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Y ahora que somos europeos, qué vieja se ha quedado esta película ¿verdad? Ahora que nos sentamos a ver películas y usamos palabras como hype, y ahora que tenemos a Russian Red anunciando un refresco, el progreso debe ser ¿no? El progreso tiene que ser un berreo melancólico en inglés y un feliz servicio a las imágenes de placer veraniego que dan las fuerzas del comercio, yo os creo y estoy muy contento por ello.

Ahora que somos un país avanzado ¡qué innecesario escribir sobre esta hazaña fílmica rodada por Luis García Berlanga! ¿Verdad? Porque ahora nos recapitalizan la banca y no nos rescatan, y ahora tenemos un sistema judicial claro, existe separación de poderes, siempre y cuando te pegues findes de puta madre en Puerto Banús y tengas a mano el relativizar.

Ahora que ha pasado 1977 y que la democracia española envejece ¡qué viejos quedan estos relatos miserables! Ahora que ya podemos decir, de manera airada y supongo que muy democrática, que todos los políticos son iguales y despreocuparnos por todo cuanto suceda a nuestro alrededor porque hemos aprendido, lujos de la política, a salir a la calle para gritar que somos españoles, españoles. ¡Cualquiera diría que estamos haciendo un trabajo póstumo a los patriotas beatos!


Ahora que hemos salido también a decir que no, que se nos ha roto la idea del consenso porque no queríamos imbéciles que nos hablaran de consenso, ahora que hemos descubierto que a la plaza se puede salir a dialogar, pero lo hemos hecho después de construir ciudades de la hostia y aeropuertos sin aviones, por nuestros cojones, ahora lo que tenemos que hacer es ir a la plaza y bailar porque otra cosa no, pero graciosos somos.

El genio de Berlanga estuvo siempre en la dolorosa vena que un día inauguró Cervantes. Nunca nos deja Cervantes reír, reír tranquilos y panchos, pasar un buen rato, porque al tiempo que nos reímos estamos contemplando el dolor y el final, el ser humano atrapado en una estupidez que no es la que se reduce a señalar los molinos, no, es otra más dolorosa y va a seguir doliendo, para siempre.

Los sueños mediocres del alcalde que se siente clichés de vaquero se han caído encima de todos nosotros, no se han roto, se han caído para que descubramos su vigencia. El guión lo firmaron Miguel Mihura y Juan Antonio Bardem, aunque se nota mucho la mano de Berlanga que parece corregir el genio de estos escritores y empieza a trazar su impronta autoral, el inicio de una carrera gigantesca de la que no se habla lo suficiente dado el espacio que dio a entradas heterodoxas y valientes y a piezas todavía mejores (Estaría por llegar Rafael Azcona).

A Mihura le gustaban los personajes ingenuos, pero contrasta con las agendas políticas, muy distintas, de Bardem y Berlanga. La premisa es fácilmente atribuible a Mihura (una cantante folclórica que llega al mismo tiempo que las necesidades de una mentira) en cuanto a configura una comedia de enredo. A los americanos se les espera, claro, y el pueblo que les espera decide convertirse en ejemplo de folklore, de, y lo diré usando las palabras ministeriales que proceden, Marca España ¡de eso se trata! Todos mozitos andaluces, y funcionaba esto como dolorosa metáfora porque a Berlanga le impusieron las condiciones severas de la época a Lolita Sevilla – y no me sorprende que no se diera cuenta nadie de su sarcasmo, porque no he visto a nadie señalar lo hilarante de las últimas ruedas de prensa del consejo de ministro.

Berlanga nos deja ver qué sueña y qué especula con este rescate cada uno de los personajes, sobresale el alcalde de José Isbert, como decía. Berlanga nos deja ver en 75 minutos y en un blanco y negro abrasador un mundo de una ilusión miserable y de una errante exhibición de folklore en un país incapaz de dirigirse al mundo por lo que toca. En vez de eso, suponer que Estados Unidos era también una vieja película del oeste le da a Berlanga un juego todavía por extinguir, un humor todavía de calado y un montón de lecciones rabiosamente modernas.

Esta España que no duda en hacerse marca cuando toca, como los personajes y su revestir folclórico, que tiene un mapa de europa vergonzosamente antiguo (¿en qué mundo viven los personajes?) y que ha sido, dolorosamente, apartada del Plan Marshall norteamericano, pequeño guiño a la política exterior de una potencia mundial que decidió complacida que una dictadura fascista no era amenazadora si no podía rendir batalla. Esta España donde incluso estos fascistas de fosas comunes no dudan en ser simpáticos y dicharacheros si lo conviene el invitado. Esta misma España es la que ha dibujado Berlanga para nosotros.

¡Qué distinto es todo ahora! ¡Qué clase política más formada, qué ciudadanía más excelsa y comprometida, qué elevación hay en las calles! Yo creo, y no es sarcasmo, que las lecciones de Berlanga deben seguir doliendo, pero para que sigamos aprendiendo a decir “no”, para que identifiquemos las bromas como tales y veamos la crisis de veras. Por eso, hace un año, y por aquello de no ser ya Marca España, parece que en las plazas sucedió algo que no entraba con el folklore: romper un discurso y cambiarlo por nuevas consignas.

Por eso las lecciones de Berlanga y Cervantes tienen una vigencia que no porque perdure debe dejarnos abocados a una absoluta soledad. Hay rabia en cada chiste, hay una indignación grandiosa en los procedimientos de esta película magnífica.

Espero que ya que tenemos un presidente que se sulfura por no llegar a tiempo al fútbol, porque encima se pierde el tenis, empecemos ahora a cantarle al Fondo Monetario Internacional unas cuantas loas.

El Plan Marshall nos llega
del extranjero pa nuestro avío,
y con tantos parneses
va a echar buen pelo
Villar del Río.
Traerán divisas pá quien toree
mejor corría,
y medias y camisas
pá las mocitas más presumías.

Puede que ahora veamos las cosas pasar más deprisa, pero el final de Berlanga nos ha dejado una lección valiosa como pocas.

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