Ciencia-ficción: 'La guerra de los mundos', de Byron Haskin

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Habiendo ya dado buena cuenta de ‘Con destino a la luna’ (‘Destination Moon’, Irving Pichel, 1950), ‘Cuando los mundos chocan’ (‘When Worlds Collide’, Rudolph Maté, 1951) y ‘La conquista del espacio’ (‘The Conquest of Space’, Byron Haskin, 1955) era natural que antes de rubricar el repaso a la trayectoria de George Pal en la ciencia ficción de los años 50-60 con el filme que lo encumbraría como una de las figuras más influyentes del género —¿hace falta qué diga cuál es?—, termináramos arribando a ese espléndido puerto que, a día de hoy, sigue siendo uno de los mejores ejemplos que la ciencia ficción cinematográfica nos dejó hace ya sesenta años. Nos referimos, cómo no, a ‘La guerra de los mundos’ (‘The War of the Worlds’, Byron Haskin, 1953).

Al hablar de ‘La guerra de los mundos’ podríamos hacerlo, sin temor a equivocarnos, del único ejemplo del cine de invasiones extraterrestres de la época que se planteó desde la perspectiva de una superproducción dirigida al público adulto, un esfuerzo de Pal que serviría para abrir el camino a las incontables cintas de serie B y Z que explorarían la posibilidad de que seres de otro mundo llegaran a la superficie de nuestro planeta con intenciones poco amistosas.

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De la misma manera que ya había hecho Orson Welles con su mítica emisión radiofónica de la obra de Herbert George Wells en 1938, Pal, en cuyas manos cayó la proyección tras haberse interesado por la misma nombres como los de Alexander Korda, Sergei Eisenstein o el mismísimo Alfred Hitchcock, decidió cambiar el escenario de la acción del Londres original de la novela a California, actualizando asimismo la fecha en la que transcurría la acción.

Y ya que estamos señalando las diferencias con respecto al texto de Wells, apuntemos que entre las más visibles está la notable varianza de actitud del filme con respecto a la religión: Wells, agnóstico convencido, dibujaba en sus líneas al párroco como un personaje cobarde sobre el que reflexionaba desde un punto de vista bastante negativo, mientras que Pal, que siempre reflejó en sus filmes una fuerte visión filoreligiosa —como ya vimos en ‘Cuando los mundos chocan‘— convierte al cura en un mártir heroico que se sacrifica por la humanidad en la que es, paradójicamente, una de las escenas más ridículas de la cinta.

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Con otros cambios notables referidos a las naves invasoras, aquí con la forma de mantas-raya, en el libro como los trípodes que Spielberg visualizará en 2005 en su extraordinaria adaptación de la novela; el aspecto de los extraterrestres o la ausencia de las “plantas” rojas con las que los marcianos pretenden adaptar nuestra atmósfera a sus necesidades —algo que también estará presente en la cinta de Spielberg— la otra desviación más llamativa sobre el libro es la que hace referencia a la trama en general: en la novela ésta sigue a un periodista que busca por un Londres asolado a su esposa mientras va narrando los acontecimientos de la invasión, en la cinta el protagonista es un científico del Proyecto Manhattan que se enamorará durante el transcurso de la invasión.

Dejando a un lado las comparaciones, lo cierto es que los cambios introducidos por Pal funcionan bastante bien, haciendo descansar la efectividad de la historia en la forma en la que se va construyendo el suspense a lo largo del metraje. Comenzando por ese prólogo seudocientífico en el que se nos explica por qué la Tierra es el planeta idóneo del sistema solar para albergar la vida, la cinta centrará tras él su atención en un pequeño pueblo en el que se estrella el primer meteorito.

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Y aquí, en el contraste entre la plácida vida de los habitantes del lugar y la irrupción de los alienígenas, es donde arranca un filme que, tras las inevitables escenas de lucimiento del ejército norteamericano, terminará por desplegar todo su potencial apocalíptico de mano de las muchas y espléndidas secuencias en las que los efectos especiales brillan con luz propia: en Technicolor y con un presupuesto de 2 millones de dólares —elevadísimo para una producción de estas características— Pal y Haskin consiguen crear un espectáculo en el que los trucajes visuales son la estrella, alzándose Gordon Jennings y su nutrido equipo de colaboradores con la estatuilla dorada como ya lo hicieran en ‘Cuando los mundos chocan’.

Algo ocultas tras el soberbio lustre que luce la cinta, las actuaciones de Gene Barry, Anne Robinson y el resto del elenco hacen gala de la acusada teatralidad que siempre se asocia a esta época y género en concreto, y sus exageradas reacciones —las expresiones de la actriz cuando ve a los extraterrestres son de todo menos convincentes— rechazan a empellenos los intentos del espectador de empatizar con ellos, máxime cuando muchas de sus acciones resultan tan poco comprensibles.

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Pero lo cierto es que éste es uno de esos raros ejemplos en los que las virtudes pueden con los sonrojantes defectos, y la forma en la que ‘La guerra de los mundos’ despliega sus armas es de tal solidez que terminan salvando los ya citados escollos de las actuaciones y esa estridente —aunque justificable— componente religiosa de la que hace gala la práctica totalidad del metraje. Y entre sus muchos aciertos, qué duda cabe, la forma en la que la cinta muestra la invasión y a los invasores como una fuerza lenta pero implacable contra la que nada humano puede, ni los “últimos” avances tecnológicos, ni la investigación científica.

‘La guerra de los mundos’ es, como decíamos al comienzo, una órdago de Pal por crear un espectáculo puro y duro con el que hacer vibrar a la audiencia y despertar su imaginación con una magnífica puesta en escena en la que también destaca, cómo no, la espléndida labor de Haskin. Que el órdago fue ganador es algo de lo que no hay duda —la cinta fue el filme de ciencia-ficción más taquillero de 1953—; que lo sigue siendo no está, en opinión del que esto suscribe, sujeto a discusión.

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