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'¡Ave, César!', mordaz elogio de la magia del cine
Críticas

'¡Ave, César!', mordaz elogio de la magia del cine

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Los hermanos Coen adoran el cine, y eso es algo que se puede ver, más allá de que el título en cuestión sea de nuestro agrado o no, en todas y cada una de las dieciséis películas que, desde su puesta de largo allá por 1984 con la enérgica 'Sangre fácil' ('Blood Simple', Joel Coen), han ido firmando con su muy personal y reconocible estilo dos cineastas que nunca dejan indiferentes.

Su última apuesta, ni es una excepción a la última afirmación ni, por supuesto, es ajena a servir una vez más para demostrar la pasión que los hermanos sienten por el medio en el que llevan más de tres décadas desarrollando su carrera profesional. Es más, si de amor hacia el mundillo es de lo que estamos hablando, '¡Ave, César!' ('Hail, Caesar!', Ethan & Joel Coen, 2016) es sin duda la mayor y más evidente declaración que esta pareja de directores haya hecho jamás al séptimo arte.

Loor del Hollywood dorado

Ave Cesar 1

Todo en esta nueva incursión de los Coen en la comedia —un género que no siempre les ha dado buenos resultados, la verdad sea dicha—, desde su primer a su último minuto, es un constante homenaje de los realizadores al cine que se rodó en las primeras décadas de historia de Hollywood. Y cuando digo todo, me refiero a que pocos minutos de metraje hay en '¡Ave, César!' en los que no pueda rastrearse un guiño, siempre en términos genéricos, a algo de lo que hacía hacía durante los años cuarenta y cincuenta —y un poco antes— en la meca del cine.

Así, y teniendo como comienzo y final la omniscente voz del narrador que abre y cierra la función, en las dos horas menos cuarto de proyección pueden señalarse al western —en dos de sus acepciones, la más física de los albores del séptimo arte, y la que estaba jalonada por canciones aprovechando el protagonismo de alguna estrella de la música—, al musical, al cine de Esther Williams, al género negro —con femme fatale incluida—, al drama ligero o al cine histórico con mayúsculas.

Con incidencia directa en la trama que sigue a los personajes de Josh Brolin y George Clooney, o sin ninguna relación con ella, las diversas secuencias en las que desfilan ante nuestros ojos escenas que evocan una forma de hacer cine que el tiempo dejó atrás son las que, sin lugar a dudas, caracterizan de mejor forma el curioso experimento que los Coen llevan aquí a cabo arropándose dentro de ese "género" que aglutina géneros que es "el cine dentro del cine".

'¡Ave, César!', alocado y elocuente pasatiempo

Ave Cesar 2

Sin que en ningún momento la cinta pretenda alcanzar la gravedad que han arrastrado sus producciones más encomiables —como esa que es cumbre de su cine y que revisábamos el pasado viernes—, la ligereza con la que queda tratado todo el discurrir de '¡Ave, César!' ayuda en buena parte a que la proyección se pase en un suspiro entre las abundantes risas y las muchas carcajadas que provocan los momentos más absurdos del guión.

Un libreto cuya efectividad a la hora de arrancar risas del respetable queda puesta al servicio del espectacular plantel de actores con el que se rodean los Coen para dar vida a los incontables estereotipos que, aderezados con un pequeño matiz, sirven a los directores, productores y guionistas, para lanzar cínicas reflexiones hacia el mundo en el que eligieron moverse lustros atrás.

Ave Cesar 3

Seleccionado con precisión, el reparto no hace más que respaldar la impresión de que estamos ante un filme que sabe como reírse de sí mismo y de aquello a lo que representa sin la necesidad de caer en lo burdo o lo facilón. Antes bien, es la elocuencia que lleva, por ejemplo, a que Scarlett Johansson sea la típica actriz florero con muy pocas luces, la que mejor habla de la mordaz autocrítica con la que los Coen miran su profesión y las de los muchos que hacen posible levantar una producción.

Dejando pocos títeres con cabeza, el guión de los hermanos también pasa de refilón por hacer referencia a lo que terminaría derivando en la Caza de Brujas de McCarthy, completando una función de lo más variada —y alocada, seamos francos— que mantiene una perpetua sonrisa en los labios y se hace grande como un entretenimiento de primer orden. Nada más, y nada menos.

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