Ciencia-ficción: 'El tiempo en sus manos', de George Pal

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El tiempo en sus manos cartel

Es comenzar a verla y llegar a la escena inicial de la cena en casa del protagonista y el mismo resorte de memoria que ha funcionado en los últimos treinta años vuelve a hacerlo con igual de rapidez: la “salita” de la antigua vivienda de mis padres, una pequeña televisión de aquellas que tenían dos mandos circulares para sintonizar las dos cadenas que por aquél entonces eran más que suficiente para tener sentados a los espectadores buena parte de la tarde y, en la pantalla, Jose Luís Balbín dando paso en ‘La clave’ a la proyección de ‘El tiempo en sus manos’ (‘The Time Machine’, 1960) la adaptación del relato de cien páginas de H.G.Wells que servía a George Pal para cerrar la mejor década de su trayectoria cinematográfica, legándonos a la postre la que, en humilde opinión del que esto suscribe, es tanto su mayor logro fílmico como una de las cumbres indiscutibles del género de ciencia-ficción de todos los tiempos.

Al contrario de lo que veíamos el otro día al repasar ‘La guerra de los mundos’ (‘The War of the Worlds’, Byron Haskin, 1953), las intenciones de Pal en este segundo acercamiento a la obra del literato británico se alejan de los radicales cambios ejercidos en la traslación del relato de invasiones marcianas, optando aquí el director y productor por mantenerse fiel a la narración de Wells, situando para ello el arranque de la acción en el último año del s.XIX y estructurando la misma de igual manera a cómo se enhebra el texto original, con el único añadido notable de la secuencia del viaje en el tiempo. Una secuencia orientada, no cabe duda, a servir de escaparate, de un lado, a la Oscarizada labor del equipo de efectos visuales y, del otro, a hacer las veces de cimentación de la reflexiva parábola social que dimana del filme.

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[…]cuando la inteligencia y la fuerza hayan desaparecido, la gratitud y una mutua ternura vivirán aún en el corazón del hombre.

Esta frase, que pone fin al relato de ‘La máquina del tiempo’ es la que, a mi entender, sirve como mejor exponente del singular encuentro que, entre cinismo, pesimismo y optimismo, se daba en la personalidad de H.G.Wells: si bien la lectura del mismo deja claro la desalentadora mirada que el escritor inglés albergaba sobre el futuro inmediato de la humanidad allá por 1895, la exposición del distópico mundo dividido en dos castas alberga no obstante un pequeño hálito de esperanza, algo que Pal potencia sobremanera a la hora de reinterpretar las claves del texto “wellsiano”.

Si ‘La guerra de los mundos’ había sido un filme en el que el terror —entendido desde la óptica de Pal— era la tónica reinante, la mirada del productor, en conjunción con el guión de David Duncan, sobre ‘La máquina del tiempo’ destina sus esfuerzos a aumentar el carácter aventurero del relato, una óptica que llevaría al realizador a cambiar de opinión con respecto a los intérpretes iniciales que consideró para el personaje de George de unos Paul Scoffield, James Mason o David Niven —muy apropiados para encarnar a esta suerte de sosias de H.G.Wells— a la mayor presencia atlética de Rod Taylor.

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Declarado fan de la novela, Taylor trató, en sus propias palabras, “de combinar el carácter altamente intelectual de un brillante científico con el de un tipo atlético, fuerte y romántico, a la contra del clásico científico despistado” que, curiosamente, interpretaría dieciocho años después Malcom MacDowell como el escritor británico en la simpatiquísima ‘Los pasajeros del tiempo’ (‘Time After Time’, Nicholas Meyer, 1979).

Consiguiendo de sobra su objetivo, sobre los hombros del inolvidable Mitch de ‘Los pájaros’ (‘The Birds’, Alfred Hitchcock, 1963) recae toda la responsabilidad de sacar a flote la práctica totalidad del metraje, ejecutando el intérprete australiano uno de sus mejores trabajos y consiguiendo, con la encarnación de ese George vital, optimista y decidido, que el público caiga rendido a sus pies desde el primer minuto que le vemos en pantalla.

