Cine en el salón. 'El abismo negro', el agujero que absorbía el sentido común

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El abismo negro cartel

1975. Se estrena ‘Tiburón‘ (‘Jaws’, Steven Spielberg, 1975), siendo el filme de Spielberg involuntaria primera piedra en la construcción del concepto de blockbuster. 1977. ‘La guerra de las galaxias‘ (‘Star wars’, George Lucas) llega a las pantalla de medio mundo, cambiando la percepción que por aquél entonces se tenía con respecto a la ciencia-ficción y apuntalando de forma definitiva ese tipo de cine veraniego al que después tanto nos hemos acostumbrado con el paso de los años.

En este panorama de películas que batían récords de taquilla encontramos a Disney. Ya apunté en su momento en la entrada que dediqué a ‘Oz, un mundo fantástico‘ (‘Return to Oz’, Walter Murch, 1985) lo perdida que andaba la productora al comienzo de la década de los ochenta y los muchos filmes que durante aquellos años ideó y produjo la compañía con el propósito de abrir mercado más allá del de marcado carácter infantil que había cultivado desde sus inicios. Combinando ese proceso de exploración de nuevos horizontes con los éxitos comentados en el primer párrafo y el directo protagonismo de Roy Miller, yerno de Walt Disney y cabeza visible del estudio en aquellos años, es como podemos empezar a comprender la singular idiosincrasia de ‘El abismo negro‘ (‘The black hole’, Gary Nelson, 1979).

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Amén de lo que hemos comentado más arriba, ‘La guerra de las galaxias’ sirvió para que los adolescentes volvieran a interesarse en masa por el mundo del cine, una oportunidad que Disney no podía dejar pasar, poniendo en marcha varios proyectos orientados a tan fundamental edad en el proceso de formación del cinéfilo, de los que ‘El abismo negro’ sería el primero en llegar —el primero en ser desarrollado fue la extrañísima ‘Los ojos del bosque‘ (‘The watcher in the woods’, John Hough, 1980)— , demostrando de forma temprana que la productora no tenía ni la más remota idea de cómo casar su herencia con las necesidades de aperturismo a las que quería dar respuesta.

Sólo así se explica una cinta que, no es para niños pero lo es, que no es para adultos, pero lo es y que, sí hay algo que no es, es una para adolescentes. Tranquilos, si la anterior frase casi os provoca una aneurisma ya estáis más o menos en la misma situación que me encontré al terminar de revisar una cinta que no había vuelto a ver desde que tenía seis años. Trataré de aclarar el somero galimatías conforme avance en el análisis de tan curiosa producción. Harina de otro costal será que lo consiga.

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La idea de partida de ‘El abismo negro’ es bastante simple: una nave de exploración se encuentra, de vuelta a la Tierra, con un agujero negro. Un lugar donde, contra todo pronóstico se dará de bruces con otra nave que se creía perdida y en la que un científico lleva dos décadas investigando la singularidad y contemplando la posibilidad de intentar atravesarla. Con estos mimbres y el evidente potencial de los mismos —un potencial que Joseph Kosinski parece dispuesto a volver a explorar en un más que posible remake del filme— es en el desarrollo de la historia donde Jeb Rosebrook, uno de los tres autores de la misma, y Gerry Day, guionista con amplia experiencia en el mundo de la televisión, hacen gala de una bipolaridad alucinógena.

Tras unos créditos espléndidos, que conjugan el excelente tema musical compuesto por John Barry —ojalá se pudiera decir lo mismo del resto de la banda sonora— con unos primitivos gráficos por ordenador, la pobre introducción de los personajes de la Palomino, horrible nombre donde los haya, nos lleva directamente al hallazgo de estos exploradores de la Cygnus, en la que se encontrarán con el Doctor Reinhardt, interpretado por Maximilian Schell. Ya en la elección de los actores comienza a poder percibirse las intenciones de la Disney por llegar a otro tipo de público, en este caso el adulto, encontrando en el reparto nombres como los de Ernest Borgnine, Anthony Perkins o Robert Forster, inusuales decisiones de casting que lastrarán sobremanera el transcurso de la acción.

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A las poco convincentes definiciones de este trío se unen las aún peores de la fémina de la cinta, encarnada por Yvette Mimieux, una científica con capacidades extrasensoriales que le ayudan a comunicarse con el robot de la nave (sic), un extraño alivio cómico llamado V.I.N.C.E.N.T que cita a Cicerón en su primera aparición y que, no cabe duda, es la pervertida concesión del filme al público infantil que seguro —y tan seguro— acudiría a los cines a ver lo nuevo de Disney. A resultas de todo lo anterior, sólo son el Dr. Reinhart, un personaje en el que se fusionan las obsesiones de dos de los capitanes más famosos de la literatura, Nemo y Ahab, y su sádico robot Maximilian los que convencen en el terreno interpretativo —aunque en el caso de un robot que no articula palabra esto sea un decir, claro está—.

El tránsito de la acción antes del clímax, llevado por la dirección de un Gary Nelson que pone su limitado talento al servicio de los descompensados efectos visuales —hay de todas las calidades imaginables—, es más o menos convencional; si entendemos por convencional unos diálogos con abundante cháchara tecnológica y apuntes hacia hechos físicos como los puentes Einstein-Rosen que se intentan compensar con momentos como el “pique” entre robots en la sala de juego —sí, habéis leído bien, los robots del filme tienen una sala en la que liberar tensiones disparando a bolitas de colores—, otra muestra evidente de la desorientación de la cinta que, comparada con las implicaciones que se derivan del final, se queda en agua de borrajas.

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(De aquí en adelante, spoilers) Y llegamos al punto álgido de la función, la Cygnus se deshace mientras traspasa el agujero negro y su moribundo capitán es expulsado al espacio mientras lo que queda de la tripulación del Palomino sube a bordo de una nave sonda para intentar salvar sus vidas. Cabe recordar aquí, por si a alguno se le había olvidado, que esto es una película Disney, y que las escalas de grises nunca han sido el fuerte de la productora, algo que la metáfora que se desarrolla a continuación pone de relieve de forma estridente.

Pretendiendo emular la sublime conclusión de Kubrick para su ‘2001, una odisea en el espacio‘ (‘2001, a space odissey, 1969), los guionistas de ‘El abismo negro’ disertan aquí sobre el cielo y el infierno mediante unas imágenes capaces de dejar atónitos hasta el más preparado de los espectadores: Reindhart y Maximilian se funden en un único ser que se alza en lo alto de una cumbre a cuyos pies arden las llamas del inframundo mientras, por su lado, una angelical figura femenina anuncia el más favorable destino de aquellos que sólo han hecho el bien. No creo que haga falta decir nada más. Por mucho que haya toda una legión de fans que defienden a capa y espada su oscura visión y la adoren como un clásico olvidado, mi postura se inclina más hacia la facilona broma de que si hay algo que absorbió el abismo del título eso fue el sentido común de sus artífices.

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