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theward prota

Que nadie se asuste. No he incluido ‘The Ward’ (John Carpenter, 2010) en esta sección porque añore una gran película del maestro John Carpenter, pero es esto último lo que hace que me sorprenda precisamente del hecho de que una película como la que nos ocupa aún parezca dormir el sueño de los justos en nuestras salas, aunque fue exhibida en el festival de Sitges, y recientemente editada en DVD. Mi compañero Caviaro habló de ella, y la opinión general en aquel momento fue la de decepción, con alguna que otra voz discordante, pero no escuchada. Por supuesto que, teniendo en cuenta películas como ‘La cosa’ (‘The Thing’, 1982) o ‘Vampiros’ (‘Vampires’, 1997), ‘The Ward’ supone una pequeña decepción por venir de quien viene. Pero tampoco me parece tan mala como se ha dicho, y es sin duda por Carpenter.

No deja de llamarme la atención que en estos tiempos en los que directores consagrados, y otros que no lo son tanto, se entregan con cariño a ejercicios de revisitación cinéfila en sus obras, alguien como John Carpenter haya elegido una película como ‘The Ward’ para volver a sentarse en la silla de director, sin contar evidentemente sus dos episodios —uno excepcional, el otro un poco torpe— para la serie ‘Masters of Horror’. Y digo esto porque en ‘The Ward’ hay bastante del cine de los 60, cuando el subgénero de terror psicológico —expuesto por Hitchcock, y continuado por el cine británico, con gente como Jack Clayton o la mítica Hammer— inundó las salas de entonces. El film se ambienta, como si de un guiño se tratase, en aquella década.

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(Spoilers) Amber Heard da vida a Kristen, una mujer que es internada en un psiquiátrico en el que será tratada. Allí conocerá sus compañeras, todas ellas con distinos trastornos, y preocupadas por la posible existencia de un fantasma que busca venganza. A poco que uno esté atento, y también por haber visto infinidad de películas de idéntica temática, enseguida se ve por dónde irán los tiros, quedando claro que el trabajo de Michael y Shawn Rasmussen es lo peor del film. Sus parciales logros se encuentran en la puesta en escena de John Carpenter, a quien no se le ha olvidado el noble oficio de narrar, encerrando una vez más a sus personajes en un escenario claustrofóbico con un único ansia: sobrevivir. En ‘The Ward’ se mezclan con un mínimo de inteligencia los relatos de trastrono de personalidad y los relatos sobre fantasmas, tan en boga en los años 60.

Tomemos como ejemplo la segunda fotografía. Cuando aún no sospechamos por qué Kristen ha incendiado una casa y está internada, Carpenter nos regala ese plano de lo más descriptivo y nos lo dice claramente. Su particular forma de narrar desafía sin problemas los defectos de un guión que abusa de golpes de efecto y un giro final de envergadura, pero es precisamente ese giro el que permite a Carpenter juguetear con todos los tópicos del género, manejando con astucia el punto de vista. También parece disfrutar de lo lindo con una cámara viva y perspicaz que aprovecha cada rincón, pasillo y recoveco de un hospital psiquiátrico, cuyas tomas exteriores recuerdan a las que Robert Wise hacía en ‘The Haunting’ (1961), sugiriendo una presencia maligna, amenazadora, mucho más que cuando hace su aparición el citado fantasma.

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Es precisamente con la figura de este personaje —primera interpretación para el cine de Jilian Kramer— con el que se producen el mayor número de trampas narrativas, de cara a confundir al espectador, planos como el del fantasma tras una puerta mientras llevan a Kristen en camilla son innecesarios, o el montaje paralelo que alterna hechos en distintos lugares y de los cuales sólo puede estar sucediendo uno. No así en otros instantes, mejor resueltos, como por ejemplo la desaparición de la primera chica. Es evidente, debido al delirante guión, caer en algunas trampas de lo más vergonzosas, pero muchas menos en las que caen otro tipo de films de similar especie, sin ir más lejos el ‘Shutter Island’ (2010) de Scorsese, o ‘Identidad’ (‘Identity’, James Mangold’, 2003), al que ‘The Ward’ recuerda sobremanera pero supera con creces por estar mejor narrado.

Carpenter no se adentra en demasía sobre las enfermades psiquiátricas —lo hace tangencialmente a través del personaje del director del hospital, un excelente Jared Harris—, y prefiere divertirse creando una a ratos conseguida atmósfera —a la que echo en falta el apoyo de una banda sonora compuesta por el propio director, quien ha declarado que se sentía demasiado viejo para ello—, y con detalles tan perturbadores como el extraño comportamiento que parecen tener la enfermera y los celadores del hospital —hallazgo derivado de la mencionada utilización del punto de vista—, siempre sugiriendo algo que no existe, jugando con nuestra mente, nunca mejor dicho, de forma bastante lícita. Le sobran un buen número de golpes de efecto, indignos de Carpenter, un elenco femenino algo soso, y una secuencia final coherente con la filmografía de su director pero zafio hasta decir basta.

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