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Del grupo de amigos, cineastas surgidos de la escuela de cine, que forman lo que yo llamo los Wonder Boys de los 70 (ese apócrifo grupo del New Hollywood), probablemente sea Brian De Palma (Nueva Jersey, 1940) el que posea una carrera más irregular y menos sólida. Desde luego, no puede compararse su trabajo con el los otros dos italoamericanos del grupo, Martin Scorsese y Francis Ford Coppola, a pesar de que los tres tocan temas parecidos desde ópticas no demasiado divergentes. Pero De Palma, creo, se sitúa en una esfera muy inferior a la de esos dos colosos. Pese a ello, y pese a varios títulos suyos que son un verdadero despropósito, De Palma es uno de los más grandes realizadores (en cuanto a lo puramente audiovisual) y uno de los directores más complejos de las últimas décadas, muchas veces incomprendido en sus más arriesgados y personales trabajos. Ese no es el caso de la película que hoy nos ocupa, casi unánimamente considerada como su obra de madurez y, probablemente, la más bella y emocionante de todas sus películas.

Aunque el original ‘Carlito’s Way’ (proveniente de una de las dos novelas en que se basa el guionista David Koepp, escritas por el juez de la corte suprema de Estados Unidos, de origen puertorriqueño, Edwin Torres) es muchísimo más sugerente y elegante que el español, por una vez no protestaremos demasiado, porque ‘Atrapado por su pasado’, aún en su tosquedad, es un título que adelanta perfectamente el tema de la película: un hombre que, como tantos personajes scorsesianos, busca una salida a su anterior vida, una redención en la que pondrá todos sus esfuerzos, pero cuyo pasado actúa como una losa que le impide moverse de una existencia de violencia y de sordidez. La traducción original, sin embargo, que podría traducirse como ‘A la manera de Carlito’, es aún más explícita respecto al carácter del personaje, quien aunque ha cambiado y no desea regresar a una vida de crimen, quiere también seguir haciendo sus cosas a su manera sin que nadie pueda inmiscuirse, a pesar de que intuye que eso conllevará un alto precio.

Sólo Al Pacino, que vuelve a las órdenes de De Palma diez años después de la un tanto envejecida ‘El precio del poder’ (‘Scarface’, 1983), podía dar vida a este puertorriqueño compasivo aunque furibundo, una leyenda de su barrio, antiguo narcotraficante que dio con sus huesos en la cárcel, de la que sale gracias a su abogado David Kleinfeld (un alucinante Sean Penn, en una caracterización sorprendente y salvaje) mucho antes de lo previsto. Pero sale, según sus propias palabras, rehabilitado y listo para llevar una vida normal. Hay mucho de western crepuscular en este relato, con Carlito Brigante incapaz de reconocer su antiguo barrio, paseando por él como un pistolero entrado en años, siempre en guardia ante los jóvenes desconocidos y protector con los que son familia o amigos. Por eso el dolor ante el repentino asesinato de su primo, que él intenta evitar con sus reflejos de narco curtido en mil batallas, es el dolor por su propia juventud perdida, por los años que no pasan en balde, y por el pasado irrecuperable, malgastado en tiroteos con codiciosos vendedores de droga capaces de vender a su madre por un buen alijo.

Escape a Paraíso

El comienzo de la película es su final, y su conclusión es el arranque. Ya sabemos, desde el minuto uno, que Carlito Brigante sólo tiene un sueño, un anhelo: largarse de allí y no volver jamás. Irse a una isla a vender coches usados. Ese paraíso, esa utopía (que tampoco es tanto pedir), representa su objetivo, y corre hacia ese objetivo con todas sus fuerzas, desde que sale de los juzgados. El problema es que todos los que le rodean, supuestos amigos y supuestos socios, se lo pondrán tan increíblemente difícil que se verá forzado a regresar a sus antiguos hábitos nada más que para sobrevivir. La excepcional secuencia en la que le tienden una trampa a su primo, y en la que se ve obligado a matar de nuevo (un verdadero prodigio de montaje, de ingenio y de suspense) ya nos avisa de que por muy sencillo que pueda ser su sueño, no le va a resultar nada fácil esquivar la cárcel o la muerte y alcanzarlo. Es el precio a pagar.

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Pero hay muchas secuencias antológicas en esta película, como el reencuentro de Brigante con Gail (una guapa y sensual Penelope Ann Miller), arrasado por una nostalgia y una desazón indescriptibles, o la escena del barco, o el larguísimo climax final, donde por fin el De Palma de antaño se desata y reaparece en todo su barroquismo y grandilocuencia visual, una secuencia en la que una estación de trenes se convierte en el templo donde Carlito debe conocer si es posible o no redimirse, y con la que De Palma vuelve a situarse entre los grandes de su tiempo, creando una pieza de gran complejidad técnica y perfección dramática. Pero nunca este director se había mostrado tan preocupado por las tragedias y el sufrimiento de sus personajes, tan cercano a su existencia y a su realidad. Si hubiera realizado dos o tres películas más de esta altura, hablaríamos de este cineasta en otros términos, no me cabe duda.

Nunca De Palma había narrado con tanta precisión, con tanta pasión, en perfecta sintonía con su operador Stephen H. Burum (habitual en su filmografía, y que aquí firma su mejor trabajo, un color que en algunos interiores es como un blanco y negro alterado) y con sus montadores Kristina Boden y Bill Pankow, que hacen maravillas con la difícil puesta en escena de De Palma, dilatando y comprimiendo el tiempo como dos artesanos que cincelaran su obra con martillo de seda. El legendario diseñador de producción Richard Sylbert (responsable del diseño de ‘Chinatown’, ‘Rosemary’s Baby’ o ‘The Cotton Club’, casi nada, y ya fallecido) crea una atmósfera a un tiempo realista y estilizada hasta la abstracción, mientras el compositor Patrick Doyle (además del inolvidable tema de Joe Cocker que oímos arriba del todo) ofrece una partitura frenética, dolorosa y épica a un tiempo.

Carlito ama a su manera, comprende la amistad a su manera, vive a su manera y muere a su manera. Su soledad es la del rebelde que soñaba con escapar de un mundo hipócrita y retorcido, donde no hay reglas ni códigos, y donde un favor a un amigo mata, según sus propias palabras, más rápido que una bala. Los grandes ojos negros y la barba negra de Pacino se nos quedan grabados en la retina, como expresión de voluntad, de dignidad de un hombre que comprende los errores del pasado y que pide una sola opotunidad más, porque sabe que no va a volver a equivocarse. No fallará, como tampoco falla De Palma tras los fracasos de ‘En nombre de Cain’ (‘Raising Cain’, 1992), ‘La hoguera de las vanidades’ (id., 1990) o ‘Corazones de hierro’ (‘Casualties of War’, 1989). Sin embargo a De Palma le dejan llevar a cabo su redención, mientras que Carlito tiene que conformarse con la fugaz visión de un cartel en el que imagina al amor de su vida bailando cerca de la playa, en ese paraíso que probablemente no verá jamás.

Conclusión

Obra mayor de los noventa, con la que Pacino da muestra de su genio un año después de ganar el Oscar con la olvidable ‘Esencia de mujer’ (Martin Brest, 1992) en la que Sean Penn demuestra que está a su altura y que pronto será una leyenda como él, y con la que De Palma nos cautiva y nos enamora, más convincente y conmovedor que nunca en su arte de narrar con imágenes .

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