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Un cartel de Blue Valentine

Al fin se ha estrenado en España el drama romántico ‘Blue Valentine’, segundo trabajo del norteamericano Derek Cianfrance y uno de los títulos mejor valorados de 2010 tras pasar por festivales como Sundance, Cannes o Toronto. Ryan Gosling y Michelle Williams son los protagonistas de una de las historias de amor (y desamor) más bellas, crudas y devastadoras de las últimas décadas. Si no me creéis, ya sabéis lo que tienes que hacer. Y preparaos para acabar el día con el ánimo por los suelos.

El póster original del film incorpora un subtítulo sencillo y honesto pero con cierta mala leche: “A love story“ (“una historia de amor”). Como si fuera una de esas convencionales comedias románticas que fabrican como churros, en busca de un público que da por hecho una serie de tópicos, incluyendo el final feliz. No miente, ‘Blue Valentine’ nos habla de una historia de amor, pero la forma está muy alejada de lo que es habitual en el género. El cartel español es más tramposo, anima a ver la película a cualquier persona que haya amado alguna vez. O sea, a todos. Porque todos hemos amado alguna vez, ¿verdad?, y hablamos en pasado, así que también hemos dejado de hacerlo, ¿no? A pesar de que las postales y los sobres de azúcar nos venden que el amor es eterno. La película de Cianfrance no lo hace. Muestra el florecimiento y la muerte de un romance.

‘Blue Valentine’ gira en torno a Cindy (Williams) y Dean (Gosling) en dos líneas temporales diferentes. En una de ellas los vemos conocerse y enamorarse, en la otra llevan años casados y el vínculo está en crisis. Cianfrance mezcla las dos etapas a lo largo de la película, dando al espectador la posibilidad de comparar y apreciar el cambio en los personajes y la relación de una forma más poderosa que si hubiera planteado la historia de un modo corriente, lineal. De este modo explota mejor la historia, exponiendo en escenas consecutivas cómo dos personas que se atraen fuertemente, que tienen química y forman una pareja ideal, pueden después sentir agotamiento y amargura junto a la pareja con la que se han comprometido. El encanto, la diversión y la pasión del comienzo convertidos en hastío, monotonía y tristeza.

Llama la atención, quizá porque nos han malacostumbrado las innumerables películas románticas de Hollywood (y del resto del mundo en realidad, la estructura y los personajes son aburridamente similares), el dibujo realista e imperfecto de los dos protagonistas, que no dejan de cometer errores y que tienen una personalidad muy definida, con el paso de los minutos llegas a conocerles como si fueran dos amigos cercanos. Cindy y Dean no han tenido suerte y se conocen en el momento perfecto, cuando ella necesita a alguien cariñoso y atento que la mime y la trate como a la princesa de un cuento. Dean es el tipo adecuado, es un romántico esperando la oportunidad de demostrar su compromiso en una relación seria. Y es Gosling en su faceta más seductora. Cindy no se resiste.

Creo que los hombres son más románticos que las mujeres. Cuando nos casamos, nos casamos con una chica porque aguantamos todo el camino hasta que encontramos a la adecuada y pensamos “sería idiota si no me casara con esta chica, es genial”. Pero parece que las chicas llegan a un punto en el que solo eligen la mejor opción… “Oh, éste tiene un buen trabajo”. Quiero decir que se pasan toda la vida buscando a su príncipe, y luego se casan con el tío formal que tiene un buen trabajo.

(Dean)

Pero compartir la vida no es fácil, sobre todo para unos padres jóvenes con trabajos mal pagados. El tiempo pasa, se acumulan las torpezas, las discusiones, las frustraciones y los malos momentos, la relación comienza a derrumbarse… Más allá del cambio físico —interpretable de varias maneras (representación del paso del tiempo, de los sinsabores de la vida, de un amor marchito…)—, es interesante la evolución psicológica de Dean, quien en una escena revela su desconfianza sobre el género femenino y cuya ingenua idea del amor parece estar influida por las felices historias del cine de Hollywood. Dean no es práctico y se ha creído esa bonita fantasía de que se puede vivir de amor. La triste realidad se impone y el desengaño afecta a su personalidad, se vuelve más frío e irascible.

Cindy sufre la amargura de Dean pero le está tan agradecida por haberla cuidado (a ella y a su hija) que acepta la situación y trata de seguir adelante, como sea. La visita a un hotel (y más concretamente a la “habitación del futuro”, una elección poco apropiada para ellos) en un desesperado intento por recomponer la relación, provoca todo lo contrario… Para funcionar, ‘Blue Valentine’ necesitaba a dos actores implicados en cuerpo y alma con el proyecto, entregados a la creación y el desarrollo de los personajes. Williams y Gosling aceptaron el compromiso y dan en pantalla lo mejor de sí mismos. Están formidables en las dos líneas temporales, nadie podría haber encarnado mejor a Cindy y Dean. Lo raro es que solo ella fuera nominada al Globo de Oro y al Oscar, una injusticia para su compañero de reparto.

Cianfrance trabajó en el guion —junto a Joey Curtis y Cami Delavigne— durante años pero en el momento de rodar pidió a los intérpretes que improvisaran y buscaran la manera más natural de comportarse y relacionarse entre ellos. Procuraba zanjar las escenas con una sola toma, con el objetivo de capturar la espontaneidad de las interpretaciones, y también hizo que Williams y Gosling —que escribió la canción del tráiler dos canciones para la película— compartieran un apartamento durante un mes antes de filmar las escenas del presente, para que resultaran más creíble como pareja y ensayaran formas de iniciar y prolongar discusiones. Esta serie de decisiones son arriesgadas, es más seguro ceñirse al guion y planificar cada detalle, pero con suerte y talento el resultado merece la pena. Quizá se podría haber explorado más la crisis, y a veces la cámara tiembla demasiado, pero son minucias en una película hermosa, honesta y contundente.

Michelle Williams y Ryan Gosling en Blue Valentine

4,5 estrellas (9/10)

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