Cine en el salón: 'Noche de miedo', chupasangres con estilo

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Noche de miedo cartel

Elegancia. Ese es el primer adjetivo que me viene siempre a la cabeza cuando pienso en ‘Noche de miedo’ (‘Fright Night’, 1985), la cinta que supuso la puesta de largo de Tom Holland en la gran pantalla y que, veintiocho años después conserva intactos los muchos valores que la convirtieron en uno de los grandes éxitos de su año de estreno y en la segunda cinta de terror más taquillera de 1985 sólo por detrás de la segunda parte de ‘Pesadilla en Elm Street’ (‘A Nightmare in Elm Street’, Wes Craven, 1984).

Por supuesto, elegancia no es el único calificativo con el que describir a esta genial historia de vampiros pasada por el filtro adolescente de la que muchísimo deberían haber aprendido tanto la deleznable saga ‘Crepúsculo’ como, obviamente, el correcto pero desangelado remake que el pasado 2011 estrenaba Craig Gillespie con Anton Yelchin, David Tennant y Colin Farrell en los papeles que cinco lustros antes interpretaban con mayor convicción y muchísimo más encanto William Ragsdale, Roddy McDowall y Chris Sarandon.

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No quisiera que aquellos que aún no hayan visto ‘Noche de miedo’ —y si es así, no sé a qué estáis esperando— se llevaran a equívoco con la afirmación anterior acerca de que la historia escrita y dirigida por Tom Holland es una de tantas cintas que aprovechando la presencia de jóvenes descerebrados sirve para mofarse del género de terror, y de paso de los vampiros, cuando, en realidad, las intenciones de Tom Holland son precisamente lo opuesto.

Desde ese primer travelling, la elegancia —no será la última vez que utilice el epíteto, disculpas por adelantado— que el realizador demuestra en su puesta en escena, y que tres años después serviría para meternos el miedo en el cuerpo con ‘El muñeco diabólico’ (‘Child’s Play’, 1988), va encaminada a un único y claro objetivo, rendir homenaje al cine del género que, con la Hammer como mayor exponente, creó escuela un par de décadas antes, por no hablar del filme que sirve como base de partida para el desarrollo de la premisa argumental, extraída directamente de ‘La ventana indiscreta’ (‘Rear Window’, Alfred Hitchcock, 1954).

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Y es que el argumento de ‘Noche de miedo’ no dista mucho del filme protagonizado por James Stewart y Grace Kelly, cambiando Holland al personaje del fotógrafo escayolado por el de un adolescente que una noche ve algo inquietante desde la ventana de su dormitorio tras el frustrado intento de convencer a su novia de que se acueste con él: en la casa de al lado, dos personas parecen transportar un ataud hacia el sótano.

Lo que comienza siendo una obsesión que todo sus allegados se toman a broma dada la filia de Charley por las películas de terror y el programa televisivo ‘Noche de miedo’, terminará por revelarse como algo bastante serio cuando el protagonista tenga que hacer frente a Jerry Dandridge, un vecino con mucho que ocultar, para lo cual necesitará de la presencia de un “experto”, el presentador del citado programa, Peter Vincent.

Y si bien el protagonista, un William Ragsdale que se ha prodigado más bien poco en la gran pantalla, no es nada del otro mundo, donde el filme encuentra la fuerza necesaria para sobresalir entre la mediocridad que solía hacer mella en este aspecto en las producciones de terror de los ochenta —y, para qué engañarnos, sigue haciendo— es en unos incomensurables Rody McDowall y Chris Sarandon.

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El primero, el inolvidable Cornelius de la magistral ‘El planeta de los simios’ (‘Planet of the Apes’, Franklin J. Schaffner, 1968), interpreta aquí al falso cazador de vampiros cuyo nombre sale de la fusión de Peter Cushing y Vincent Price, los Van Helsing y Drácula de las cintas de la Hammer: cobarde hasta la médula, el personaje de Vincent permite a McDowall abordar un amplio abanico de registros, muchos de los cuales pasan por parodiar —desde un gran respeto, no cabe duda— aquellos personajes a los que rinde homenaje el suyo.

Es de cara al segundo donde hay que volver a sacar a colación el calificativo de elegante, y es que Chris Sarandon compone uno de los mejores vampiros que se hayan visto en la gran pantalla: con esa mirada penetrante —que tanto aprovecharía Rob Reiner en ‘La princesa prometida’ (‘Princess Bride’, 1987)— Sarandon es capaz de pasar de la delicadeza de unos modales exquisitos a la brutalidad que requiere su parte más animal, algo que el guión y el ojo de Holland aprovecha sobremanera en ambos sentidos, potenciando el misterio que rodea al personaje tanto cuando éste está ingieriendo una manzana o silbando el ‘Strangers in the night’ de Sinatra como cuando le esta perforando la yugular a la víctima de turno.

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Junto a ellos, la única presencia estridente de la cinta es la de Stephen Geoffreys, el amigo gracioso de Charley que, incluso con la espléndida definición que aporta Holland a su estereotipado personaje, resulta tremendamente irritante cada vez que aparece en pantalla, algo a lo que no es ajeno su persistente risita. Completando el reparto, la presencia femenina de Amanda Bearse, novia de Charley y personaje que el cineasta aprovecha para introducir un nuevo homenaje a la historia escrita por Stoker, siendo su Amy una suerte de versión modernizada de la Mina Harker original.

Es más, a lo largo y ancho de todo el metraje, las referencias a los filmes de terror en general y de vampiros en particular son una inagotable fuente de disfrute para los amantes del género, que podrán identificar algunos de los títulos que aparecen proyectados en la pequeña pantalla, apercibirse de las muchas similitudes que la cinta guarda para con ‘El misterio de Salem’s Lot’ (‘Salem’s Lot’, Tobe Hooper, 1979), y disfrutar con unos soberbios efectos de maquillaje que aún hoy sorprenden, tanto como lo sigue haciendo la cinta en sus incontables revisionados, por su efectividad y perdurabilidad. Indiscutiblemente, un clásico de los ochenta.

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