Berlinale 2011: 'La cueva de los sueños olvidados' (Werner Herzog), 'Submarine' (Richard Ayoade), 'Almanya' (Yasemin Samdereli) y 'Offside' (Jafar Panahi)

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Con este segundo bloque termino de repasar todas las películas que pude ver durante la Berlinale 2011. En la última entrada os hablé de tres películas, de las cuales recomendaba especialmente la alemana ‘If Not Us, Who’; en este post os comento cuatro títulos, entre ellos ‘Offside’. La ganadora del Gran premio del jurado en 2006 se proyectó en esta 61ª edición para rendir homenaje al cineasta Jafar Panahi, encarcelado en Irán por un delito de conspiración contra el régimen islámico. De esta tanda que os traigo, creo que todas tienen algo por lo que podrían ser recomendadas, seguid leyendo y comprenderéis por qué.

‘La cueva de los sueños olvidados’, misterios del pasado

Ya os conté que este año el festival de Berlín dedicó una jornada al cine en 3D. Por supuesto, no vimos nada parecido a ‘Avatar’ o ‘Lluvia de albóndigas’, sino propuestas a priori poco comerciales, diferentes, usando el novedoso formato estereoscópico para algo más que el simple entretenimiento. Una de esas obras venía firmada por el prestigioso realizador alemán Werner Herzog, presidente del jurado en la pasada edición de la Berlinale. Proyectado fuera de concurso, el documental ‘La cueva de los sueños olvidados’ (‘Cave of Forgotten Dreams’; EE.UU., Francia, 2010) nos permite la entrada a la cueva de Chauvet, al sur de Francia, donde se esconden las pinturas rupestres más antiguas del mundo. El lugar fue descubierto en 1994 por los espeleólogos Éliette Brunel-Deschamps, Christian Hillaire y Jean-Marie Chauvet, y gracias a sus afortunadas características se han podido conservar dibujos realizados hace más de treinta mil años, la obra de los primeros artistas humanos.

Gracias al uso del 3D, la experiencia resulta muy interesante, mucho más cercana a lo que sería estar realmente en la gruta, que con la imagen en 2D. Como sugiere su precioso título (en español, ‘Cueva de sueños olvidados’), la cámara de Herzog busca con entusiasmo en cada rincón el rastro de la imaginación de nuestros antepasados, el espíritu de quienes dejaron sus huellas o sus pinturas en las paredes de esta extraordinaria cápsula del tiempo, tratando de hallar una respuesta a los numerosos enigmas que aún mantienen ocupados a los científicos. Es la única manera de disfrutar este viaje de hora y media, pues por desgracia hay muy poco que ver.

Lo cierto es que uno puede sentirse estafado al descubrir que repetidamente se muestran unas pocas partes de la cueva, una y otra vez, cambiando el ángulo o el enfoque de la cámara, y la explicación o la interpretación del narrador, como modo de distracción. Incluso se habla sobre zonas a las que no se puede acceder con la cámara, por lo que puede resultar un documental un tanto decepcionante. Para compensar, se incluyen intervenciones de personajes peculiares relacionados con la cueva, como un señor que usa su olfato para explorar las cuevas u otro que intenta recrear cómo se cazaba hace miles de años, lo que resulta muy divertido aunque no sea la intención de éstos (no es que Herzog se burle, solo los retrata). En definitiva, un título imprescindible para los espectadores más curiosos, y prescindible para los que se aburren en los museos.

‘Submarine’, afortunado debut de Ayoade

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‘Submarine’ (Reino Unido, 2010) es la ópera prima del inglés Richard Ayoade, popular por dar vida a uno de los tres protagonistas principales de la desternillante serie ‘The IT Crowd’ (‘Los informáticos’ en España). Presentada en los festivales de Toronto o Sundance antes de formar parte de la sección Forum de la Berlinale, la película es una adaptación de la novela homónima de Joe Dunthorne cuya historia gira en torno a Oliver Tate, un peculiar adolescente que pasa demasiado tiempo reflexionando sobre sí mismo, soñando, por ejemplo, con un fantástico funeral en el que todos llorarían desconsolados por su muerte. Mientras vive la intensidad del primer amor, y debe superar los primeros conflictos de su recién iniciada relación con la chica de sus sueños, tratará de salvar el delicado matrimonio de sus padres, cuya ruptura parece inminente tras los encuentros de su madre con un raro vecino que se las da de místico consejero espiritual, y la incapacidad de su padre para afrontar cualquier dificultad. El muchacho se da cuenta, quizá ya tarde, que su cómodo mundo se tambalea y puede derrumbarse de un momento a otro.

Craig Roberts, Yasmin Paige, Sally Hawkins, Noah Taylor y Paddy Considine encabezan el acertado elenco de esta ácida comedia dramática que recuerda al cine de Wes Anderson o Noah Baumbach, por los temas (la familia disfuncional), el sentido del humor (tan fino que a veces se confunde con lo dramático), y la extravagancia con la que se disfrazan personajes y situaciones que en el fondo son de lo más corrientes. Si bien dudo que alguien pueda sentirse totalmente identificado con este protagonista, se entienden con facilidad sus deseos y sus esperanzas, sus dudas y sus miedos, pues básicamente, en mayor o menor medida, son los mismos que hemos vivido en nuestra adolescencia. La película no es otra cosa que el relato de los tropiezos y los descubrimientos de un chico (impecablemente encarnado por Roberts) al que le cuesta entender el mundo que le rodea, y trata de solucionar los cabos sueltos, empezando por unos padres que resultan ser más inmaduros que él mismo. Ayoade se muestra imaginativo y certero con el material de Dunthorne, y apoyado en las interpretaciones y la música de su amigo Alex Turner (de Arctic Monkeys), firma una película sencilla, divertida y honesta, cuyo mayor hándicap es que ya hemos visto muchas historias similares.

