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Imagen del cartel de Bel Ami: Historia de un Seductor

Es curioso cómo funciona la fama en el negocio del cine. Con 26 años, Robert Pattinson es uno de los actores más conocidos, solicitados y deseados del planeta. Sin embargo, este hecho no ha tenido el efecto esperado en las recaudaciones de sus últimos estrenos, ‘Bel Ami: historia de un seductor’ (‘Bel Ami’, Declan Donnellan y Nick Ormerod, 2012) y ‘Cosmopolis’ (David Cronenberg, 2012), curiosamente dos adaptaciones literarias. Entra dentro de la lógica que el último título —una película difícil, exigente, compleja— no haya logrado grandes cifras en taquilla pero el primero contaba con atractivo más que suficiente para, al menos, enganchar a la legión de fans del sex symbol inglés.

‘Bel Ami’ es una nueva versión de la historia narrada por Guy de Maupassant en su novela homónima —adaptada en numerosas ocasiones, cabe destacar la realización de Albert Lewin en 1947, con George Sanders en el papel protagonista—. Rachel Bennette firma el guion de la película, ópera prima de Donnellan y Ormerod, que arranca con una poderosa escena: un joven con apariencia de mendigo observa desde la fría calle, a través de un ventanal, una lujosa fiesta de la alta sociedad parisina. La acción podría tener lugar actualmente pero en realidad está ambientada a finales del siglo XIX. Pattinson da vida a Georges Duroy, un ex oficial de caballería de origen humilde, bolsillos vacíos y un fuerte resentimiento. No alcanza a comprender por qué él pasa hambre mientras otros viven en la abundancia.

Kristin Scott Thomas, Uma Thurman y Christina Ricci en una escena de Bel Ami

La trama de ‘Bel Ami’ es bien conocida, y muy apropiada para estos tiempos, se centra en cómo Duroy consigue rápidamente llegar a ser alguien importante, uno de esos peces gordos a los que observaba con envidia. Y lo logra cuando se da cuenta que el camino más corto hacia la meta es convertirse en la mercancía que demandan las esposas de los hombres más influyentes de la ciudad; esto es, entrar en el juego del amor y el sexo a cambio de escalar socialmente. Duroy es en cierto modo como esas chicas de hoy en día, sin talento alguno, que venden su cuerpo y su dignidad por ese trozo de falso cielo que venden en las revistas, pasando de famoso en famoso hasta que ellas mismas adquieren la condición de celebridad. Lo que sea por dinero y estatus. En la época del film no existían el lamentable acoso de los paparazzi ni los bochornosos programas del corazón pero sí esa convicción de que hay que manipular y pisotear a los demás y obtener importantes contactos que abren puertas cerradas para la mayoría.

Así que la película dispone de un reparto de indudable interés (Pattinson, Uma Thurman, Christina Ricci, Kristin Scott Thomas…), una potente historia y, como decían en esa maravillosa película de Preston Sturges, un poco de sexo. Y sin embargo, esta ‘Bel Ami’ parece la hija torpe y blanda de ‘Amistades peligrosas’ (‘Dangerous Liaisons’, Stephen Frears, 1988). Todo resulta excesivamente evidente, demasiado subrayado, las interpretaciones resultan forzadas y los diálogos no suenan auténticos, como si importara más la frase y la pronunciación que la verosimilitud de los personajes y las situaciones. Culpo de ello a los realizadores, procedentes del teatro, por no sacar provecho del elenco —puede que ensayaran demasiado el comportamiento de los actores, restando naturalidad— ni saber recrear en la pantalla las sensaciones necesarias para que la historia traspase la pantalla. En este sentido, solo la comentada imagen inicial y una escena de sexo entre Thurman y Pattinson logran escapar del anodino tono general.

Robert Pattinson en una escena de esta nueva versión de Bel Ami

Como suele ocurrir con las producciones de época con suficiente presupuesto, destaca en ‘Bel Ami’ el diseño de producción (Attila Kovács) y el vestuario (Odile Dicks-Mireaux), y como en la casi totalidad del cine actual, también puede uno disfrutar de la música (Lakshman Joseph de Saram y Rachel Portman) y el trabajo de fotografía (Stefano Falivene). Pero los que orquestan la puesta en escena cometen demasiados errores (de novato diría yo) y solo hay un puñado de escenas donde los actores logran hacer creíbles a sus personajes —Thurman es la que mejor aprovecha el texto (el mejor momento es cuando su personaje explica su relación con el enigmático duque) mientras que Pattinson y Ricci están nefastos, exagerando las reacciones— y eso es un grave problema para adentrarse en lo que debía ser un fascinante relato de ambición y degradación moral.

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