Cine en el salón. 'Oz, un mundo fantástico', Disney en los 80

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Oz un mundo fantastico poster

Habiendo alcanzado su mejor momento creativo entre finales de los cincuenta, con esa maravilla animada que sigue siendo ‘La bella durmiente‘ (‘Sleeping beauty’, Clyde Geronimi, Les Clark, Eric Larson, Wolfgang Reitherman, 1959), y mediados de los sesenta, Disney comenzó un lento pero imparable empobrecimiento de formas durante la década de los setenta que llevaría a los todopoderosos estudios a una situación crítica. Por más que títulos como ‘Los aristogatos‘ (‘The aristocats’, Wolfgang Reitherman, 1970) o ‘Robin Hood‘ (id, Wolfgang Reitherman, 1973) evidenciaban la férrea voluntad de los estudios por seguir experimentando con diferentes modos de animación, el paupérrimo talante de esta y lo alocado de las tramas y desarrollo de las historias ponían más que nunca en tela de juicio las decisiones que se estaban tomando en el seno de la dirección tras la muerte de Walt en 1966.

Sin rumbo fijo, Disney llegaba a la década de los ochenta con un claro objetivo: renovarse o morir. Vistos hoy en retrospectiva, los esfuerzos que la productora hizo durante esos años iban encaminados, no cabe duda, a encontrar un nuevo tipo de público al que dirigir sus propuestas sin perder su identidad en el ínterin, lo que terminaría provocando un oscurecimiento de formas de unos títulos cuyo acomodo a un target concreto resulta, cuanto menos, complicado. Un rápido repaso a lo que nos llego de la casa de Mickey en aquellos años desvela la fuerte desorientación a la que estaba sometida la empresa.

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En animación este oscurecimiento se tradujo en cintas tan olvidables como ‘Tod y Toby‘ (‘The fox and the hound’, Ted Berman y Richard Rich, 1981) o ‘Taron y el caldero mágico‘ (‘The black cauldron’, Ted Berman y Richard Rich, 1985); mientras que en el campo de la imagen real, en el que los estudios cada vez querían hacer más hincapié para ampliar mercado, títulos como ‘Popeye‘ (id, Robert Altman, 1980), ‘El dragón del lago de fuego‘ (‘Dragonslayer’, Matthew Robins, 1981), ‘Condorman‘ (id, Charles Jarrot, 1981), ‘Tron‘ (id, Steven Lisberger, 1982), ‘Fuga de noche‘ (‘Night crossing’, Delbert Mann, 1982), ‘El carnaval de las tinieblas‘ (‘Something wicked this way comes’, Jack Clayton, 1983) o el ‘Oz, un mundo fantástico‘ (‘Return to Oz’, Walter Murch, 1985) que hoy nos ocupa, son el mejor exponente de la desesperada táctica de “disparemos hacia todas partes que alguna diana haremos” de la que hizo gala la compañía.

Hincar el diente en los libros de Frank L.Baum era, a priori, una de las decisiones más lúcidas que Disney tomó en estos tiempos de incertidumbre ya que la enorme fantasía patente en todos ellos era el vehículo perfecto para que una adaptación bien pensada como la que Victor Fleming, Noël Langley, Florence Ryerson, Edgar Alan Wolfe y la MGM habían rodado en 1939, atrajera a todo tipo de público. Pero, como comentaba antes —y esto no son más que suposiciones, eso sí, refrendadas por los resultados— los ejecutivos de la compañía no estaban por la labor de elaborar un producto capaz de aludir a todas las edades, por más que, a la vista de lo que ‘Oz, un mundo fantástico’ fue capaz de ofrecer, la incógnita de en qué edades estaban pensando a la hora de elaborarlo se quede en el aire.

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No queriendo renunciar a que la película viniera protagonizada por Dorothy, a fin de cuentas, el personaje más popular de cuantos creó Baum —por algo le dedicó el escritor la gran mayoría de las catorce novelas que llegó a escribir sobre el mundo de Oz— Disney no lo tenía fácil para elegir un único libro: el siguiente en la producción de Baum era ‘La maravillosa tierra de Oz‘ en el que el escritor norteamericano se olvidaba de su heroína y presentaba a todo un nuevo plantel de personajes, volviendo a usar, eso sí, al espantapájaros y al hombre de hojalata. No sería hasta la tercera novela, ‘Ozma de Oz‘ que Baum traería de vuelta a Dorothy, pero con los acontecimientos de este libro íntimamente ligados con todo lo que había ocurrido en el anterior, Disney se encontraba ante una disyuntiva complicada; estaba claro que iban a elegir ‘Ozma de Oz’ pero, ¿cómo hacerlo sin tener en cuenta ‘La maravillosa tierra de Oz’?. La respuesta “tirando por medio”.

En términos muy generales, ‘Oz, un mundo fantástico’ es una adaptación de ‘Ozma de Oz’ incluyendo, cuando así lo necesita, algunos elementos del anterior libro para explicar, ya de cara al tramo final de la cinta, la aparición de cierto personaje. Práctica habitual a la hora de adaptar un libro al cine, a nadie le debería sorprender la decisión de Disney sino fuera porque a la hora de materializarla, los guionistas elegidos para la ocasión, Walter Murch y Gill Dennis, se sacan de la manga un libreto que no podría estar más alejado del espíritu original de la novela.

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Respetando a ratos la esencia y estructura de un relato en el que Baum vuelve a usar patrones y personajes similares a aquellos que tan bien le habían funcionado en ‘El mago de Oz‘, los cambios introducidos por Murch y Dennis en la historia van orientados a alejarlas lo más posible de lo que uno entiende, al menos dese el punto de vista visual, por un viaje a la mágica tierra de la ciudad esmeralda, y lo que esta extraña producción nos ofrece es una suerte de bizarra visión de los paisajes imaginados por Baum pasados por ese oscurecido tamiz de la Disney de aquellos tiempos del que ya hemos hablado. El resultado que vemos plasmado en pantalla es uno de esos que, si se ve de niño, nunca se olvida.

