Berlinale 2011: 'Si no nosotros, ¿quién?' (Andres Veiel), 'El futuro' (Miranda July) y 'Household X' (Yoshida Koki)

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Ya conocemos el palmarés y el festival se ha despedido hasta el año que viene, pero como os adelanté a mí me quedan aún algunas películas por comentar que voy a incluir en dos entradas, pues creo que os pueden resultar interesantes. En esta primera tanda os hablaré de los dos títulos de la sección a concurso que me faltaban (os recuerdo que eran dieciséis) y de la única película que vi en el último día de la Berlinale, cuando ya no quedaban más que las sobras, ni programación oficial ni especial ni nada. Probé suerte dentro de lo que había y, bueno, digamos que no fueron noventa minutos totalmente desperdiciados.

‘Si no nosotros, ¿quién?’, revolucionarios sin causa

Tras la iraní ‘Nader and Simin, a Separation’, la película que más me entusiasmó de las que optaban al Oso de Oro fue la alemana ‘Si no nosotros, ¿quién?’ (‘Wer wenn nicht wir’, o ‘If Not Us, Who’; 2011), el debut en la ficción de Andres Veiel, hasta ahora centrado en la realización de documentales. El film ofrece un interesante retrato de la Alemania de los años 60, en especial de una juventud que ansiaba romper con el pasado e iniciar una etapa de cambio radical que debía extenderse por todo el mundo, para acabar de una vez por todas con la tiranía y la opresión de los poderosos. Los protagonistas de este relato son Bernward Vespel, Gudrun Ensslin y Andreas Baader, los dos últimos miembros de la Fracción del Ejército Rojo (la RAF, Rote Armee Fraktion), también conocida como la banda terrorista Baader-Meinhof, una organización de extrema izquierda que ha sido objeto de retratos cinematográficos y documentales. El propio Veiel centró en este grupo uno de sus trabajos previos, Black Box BRD (2001), y en un principio rechazó la idea de dirigir un largometraje sobre el mismo tema. Pero cambió de opinión cuando leyó escritos originales de Vespel y Ensslin, comprendiendo que nunca se había intentando comprender realmente a estas personas, ni se había expuesto el origen de la RAF con los matices y las contradicciones auténticas, sin enfoques simplistas. El resultado es un film vigoroso pese a sus arritmias, crudo y emocionante.

La película comienza en la posguerra para mostrarnos un breve episodio de la infancia de Bernward Vespel, en el que su severo padre, el poeta Will Vesper, le da una lección sobre el orden de las cosas, exponiendo un discurso frío y amoral que entronca con sus ideas fascistas. Iniciada la década de los sesenta, Vespel (August Diehl) es un aspirante a escritor que discute con un profesor de retórica sobre la calidad de las obras que sirvieron de apoyo al partido nazi. El país no se ha recuperado totalmente de esa etapa (y así sigue a día de hoy, por lo que he podido comprobar), por lo que trata de cubrir todo rastro y destruir toda conexión con ese vergonzoso pasado reciente. Vespel, influido por su padre, mantiene que el valor de una obra es una cosa aparte de las ideas personales o políticas de su autor. Durante su estancia en la universidad, el joven inicia una relación con Gudrun Esslin (Lena Lauzemis), que se enamora de su espíritu apasionado e inconformista. Juntos inician una modesta editorial que se atreve a publicar textos políticos incómodos para la sensibilidad de la época. A mediados de los 60, implicados con los ideales de jóvenes de izquierda, animados por reivindicaciones y protestas que estallan en diversas partes del mundo, Vespel y Esslin conocen a Andreas Baader (Alexander Fehling), que apuesta por dar el paso de la acción violenta.

Está muy bien plasmada la complicada relación que mantienen Vespel y Esslin, cómo el principio él entiende la sexualidad como algo libre, sin ataduras, haciendo sufrir a su compañera, para luego verse en la situación contraria, ante la aparición del carismático Baader; es interesante la opuesta mentalidad de los dos muchachos, cómo Vespel confía en el poder de la palabra, en el puñetazo escrito, mientras que Baader solo cree en la acción inmediata, en el puñetazo real. Tragedia de unos jóvenes que lucharon contra el fantasma de un régimen que no volvió a aparecer, ‘If Not Us, Who’ contiene dos horas de cine recio, serio, riguroso, que entretiene al mismo tiempo que despierta la reflexión, y cuyo único pero importante defecto es que intenta abarcar demasiado, hay tramos que resultan de menor interés y otros están demasiado resumidos; quizá un montaje de mayor duración podría aportar más empaque al relato, permitiendo una experiencia más cercana de la amarga peripecia de estos tres personajes en un momento de gran agitación, tanto individual como colectivamente. Mantiene Andres Veiel que la historia de Vespel, Esslin y Baader aún tiene eco en nuestro presente, y así es, la suya es una película que podría estar hablando de personajes actuales; espero que podáis tener la oportunidad de verla y comprobarlo.

‘El futuro’, treintañeros en crisis

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No fue una de las más redondas ni atrevidas, pero sí una de las más originales e ingeniosas de la sección competitiva. Presentada también en Sundance, ‘El futuro’ (‘The Future’; Alemania, Estados Unidos, 2011) es el segundo largometraje de la norteamericana Miranda July, cineasta, actriz, escritora y artista. Su nuevo trabajo, presentado seis años después de su elogiado debut (‘Me and You and Everyone We Know’, premiado en Sundance y Cannes), se centra en una pareja, ambos en torno a los treinta, que han pensado adoptar un gato de un refugio. El animal está herido y podría morir en seis meses, pero eso forma parte del plan; y también podría vivir varios años, cosa que ya les preocupa un poco. Les aterra perder parte de su libertad, de ahí que una mascota tan independiente como un gato y del que en teoría no tendrán que ocuparse mucho tiempo, les parece una opción ideal. Sin embargo, el día que van a buscar a Paw Paw (que así se llama el felino) les dicen que deben esperar un mes más. De vuelta a casa, la pareja reflexiona sobre el tiempo que tienen por delante, y deciden pelear por aquello que siempre quisieron hacer, pero hasta ahora nunca se atrevieron.