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Rodada con un ínfimo presupuesto de unos 750.000 dólares —nadie lo diría—, Pal ejerció un control férreo sobre la producción de ‘El tiempo en sus manos’, volcándose en la supervisión de decorados, vestuario, fotografía y guión, dibujando el storyboard completo, consultando hasta el más nimio detalle con el equipo de efectos visuales e imponiendo que el diseño de la máquina del tiempo, que tantas versiones diferentes había conocido en las portadas de la novela desde que se publicara por primera vez —alguna llegaba a mostrarla como una bicicleta—, recurriera a un look de marcado corte victoriano recordando a la forma de un trineo, uno de sus juguetes favoritos de la infancia.

Tan brillante fue el diseño de la máquina, que hoy por hoy es uno de los iconos más reconocibles del cine de ciencia-ficción, y sus apariciones fugaces en filmes como ‘Gremlins’ (id, Joe Dante, 1984) o un raro anuncio de ‘Regreso al futuro’ (‘Back to the future’, Robert Zemeckis, 1985), en el que Michael J.Fox comparaba a la creación de Pal con el Delorean, son sólo algunas muestras de la importancia que, en el género, llegó a tener tan impresionante prop.

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Como insinuaba algo más arriba, es la diferencia entre la sempiterna alegría y optimismo que dimanaba de George Pal y el cinismo declarado del que hacía gala Wells lo que, en su choque, convierte a ‘El tiempo en sus manos’ en la maravillosa cinta que sigue siendo hoy, cincuenta y tres años después de su estreno. Conservando, como decía, la parábola social que expone el escritor con la existencia de los Eloi y los Morlocks —y que tan acertadamente utilizarían Richard Price y Alexander Ignon en su guión para ‘Rescate’ (‘Ransom’, Ron Howard, 1996)— el vitalismo de Pal trata de evitar que la cinta provoque en el espectador las inmediatas reflexiones que sí incitan los renglones de Wells.

Ahora bien, ello no significa que en la construcción de la historia, el posicionamiento reflexivo de la producción no deje claro su carácter anti-belicista —directamente heredado del activo pacifismo de Wells—, algo que queda expuesto de forma diáfana en la citada secuencia del viaje en el tiempo, con el miedo por la bomba que tanto caracterizó a los años cincuenta, y que es reforzado una y otra vez por los constantes soliloquios del protagonista del relato, muchos de ellos casi calcados de las páginas del texto original, logrando Pal y Duncan no el devanar de sesos inmediato pero sí las muchas y muy interesantes lecturas posteriores que se han hecho a lo largo de las décadas sobre tan insigne producción.

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No crean, no obstante, que el entusiasmo acerca de todo lo que rodea este maravilloso filme —y no me he querido detener a exponer las mil virtudes de la espléndida partitura de Russell García— es impedimento para poder apercibirme del rígido academicismo de formas con el que Pal marca a fuego su labor tras las cámaras. Pero, en contra de lo que otros podrán pensar, creo que en su claridad narrativa y expositiva y en la huida consciente de recursos más innovadores radica la fuerza de la cinta; una fuerza que, indudablemente, encuentra singular punto de apoyo en la cándida inocencia que transmite todo el metraje en general y, en particular, en la delicadeza que Yvette Mimieux pone en su interpretación de Weena, la Eloi que encandila a George.

‘El tiempo en sus manos’ es, por todas las razones expuestas, y las muchas que se han quedado fuera, un clásico del género no superado en muchos aspectos —y no me hagan recordar el olvidable remake llevado a cabo por Simon Wells, nieto del escritor, en 2002—, un filme que supuso la piedra fundacional sobre la que, de un modo u otro, consciente o inconscientemente, han descansado la práctica totalidad de las cintas de viajes en el tiempo.

George Pal siempre quiso rodar una secuela de su querida cinta, y aunque ésta nunca llegó a materializarse, en 1993 Rod Taylor, Alan Young y Whit Bissell —dos de los amigos del personaje de Taylor en el filme— intervinieron en ‘Time Machine: the Journey Back’, 47 minutos parte documental, parte epílogo de la cinta, en los que, con guión de David Duncan, George regresaba al pasado para mantener una última conversación con su amigo Filby, cerrando así, en cierto modo, aquello que Pal había dejado tan espléndidamente abierto tres décadas antes.

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