Cine en el salón. 'El juego de la sospecha (Cluedo)', diez negritos a los postres

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Cluedo poster

Parada obligatoria en este aleatorio recorrido que estoy efectuando por el cine de los años 80, ‘El juego de la sospecha (Cluedo)‘ (‘Clue, Jonathan Lynne, 1985), se ha contado siempre —y creo que seguirá contándose— como una de mis comedias favoritas de la insigne década, una que no ha envejecido prácticamente nada con el paso de los años, y que sigue arrancándome más de una carcajada —ese momento del telegrama musical— con su ingenioso sentido del humor y la más que curiosa manera con la que se remata esta historia que Paramount ponía en pie basándose en el famosísimo juego de mesa de Parker, hoy Hasbro.

Acostumbrados como estamos a que las adaptaciones de videojuegos se muevan entre lo olvidable y lo directamente infumable —más de lo segundo que de lo primero— y teniendo que soportar cada año el anuncio de un nuevo proyecto llamado a llenar las arcas de la productora de turno con el merchandising derivado de llevar a la gran pantalla tal o cual línea de juguetes —con el sangrante y reciente ejemplo que ha supuesto la horrenda ‘G.I.Joe: la venganza‘ (‘G.I.Joe: retaliation’, Jon Chu, 2013)—, resulta refrescante revisionar una cinta que, al contrario que esa supina estupidez llamada ‘Battleship‘ (id, Peter Berg, 2012), supo sacar partido suficiente del tablero de juego como para construir un filme simpático a manos llenas. Algo lógico sin consideramos quién era el artífice del guión, el gran John Landis.

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Contando con la participación del realizador de ‘Granujas a todo ritmo‘ (‘The blues brothers’, John Landis, 1980) en un libreto firmado alimón junto al realizador del filme, un Jonathan Lynn del que hablaremos algo más abajo, ‘El juego de la sospecha’ encuentra la más que evidente inspiración para su concreción en dos obras, una escrita, otra cinematográfica, de las que bebe de forma directa. La primera, el ‘Diez negritos‘ de Agatha Christie; la segunda, ‘Un cadáver a los postres‘ (‘Murder by death’, Robert Moore, 1976) la genial comedia negra guionizada por Neil Simon.

De la novela de Christie el guión de Landis y Lynn toma el número de implicados en la trama, diez personajes de muy diversa índole, y la idea del denominador común que los une: si en el libro de la escritora británica era que cada personaje había cometido un crimen e iba a morir de la misma manera que el atroz acto cometido, en el presente filme los personajes tienen como denominador común el estar siendo chantajeados por un misterioso personaje llamado Sr. Caballero —Mr. Boddy en la versión original—. Y si bien las analogías para con el magnífico libro de Christie podrían parecer algo “cogidas con pinzas”, las similitudes con el filme de Moore no son nada casuales, contando ‘El juego de la sospecha’ con una estructura similar y, sobre todo, con un tramo final directamente extraído de ‘Un cadáver a los postres’ que el alocado humor de Landis lleva algo más allá.

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Trayendo del juego de mesa que le sirve de referencia base los nombres de sus personajes —el profesor Pomelo, la señorita Escarlata, el Coronel Mostaza…— y las armas homicidas que eran parte imprescindible del tablero —el candelabro, la soga, la pistola…— Landis y Lynn estructuran ‘El juego de la sospecha’ exactamente igual a como Simon construía el guión de ‘Un cadaver a los postres’, tres actos que arrancan con la llegada de los variopintos personajes a la victoriana mansión en la que se desarrolla la acción, que continúan con la presentación del misterio y varios asesinatos, siguen con el desarrollo de una acción en la que la muerte acecha de forma constante a los implicados en la trama y que encuentran su conclusión en la respuesta a ¿quién es el asesino? que ha movido el relato desde el principio.

Si bien el tratamiento de Landis y Lynn resulta brillante en su tramo final, lo cierto es que en la inevitable comparación con lo que Simon ofrece en ‘Un cadáver a los postres’ es donde ‘El juego de la sospecha’ sale como claro perdedor: el cínico sentido del humor del que hace gala el escritor de ‘Descalzos en el parque‘ (‘Barefoot in the park’, Gene Saks, 1967) se encarna desde el comienzo de la cinta en ese mayordomo ciego interpretado con flema inigualable por Alec Guiness y en los pastiches que Simon hace de los más conocidos detectives de la literatura, “homenajeando” a nombres que van desde Sam Spade a Hercules Poirot. Todo el humor y las puyas que de éstos se derivan se pierden en ‘El juego de la sospecha’, por más que Tim Curry consiga el sobrado favor del espectador con su papel del mayordomo, que los implicados en el juego respondan, asimismo, a arquetipos del género de misterio y que la interacción entre ellos se articules por medio de sarcásticas líneas de diálogo.

Cluedo 3

Ahora bien, como decía antes, lo que Landis y Lynne no consiguen en el núcleo central si lo logran con el remate de una trama que, eso sí, se pasa en un suspiro gracias a la animada dirección del segundo, un cineasta irregular al que le debemos otros inocentes divertimentos como las olvidables ‘Monjas a la carrera‘ (‘Nuns on the run’, 1990) o ‘Su distinguida señoría‘ (‘The distinguished gentleman’, 1992) y la por momentos hilarante ‘Falsas apariencias‘ (‘The whole nine yards’, 1999). Para rizar el rizo de lo que Moore y Simon nos habían ofrecido con esa exposición final de ‘Un cadaver a los postres, en la que el mayordomo va poniéndose en el lugar de todos los posibles sospechosos de los crímenes cometidos en la casa, Landis y Lynne plantean no uno, sino tres finales distintos que ofrecen sendas posibles conclusiones al misterio de la cinta. Estos tres finales, en los que el personaje de Curry toma todo el protagonismo, se proyectaron en los cines de forma aleatoria, y no fue hasta que la cinta se editó en DVD que pudimos ver la totalidad de ellos en alguna de las dos opciones que el disco ofrece en su menú —y que el Blu-ray también incluye—: ya sueltos con el mismo carácter aleatorio que inicialmente tuvieron asociados, ya montados uno tras otro en una suerte de director’s cut de los mismos.

Con el último de ellos como el que mejor cierra la cinta, ‘El juego de la sospecha’ se beneficia sobremanera tanto del grupo de actores que encarnan a los partícipes del juego como de la apropiada partitura compuesta para la ocasión por John Morris, músico habitual de las cintas de Mel Brooks y artífice de la brillante partitura de ‘El hombre elefante‘ (‘The elephant man’, David Lynch, 1980). Encabezados los intérpretes por el citado Curry en la piel del mayordomo Wadsworth, a nombres tan conocidos como Christopher Lloyd —un salido Profesor Pomelo—, Leslie Anne Warren —la descarada Señorita Escarlata— o Madeline Kahn —esa viuda negra que, de forma irónica, llama la cinta Sra. Blanca— se unen rostros muy familiares de los ochenta como son los de Colleen Camp y Michael McKean, de los que hablábamos en su momento en el análisis de ‘D.A.R.Y.L‘ (id, Simon Wincer, 1985), contando el filme, para rematar sus similitudes con ‘Un cadáver a los postres’ con la participación de Eileen Brennan, la sufrida secretaria del personaje de Peter Falk en la cinta de Moore que aquí encarna a la alocada Sra. Faisán.

Y para finalizar, juguemos a parafrasear una de las mejores frases que tiene ‘Bitelchús‘ (‘Beetlejuice’, Tim Burton, 1988): he visto ‘El juego de la sospecha’ incontables veces, y cada vez que la veo, me gusta más. Dicho queda.

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