Sophie (July) y Jason (Hamish Linklater) se han dado cuenta de lo rutinario de su existencia, y de cómo está pasando el tiempo sin haber realizado todas esas cosas que habían previsto o soñado. La futura adopción del gato trastoca su vaga comodidad, y se agarran a eso para intentar dar un giro a sus vidas. A ella le fascinan los bailes que las chicas graban y suben a Youtube, así que se propone inventar un baile diario, hasta que llegue el pequeño felino; por su parte, él abandona su trabajo, de atención al cliente vía telefónica, para dedicarse a la lucha por el medio ambiente, vendiendo árboles puerta por puerta. A ninguno de los dos le irá como habían previsto, afrontando el fracaso de distinta manera: Jason se empeña en el intento, Sophie optar por abandonar y se entrega a otro hombre (un cincuentón con una hija pequeña que dibuja). Y mientras tanto, Paw Paw espera.

La película gira en torno a temas tan corrientes como la toma de conciencia del paso del tiempo, con la ansiedad y la frustración que eso conlleva, la madurez de unos treinteañeros y la relación de una pareja que parece bloqueada, estancada en una existencia rutinaria, sin la sorpresa y la pasión de los comienzos. Pese a esto, el enfoque de Miranda July resulta fresco y auténtico, nunca pretencioso ni complaciente, enriqueciendo el relato con ocurrentes soluciones de corte fantástico y surrealista. Cabe señalar que el gatito habla al público, exponiendo su filosofía y su deseo de ser adoptado, y que en la trama hay hueco para un peculiar viaje en el tiempo, entre otros recursos. Estas ideas son las que animan el visionado de la película, que por lo demás no cambiará la vida a nadie, tiene tramos bastante simplones, como tiempos muertos dentro de la narración, y sospecho que realmente solo resultará interesante para los espectadores que rondamos la edad de los protagonistas, pudiéndonos identificar con sus conflictos, dudas y preocupaciones. Que pueden ser tan absurdos como inevitables.

‘Kazoku X’, inerte civilización

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Los protagonistas de ‘Household X’ (‘Kazoku X’, 2010) también viven atrapados en la rutina, una más intensa y alienante, pero tardarán más en darse cuenta y tratar de rebelarse. Y es que estamos ante una de esas películas japonesas que tanto aterran al público occidental, lenta, con escasos diálogos y sin apenas argumento. Claro que todo eso no tiene por qué dar una película aburrida. Puede que la acción transcurra bajo la superficie, en el interior de los personajes o entre los rincones de una ciudad, que el cineasta aproveche una propuesta sencilla y directa para desarrollar un virtuoso relato psicológico, o que lo esencial sea vivir momentos emotivos o de gran belleza en un mar de aparente tranquilidad, sintiéndose uno transportado a otra realidad. Dicho esto, a mí lo que más me interesa no es qué está pasando, sino cómo está siendo retratado, me interesa más la puesta en escena y la interpretación que la trama, los acontecimientos o lo que llamamos mensaje.

Por eso, aunque me parece interesante el planteamiento, y es estimulante encontrar un trabajo que aspira a exponer serios problemas de la sociedad (la japonesa en especial, pero el retrato se ajusta también a Europa) a través del día a día de una familia corriente, no puedo disfrutarla ni aplaudirla por culpa de la descuidada y torpe realización, que consigue que noventa minutos parezcan doscientos. El debutante Yoshida Koki apuesta por ese estilo vago que ya he denunciado en varias ocasiones y que consiste en un abuso de la cámara en mano, dando como resultado imágenes temblorosas y desenfocadas que resultan molestas, de mal gusto, y en asfixiar sin criterio los encuadres con primeros planos o planos detalle. Entiendo que esta moda por el tono documental es muy atractiva, que aporta un aire de espontaneidad que encaja con las nuevas maneras de ver y entender el audiovisual, pero su uso arbitrario, porque resulta más cómodo, está desencadenando en un preocupante descuido del rigor narrativo. Si el sentido del plano es mostrar una foto, y no hay nadie en la habitación, ni está pasando nada en la escena, ¿por qué narices está templando la cámara?

Pese a todo, repito que ‘Household X’ (proyectada en la sección Forum del festival) plantea un discurso jugoso y está acertada en algunos puntos, lo que puede bastar para salvar el visionado de la titubeante ópera prima de Koki. Por ejemplo, hay un plano secuencia que expone de manera devastadora, y en solo unos instantes, todo lo que el realizador intenta plasmar en toda la película. La cámara sigue a la triste ama de casa protagonista (Minami Kaho) por las calles de su barrio y vemos a seres extraños que van a lo suyo, sin interactuar ni revelar emociones, zombies que van a la oficina, sacan la basura o hacen la compra. Son piezas de un sistema que extirpa la humanidad, que potencia la incomunicación y el individualismo, resultando soledad, amargura y ansiedad. Recorren el camino marcado y pasan en silencio por este mundo. No, está retratando solo a Japón.

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