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Con destino a la Luna cartel

Si hay un nombre determinante en el cine de ciencia-ficción y fantasía durante las décadas de los cincuenta y los sesenta, ese es el de George Pal, un artista con un personalísimo concepto del cine fantástico que siempre intentó dotar a sus producciones, estuvieran o no dirigidas por él, de un profundo sentido de la maravilla y de unos sorprendentes efectos visuales que fueran a la cabeza de lo que por aquél entonces se cocía en Hollywood.

Por este motivo resultaba inevitable que, en este ciclo que le estamos dedicando a la ciencia-ficción, reserváramos un espacio al cineasta húngaro, un espacio que servidor empieza llenando hoy con ‘Con destino a la Luna‘ (‘Destination Moon’, Irving Pichel, 1950), primera de las producciones de las que se haría cargo el realizador y productor y que sirvió como trampolín para lanzar a Pal por los senderos de un género que exploraría a conciencia durante los diez años siguientes.

Con destino a la luna 1

Cuando Pal llega a Hollywood en 1939, pocos meses antes de que los nazis invadan Holanda —lugar en el que trabajaba—, ya es una figura de cierto renombre en el mundillo de la publicidad gracias a sus pioneros trabajos en el campo de la animación tridimensional fotograma a fotograma, una técnica que, una vez en Estados Unidos, cristalizará en el sistema Dynamation Pal, de claras similitudes con el stop-motion que tanto llegarían a perfeccionar Willis O’Brien y el recién desaparecido Ray Harryhausen.

Creando mediante esta compleja técnica de animación una serie de gran éxito en Estados Unidos llamada ‘Puppetoons‘(1941-1947), y recibiendo un Oscar especial de la Academia en 1943 por el desarrollo de nuevos métodos y técnicas cinematográficas, el primer largometraje producido por Pal, ‘The great Rupert‘ (1949), que mezclaba imagen real con animación, servía al visionario productor para conocer a Irving Pichel, el que sería director de su siguiente producción, el filme que hoy nos ocupa.

Con destino a la luna 2

‘Con destino a la Luna’ marcaba una nueva etapa en el género por ser la primera vez en que éste trataba de revestirse de cierto realismo en sus conceptos, contando para ello Pal con la ayuda de un reputado escritor del mundo de la ciencia-ficción; aquél que a finales de los cincuenta publicará ‘Starship troopers‘, Robert A. Heinlein.

Adaptando su ‘Rocket ship Galileo’, publicada tres años antes, Heinlein se implicará bastante en la producción de una cinta que tanto para él como para Pal y Pichel, supone trascender la simple ciencia-ficción y dar el salto a un nuevo “género” a medio camino entre éste y el documental llamado science fact: tan sólida será a los ojos de la época la apuesta de los implicados en la cinta que en su estrenó no sólo encandilará a los aficionados del género, sino que de ella se harán eco conocidas revistas científicas.

Pero toda la seriedad y “rigor científico” del que pudiera hacer gala la cinta en su momento no son capaces de ocultar a ojos de un potencial espectador actual el acusado envejecimiento del que hace gala ‘Con destino a la Luna’. Un envejecimiento en el que poco tiene que ver lo limitado de su presupuesto, que obligó a Pal a exprimir su portentosa imaginación para sacar partido hasta del último centavo, o lo anticuado de sus efectos visuales —aunque más de una propuesta ahí aquí que resulte de gran acierto— y mucho lo desacertado y grisáceo del tono que envuelve a la acción y el infantiloide matiz que la cinta arrastra en ciertos momentos.

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(Someros spoilers de aquí en adelante) Entre éstos últimos caben destacar como los más chirriantes ese corto animado con el Pájaro Loco (sic) que explica a los inversores privados la ciencia detrás de los cohetes espaciales, y el personaje interpretado por Dick Wesson, un incomprensible alivio cómico al que no soy capaz de encontrarle mayor justificación que la inevitabilidad de su inclusión por los patrones en los que se movia el cine de la época.

Sumándose a ellos en la fuerte erosión que el tiempo ha ejercido sobre la cinta, encontramos unos personajes de paupérrima definición que apoyan sus acciones en la férrea convicción de que lo que están haciendo es por un bien ulterior para una opinión pública —y un gobierno— que les ha dado la espalda, erigiéndose el cuarteto de astronautas como autoproclamados mesías de la humanidad. Cabeza visible de todos ellos es un general del ejército que, sustituyendo al típico científico que suele ser motor de las cintas del género, pretende colonizar la luna para poder utilizarla como base de misiles nucleares.

La carencia de carga dramática en todo el discurso —no hay quien sufra por el destino de ninguno de los personajes— y lo que la acción se ve lastrada por tanta cháchara científica de corral de vecinos son las guindas de un pastel muy mal cocinado del que, como apuntaba más arriba, sólo cabe destacar la gran imaginación de los responsables del filme a la hora de plasmar el viaje del cohete y los paisajes lunares. Por lo demás, un título condenado a un más que justificado olvido.

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