Añorando estrenos: 'Odio entre hermanos' de Joseph L. Mankiewicz

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Joseph L. Mankiewicz cometió durantes dos años seguidos una de esas proezas que rara vez se ven en los Oscars, ganar los premios a mejor guión y mejor director por ‘Carta a tres esposas’ (‘A Ltter to Three Wives’, 1949) y ‘Eva al desnudo’ (‘All About Eve’, 1950) —esta, la película con más nominaciones en la historia, consiguió seis Oscars, entre ellos mejor película—, siendo nominado además por el guión de ‘Un rayo de luz’ (‘No Way Out’, 1950). Todo un logro que curiosamente está redondeado con una de las típicas injusticias de la Academia, no haberle nominado por su labor en ‘Odio entre hermanos’ (‘House of Strangers’, 1949), magistral obra que suele quedar injustamente en un segundo plano cuando se habla de la obra de Mankiewicz, pero que poco o nada tiene que envidiar al film protagonziado por Bette Davis y sí es superior a los otros dos films citados. Se trata curiosamente de un film que en estos momentos es más actual que nunca al retratar la figura del banquero como un usurero que se aprovecha de los demás.

Basada en la novela de Jerome Weidman, en el guión está acreditado el gran Philip Yordan —el escritor de films tan apasionantes como ‘Johnny Guitar’ (id, Nicholas Ray, 1954), ‘Agente especial’ (‘The Big Combo’, Joseph H. Lewis, 1955) o ‘El hombre de Laramie’ (‘The Man From laramie’, Anthony Mann, 1955)—, pero Mankiewicz le ayudó creando unos excelentes diálogos, no pudiendo colocar su nombre en los títulos de crédito debido a una de esas estúpidas reglas del gremio de guionistas de Hollywood. Lo cierto es que el realizador natural de Pensylvannia debió estar acreditado por su genio lleno de rabia en un guión cuya crítica social es punzante. El realizador, que decía que Ernst Lubitsch le enseñó todo lo que no hay que hacer en una película, lo contextualiza en un drama familiar con resonancias Shakesperianas y bíblicas, y en el que no faltan elementos del Film Noir, en cuyo subgénero podríamos incluirla también.

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(From here to the end, Spoilers) ‘Odio entre hermanos’, título español algo efectista —el original, ‘Casa de estraños’, es mucho mejor, más sugerente— da comienzo con la salida de la cárcel de Max Monetti —Richard Conte, sin duda lo más flojo de la película—, a quien vemos dirigirse a un banco del que pronto sabremos que su padre era el dueño. Una tensa escena con su hermanos, que intentan sobornarle, dará paso a un tétrico momento a solas con Max en la casa de la familia, ahora abandonada. Allí, a modo de flashback se nos narrará qué sucedió hasta llegar a ese momento, preámbulo de una venganza familiar. El primer cambio visible es el carácter de Max; si en los primeros minutos su rencor le convirte en alguien temible —atención a la brillante frase de uno de sus hermanos cuando Max rechaza el dinero: “me preocupa alguien que tira un fajo de billetes a la basura“—, en este “inicio de la historia” le vemos como alguien alegre, vividor y que haría cualquier cosa por mantener a la familia unida.

La familia protagonista de ‘Odio entre hermanos’ es una de esas familias italianas que emigraron a los Estados Unidos, donde poco a poco y con mucho esfuerzo, algo que es citado continuamente en la película por el patriarca, lograron un imperio. Gino Maretti (Edward G. Robinson) pasó de una barbería a crear un banco en el que concede préstamos sin aval y luego cobra unos intereses desproporcionados, de lo cual Gino acumula su fortuna, mientras a sus propios hijos los tiene mal pagados. Pronto aparecerán los problemas —el gobierno lleva a juicio a Gino— y con ellos saldrá el verdadero carácter de cada uno. Mientras los hermanos de Max ven una oportunidad de salir de la tiranía de su padre, aquel se verá superado por la situación y por el amor que un hijo debe a su padre acabará en la cárcel donde germinará una profunda semilla de venganza. El odio que sólo engendra odio. El hermano enfrentado al hermano y al padre. Y un crescendo dramático de los que hacen historia.

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No cabe la menor duda de que la interpretación de Edward G. Robinson es uno de los elementos fuertes del film. Con una controlada intensidad el actor logra que su Gino Maretti sea adorable y odioso al mismo tiempo. Baste fijarse en instantes como el de la mujer que va al banco a pedirle dinero y Gino se lo da con toda la amabilidad del mundo, o en cómo trata a su hijo predilecto, Max, al que considera el más listo de los cuatro hermanos, y compararlos con sus intervenciones en el juicio, donde parece mostrarse por encima de la ley, o en el que le pide a Max, ya encarcelado que le vengue de sus hermanos. Es tan poderoso el personaje de Gino que Mankiewicz se encarga de hacerlo si cabe más presente cuando aquel ya está muerto, y lo consigue con la presencia de un retrato de Gino que parece tener vida propia única y exclusivamente por el encuadre en el plano. Tanto en el prólogo como en el epílogo, y sobre todo en la secuencia del velatorio, Gino parece estar hablando. La fotografía, en magnífico blanco y negro, obra de Milton Krasner, acentúa la tensión de dichos instantes y oscurece el relato.

No falta en la película una historia de amor, la que Max vive con Irene Bennett, interpretada por Susan Hayward, personaje que flirtea con las femmes fatales del cine negro, y cuya presencia supone la tabla de náufrago de Max. Los diálogos entre ambos son una muestra más del genio de Mankiewicz con la palabra, los mismos no dejan títere con cabeza en el sempiterno tema de las relaciones entre hombres y mujeres, y termina de redondear una película fascinante y llena de fuerza. Tan sólo cinco años después Hollywood lanzaría un remake de ‘Odio entre hermanos’ en clave de western. Su título, ‘Lanza rota’ (‘Broken Lance’, Edward Dmytryk, 1954), con una ironía sangrante, el guión, mucho más esquemático, ganaría el Oscar. De ella hablaremos en el ciclo del western.

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