‘Almanya: Bienvenido a Alemania’, entre dos tierras

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La primera generación de turcos encuentran respeto en Alemania, más que en Turquía, pese a que era la gente que llevaba dinero. Han sido abandonados por su propio país.

(Vedat Erincin)

A algunos periodistas les sorprendió que ‘Almanya: Bienvenido a Alemania’ (‘Almanya: Wilkommen in Deutschland’; Alemania, 2011) no fuese incluida en la sección de competición, pues gustó mucho y recibió la primera ovación de la Berlinale. Debut de la turco-alemana Yasemin Samdereli, la película relata la historia de una familia cuyo corazón, como el suyo, pertenece a dos tierras. A caballo entre un retrato adulto y un cuento infantil, inspirada por la propia familia de la realizadora, asistimos por un lado a la llegada de Hüseyin Yilmaz (Fahri Yardim), un ilusionado joven turco, a la Alemania de los años 60, respondiendo a la necesidad de mano de obra extranjera, enviando dinero a su mujer y sus hijos, a los que apenas ve; la otra trama sucede en la actualidad, y se centra en el deseo de este mismo hombre (Vedat Erincin) por realizar un viaje con toda su familia, tres generaciones que ya han asimilado el moderno modo de vida germano, de vuelta a la tradicional Turquía, donde ha comprado un pequeño terreno. De este modo, su pequeño nieto, muy confundido con la doble nacionalidad, podrá conocer sus raíces.

Es fácil entregarse con placer al simpatiquísimo relato construido por Samdereli, que aprovecha muy bien las diferencias culturales, y que pese a su tono amable no disimula crítica ni amargura en la peripecia de esta familia que debe superar no pocos obstáculos para acomodarse en suelo alemán, regresando después a su tierra de origen sintiéndose unos completos extraños. En la rueda de prensa posterior al pase de ‘Almanya’, alguien quiso buscar una similitud con ‘Mi nombre es Khan’, presentada el año anterior en la Berlinale, diciendo que en ambas se mostraba a inmigrantes agradecidos con las autoridades del país que los había acogido; la interpretación fue adecuadamente rechazada por el equipo de la película, respondiendo que nunca fue ésa la intención. Yo tampoco vi que los protagonistas dieran las gracias a Alemania, en todo caso es al revés. Pero no va por ahí el asunto, es un relato que intenta reflejar las alegrías y las tristezas, lo cómico y lo dramático, de una realidad cada vez más actual, de unas gentes que abandonan su país con la esperanza de una vida mejor, pero que no pueden olvidar sus orígenes, borrar como si nada parte de su identidad.

‘Offside’, el absurdo iraní

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Como cineasta crítico me siento en la obligación de reflejar los problemas y preocupaciones diarias de mi pueblo. Espero que en veinte años hayan dejado de existir esos problemas y yo pueda hacer filmes sobre la libertad y el bienestar de mi país.

(Jafar Panahi, desde prisión, en una carta dirigida al festival)

Un vehículo paseaba por el centro de Berlín una enorme pancarta que preguntaba dónde estaba Jafar Panahi. El cineasta iraní no pudo ocupar su asiento junto al resto de miembros del jurado de la 61ª edición del certamen, pero su obra sí estuvo presente. Con una mezcla de compromiso y curiosidad, asistí a una proyección especial de ‘Offiside’ (2006) celebrada en un gigantesco Berlinale Palast absolutamente repleto. Tras un breve acto protagonizado por el director del festival, Dieter Kosslick, dio comienzo la película, que arranca con una tensa secuencia en la que una joven trata de hacerse pasar por un chico para poder asistir a un crucial partido de fútbol, de cuyo resultado depende que la selección de Irán pueda acudir al mundial de Alemania. De milagro consigue una entrada en la reventa, pero al tratar de pasar un control de seguridad es descubierta y detenida. Una mujer no puede estar allí, le dicen, hay demasiados hombres. Un militar la acompaña a una zona del estadio donde se retiene a otras jóvenes que también intentaron colarse. Con el público gritando de emoción, y sin posibilidad de ver el partido, los nervios acercarán a detenidas y soldados, que están obligados a cumplir su deber, aun cuando es evidente que los motivos para impedir que ellas accedan al estadio son totalmente absurdos.

La idea de la película se la inspiró a Jafar Panahi su propia hija, que llegó a burlar las medidas de seguridad para reunirse con su padre dentro de un estadio; al parecer, es algo común allí, y cuenta el cineasta que el día del partido murieron siete personas, pisoteadas, y que una de ellas era una mujer disfrazada, siendo su imagen la única que no apareció en los medios. Estoy bastante de acuerdo con la crítica que escribió mi compañero Alberto Abuín hace cuatro años; me entusiasman las interpretaciones, tan auténticas que parece que estemos viendo un documental (no son actores profesionales) y me sorprende la habilidad de Panahi para mantener siempre el interés en un relato caracterizado por un argumento muy sencillo, pocos personajes y apenas un único escenario durante gran parte del metraje. El realizador consigue que el nerviosismo que domina a los personajes, por una situación que escapa a toda lógica, traspase la pantalla, así como la emoción de un partido del que apenas vemos un par de instantes, pero nos basta oírlo y asistir al sufrimiento de las chicas para vivirlo intensamente. Se bebe enseguida este placentero trago de humor y denuncia que funciona por igual en cualquier parte del mundo. Es un cine tan valiente e inteligente como accesible.

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