Hagamos aquí un alto en el camino para centrarnos en los dos siguientes párrafos en el equipo artístico que Disney puso en pie para la producción. Walter Murch, que se estrenaba como director en esta producción, es conocido por su fantástica labor de montaje en cintas como ‘Apocalypse now‘ (id, Francis Ford Coppola, 1979), ‘El padrino III‘ (‘The godfather, part III’, Francis Ford Coppola, 1990) o ‘El paciente inglés‘ (‘The english patient’, Anthony Mingella, 1996) por el que ganó un doble Oscar gracias a su trabajo en la edición de la cinta y en la correspondiente al sonido, y ya había sido guionista de ‘THX 1138‘ (id, George Lucas, 1976), junto a su amigo George Lucas. Dennis por su parte no ha tenido una carrera tan prolífica, y lo más conocido que ha llegado a escribir es ‘En la cuerda floja‘ (‘Walk the line’, James Mangold, 2005) el irregular biopic sobre Johnny Cash protagonizado por Joaquim Phoenix.

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Elecciones extrañas como la de David Shire en la composición musical, un músico cuyas sonoridades habituales no son las que uno asociaría a la fantasía, la desorientación de Disney para con la cinta se hace más que patente en algunos de los miembros del reparto. En este sentido, resultan tremendamente llamativas las participaciones de Piper Laurie —de la que uno espera que en cualquier momento aleccione a Dorothy sobre los pecados de la carne— o Nicol Williams, al que todos recordamos por ser el pequeño Juan en el ‘Robin y Marian‘ (‘Robin and Marian’, 1976) de Richard Lester o el excéntrico Merlin de la genial ‘Excalibur‘ (id, 1982) de Boorman. Pero sin duda, la decisión más extraña de todas es la que llevaron a cabo a la hora de elegir a Fairuza Balk como Dorothy: la actriz, que por aquél entonces contaba con 11 años, distaba mucho de la imagen de adolescente que con 17 ofrecía Judy Garland en la cinta original, pero aún más de la luminosidad que desprendía esta última, siendo la sombría y melancólica mirada de Balk el mejor reflejo de lo equivocado del tono de la producción.

Un tono que ya se deja ver en el prólogo en Kansas, cuando la tía Em y el tío Henry deciden llevar a Dorothy a una clínica para “curarla” de esa ferviente imaginación que provoca que no pueda parar de hablar de un imaginario mundo llamado Oz. Regentada por un médico que hace milagros con la electricidad, poco podemos imaginar, al menos viéndola con una mentalidad infantil, que dicho milagro se traduce en una terapia de choque y que a Disney se le ha ido de las manos el talante de la cinta nada más empezar —en serio, ¿electroshock en una película para niños? ¿estamos locos?—.

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Escapando de la clínica, Dorothy terminará de nuevo en Oz tras una fuerte tormenta —en el libro, dicho sea de paso, Dorothy viaja a Australia con su tío cuando una tormenta hace que ella caiga por la borda y termine en una jaula de gallinas improvisada como balsa, vamos, clavado al comienzo de la cinta— momento en el que el guión de Murch y Gillis aprovecha para abandonar momentáneamente los extremos derroteros por los que hasta entonces se había estado moviendo para acercarse a los postulados de la novela.

Ilusión temporal, este acercamiento pronto se ve alterado por alguna escena inventada, como esa de Dorothy encontrando la casa con la que mataba a la bruja del este, o la ligera alteración del orden de ciertos acontecimientos con respecto a la novela, llevándonos de nuevo la historia a uno de los cambios más radicales con respecto al texto original: el que concierne a Mombi —que encarna Jane Marsh, la malvada Bavmorda de ‘Willow‘ (id, Ron Howard, 1988)—, una bruja que tiene una colección de cabezas que va intercambiándose a placer, y la primera aparición de Ozma junto con el espantapájaros, el león cobarde y el hombre de hojalata. En la cinta, justo antes de encontrar a la malvada hechicera, Dorothy se ha paseado por las ruinas de la ciudad esmeralda y ha contemplado petrificados al hombre de hojalata y al león, no encontrando por ninguna parte al espantapájaros y trastocándose a partir de ese punto todo lo que Baum había escrito décadas antes.

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Sin querer seguir abundando en las diferencias para con la novela —fijo que alguien ha dejado ya de leer a estas alturas—, el carácter oscuro de la cinta no hace sino ir en aumento y las sensaciones de “mal rollo” que transmite el metraje van en un incontrolado crescendo que sólo se atenúa cuando se va acercando un final que es casi el único momento de la cinta cuyo tono resulta adecuado para con el público al que, supuestamente, va dirigida.

No cabe duda, volviendo a ver la cinta tantos años después, que Disney buscaba desesperadamente con ‘Oz, un mundo fantástico’ tener su propia ‘Historia interminable‘ (‘Neverending story’, Wolfgang Petersen, 1984) y poder hacer frente así al arrollador éxito que la producción alemana basada en la novela de Michael Ende había cosechado tan sólo un año antes. El problema es que al intentar extrapolar lo que hacía funcionar a la cinta de Petersen —esa extraña combinación entre el carácter más infantil y fantasioso de la novela con lo adulto de algunos de sus postulados— Disney yerra por completo en sus intenciones, no siendo capaz de entender que los libros de Baum, en contraposición a las muy diversas capas de la novela del escritor germano, nunca trataron de ser algo más que un entretenimiento para los más pequeños de la casa.

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