del trabajo fotográfico de Franz Planer, de quien hace poco hablamos por su trabajo para Robert Siodmak.

El final no es nada complaciente y es en cierto sentido una parábola sobre los peligros de la ambición. Una crónica sobre el ascenso al éxito y la fama, y el descenso hasta la mismísima locura y muerte. En definitiva, todo lo que sube tiene que bajar, y en esa caída, destruye todo cuanto una vez se ha querido o necesitado. Un melodrama por todo lo alto, que salvando ese tramo medio, que flojea por forzado, se alza como una de las mejores muestras sobre el boxeo, y mostrando la falta de escrúpulos que hay a ciertos niveles sociales. Douglas ya había irrumpido con fuerza en el séptimo arte, y aquí nos dejó una entregada interpretación, quizá demasiado intensa, de un pobre desgraciado que llegó a lo más alto y perdió lo más importante.

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