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Como he dicho en anteriores ocasiones en este ciclo sobre la ciencia-ficción estaremos largo y tendido en la década de los años 50, fructífera hasta decir basta en el género con films de todo tipo, grandes y pequeños, y en los que se encuentra el germen de muchas cosas que luego directores más conocidos —léase Kubrick, léase Cameron— utilizaron con mejores resultados en algunos casos. ‘La reina del espacio exterior’ (‘Queen of Outer Space’, Edward Bernds, 1958) es una de esas muestras pequeñas cuya inclusión en el ciclo responde únicamente a razones de disfrute puro y duro teniendo en cuenta que la película es mala a rabiar, pero con un argumento tan delirante que merece hablemos de ella. Una película que bien podría considerarse un placer culpable aunque con muchas reservas. Muchas.

Edward Bernds fue un artesano cuyo nombre no trascendió ni lo más mínimo en el cine —en televisión se hizo famoso por dirigir y escribir ‘The Three Stooges’—. Su época de mayor rendimiento fue precisamente la década de los cincuenta, haciendo sobre todo films de ciencia-ficción, algunos de ellos muy, muy inofensivos. ‘La reina del espacio exterior’ aprovecha la fama de Zsa Zsa Gabor, el tan de moda scope y hasta decorados y vestuario de películas como ‘Planeta prohibido’ (‘Forbidden Planet’, Fred M. Wilcos, 1956) y ‘Mundo sin fin’ (‘World Without End’, Edward Bernds, 1956), y se aparta argumentalmente de las mismas proponiendo una divertida historia cuya base es la guerra de sexos en el planeta Venus. Como lo leéis. Sólo la perspectiva que ofrece el paso del tiempo permite apreciar ciertos valores en el film que en la época debió provocar urticaria a la crítica más purista, y conservadora también.

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(From here to the end, Spoilers) La película posee un prólogo de unos quince minutos antes de los títulos de crédito —tiembla Leone— en los que únicamente vemos a los personajes centrales a punto de despegar en una nave, rumbo a una estación espacial cerca de Marte. Diálogos ridículos, decorados cutres aunque con mucho colorido, y de repente un punto de inflexión brutal. La estación espacial —una vez más con el aspecto de lo que Kubrick haría en 1968, y que en los cincuenta ya se había aplicado en varias películas— es destruida y gracias a un rayo de poder enorme la nave viaja hasta nada menos que Venus, planeta que en contra de lo que se creía es muy parecido a la Tierra. Y tanto, salvo por un pequeño detalle, únicamente está habitado por mujeres. Por mujeres espectaculares hay que subrayar.

Se podría decir que en la película confluyen dos tramas o argumentos. Por un lado, la situación tiránica bajo la que se encuentran las habitantes de Venus, gobernada por una reina de métodos poco ortodoxos y que oculta su rostro bajo una máscara. Un pequeño grupo de rebeldes intentarán conseguir ayuda de los terrestres recién llegados, que caminan y contemplan Venus como si fuera una habitación de sus propias casas. Por otro, el aspecto más alucinante, y también divertido, del film: las mujeres, ante la falta de hombres, responden como hembras salidas ante la presencia de sus invitados. Enamoramientos a la velocidad del rayo, celos espectaculares y sexo, mucho sexo, porque la raza debe seguir creciendo. Es curioso como los deseos e impulsos sexuales influyen en absolutamente todas las decisiones de los personajes. Como la vida misma.

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Como la película es de 1958 la censura no permite desnudos ni escenas sexuales. Si el film hubiese sido realizado en los últimos treinta años —señalar que la acción transcurre en 1985— es probable que no estuviésemos hablando ni de un film comercial para todos los públicos, sino de una película pornográfica en todo su esplendor. Su argumento no contiene elementos de suficiente interés para hacer otra cosa mejor que lo que ya tenemos. En cualquier caso, el film contiene no pocos elementos humorísticos que hacen más llevadera la impresionante premisa. Los comentarios, abiertamente machistas, de la tripulación terrestre provocan no sólo rechazo sino también carcajadas, un humor muy zafio que personalmente me hace recordar las comedias casposas de nuestro cine. En serio.

El mito erótico Zsa Zsa Gabor se pasea por la película con cara de mírame pero no me toques, aunque son divertidos sus ataques de celos debido a que su reina se enamora del protagonista, que por supuesto no le corresponde, porque encima la película comete el error de asociar belleza con bondad y fealdad con maldad. El final es absolutamente delirante. El sueño de todo hombre llevado al límite de la comedia banal y plana, de una superficialidad que ni Michael Bay se atrevería a filmarlo hoy día. Queda para el recuerdo de unos días, o incluso semanas —es muy probable que la película se autodestruya en la memoria de cada uno pasado ese tiempo— los colorines, que quedan bien en el formato scope, y cómo no, ese vestuario influenciado de los cómics de Flash Gordon. ¿Y de qué mente salió todo esto? De la de Ben Hecth, guionista con dos Oscars, y escritor para gente como Josef von Sternberg o Alfred Hitchcock. Más delirante aún.

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