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El carnaval de las tinieblas cartel

Junto a la magistral ‘Crónicas marcianas‘, ‘La feria de las tinieblassiempre ha sido mi obra favorita del gran Ray Bradbury, algo quizás provocado por haberla leído con los catorce años que James Nightshade y William Halloway, sus dos protagonistas, tienen en el libro. Y esa ha sido la única razón por la que nunca me había atrevido a visionar ‘El carnaval de las tinieblas‘ (‘Something wicked this way comes’, Jack Clayton, 1983), la adaptación que Disney ponía en pie hace tres décadas de la novela.

En realidad hay otra razón por la que nunca me he atrevido a acercarme al filme que nos ocupa, y esa no es otra que el que estuviera producido por la Disney de los ochenta: ya he hablado en dos ocasiones de lo que la productora intentó con todas sus fuerzas en esta década en la que trató de seguir manteniéndose fiel al espíritu del Tío Walt mientras abría sus miras a un público más adulto. De una empresa que se saldó con más que irregulares resultados hemos cubierto ya ‘El abismo negro‘ (‘The black hole’, Gary Nelson, 1979) y ‘Oz, un mundo fantástico‘ (‘Return to OZ, Walter Murch, 1985), dos filmes que ponen en evidencia el natural temor a acercarme a la adaptación de un libro tan apreciado.

El carnaval de las tinieblas 1

Vencidas las reticencias iniciales al comprobar como el propio Bradbury se encargó de la traslación de su texto original al guión del filme, he de confesar que ‘El carnaval de las tinieblas’ ha terminado resultando una agradable sorpresa a pesar de sus carencias y de lo mucho que se esforzó la productora por destrozar la cinta con constantes alteraciones sobre el material preparado por el escritor para un libreto que, al menos sobre el papel, pretendía ser lo más fiel posible a la novela.

(De aquí en adelante, spoilers) La historia que Bradbury había escrito veinte años antes sigue a los dos muchachos antes citados en un momento determinante de sus vidas —el del paso de la niñez a la adolescencia— usando como catalizador del mismo la llegada al pequeño y típico pueblo americano en el que viven de una feria ambulante, el “Mr. Dark’s Pandemonium Carnival”, un espectáculo regentado por el sr.Dark —correcto Jonathan Pryce—, un enigmático personaje que ofrece realizar los sueños de sus clientes por un módico precio y que tendrá que vérselas de frente con los dos críos y con el padre de uno de ellos, un espléndido Jason Robards.

El carnaval de las tinieblas 2

En ese oxímoron de querer hacer cine para niños que en realidad es para adultos pero sigue siendo para niños, ‘El carnaval de las tinieblas’ no aqueja tan graves problemas como los que acusaban las dos cintas que citaba algo más arriba pero esto no significa, ni mucho menos, que el filme funcione a las mil maravillas: intentando reflejar aquellos aspectos de la novela que más le atraían, Clayton —cuya dirección atesora momentos brillantes, como esa secuencia inicial que es la que mejor plasma el espíritu del libro— se encontró en los pases previos con la incomprensión de un público que atacó de frente su labor, no valorando tampoco de forma positiva la magnífica partitura que Georges Delerue había escrito para la cinta a instancias de Bradbury; una partitura de la que después el artista prepararía una suite incluída en el tercer volumen de los discos que Varese Sarabande editó con temas de toda su filmografía.

Ni corta ni perezosa, Disney se propuso arreglar el entuerto en el que parecían —porque sólo lo parecía— haberse metido cineasta y guionista y, casi un año después de haber concluido el rodaje, filmaron nuevas escenas destinadas a hacer más accesible el filme, contratando a James Horner para que sustituyera la oscura y dramática partitura de Delerue por una más ligera acorde con el “nuevo” tono de la cinta.

El carnaval de las tinieblas 3

Perfectamente identificables por la notable diferencia de estatura en ambos niños protagonistas, lo que dichas escenas evidencian —sobre todo la de las tarántulas— es lo perdida que andaba Disney en estos años si, para lograr su objetivo, metían con calzador una secuencia terrorífica plagada de arácnidos y puntualizada por un enervante tema musical de Horner que recuerda poderosamente a lo que, dos años después, compondrá para ‘Aliens, el regreso‘ (‘Aliens’, James Cameron, 1986); una escena que por su endeblez no es capaz de meter el miedo en un adulto pero que para un “peque” tiene que resultar como poco aterradora.

Con todo, y aun a la vista de lo poco que aportan a la cinta las dos o tres secuencias añadidas, el tono general del metraje y lo bien que logra hacerse eco de algunos de los temas que se tratan en la novela hacen que coincida con Ray Bradbury en su valoración del montaje final: “no es un gran filme, pero es bastante decente“. Quizás no sea decir mucho de una producción que costó 19 millones de dólares —y se estrelló en taquilla, recaudando poco más de la mitad— pero si se contextualiza la afirmación en relación a los otros muchos ejemplos que la Disney produjo en aquellos años, queda más que justificada el calificarla, como servidor hacía más arriba, como una agradable sorpresa.

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