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Cecil B. DeMille fue un director que según John Ford era el culpable de colocar el cine en un púlpito. Conocido por sus grandes superproducciones tenía una máxima que procuró aplicar a toda su obra: una película debe empezar como un terremoto y de ahí debe ir hacia arriba. Títulos conocidos de sobra por todos, sobre todo en su época sonora, tales como ‘Piratas del mar caribe’ (‘Reap the Wild Wind’, 1942), ‘Los inconquistables’ (‘Unconquered’, 1947) o ‘El mayor espectáculo del mundo’ (‘The Greatest Show on Earth’, 1952) hablan por sí solos en cuanto a la mirada que el director, natural de Massachussetts, tenía sobre el séptimo arte, convertido aquí en grandes espectáculos para las masas, haciendo honor por así decirlo al nacimiento del cine como entretenimiento para el pueblo. Comparado a un director de nuestros días, Cecil B. DeMille era el Steven Spielberg del cine clásico.

(Spoilers) Hoy día una de las películas más recordadas de DeMille es precisamente la última que dirigió, ‘Los diez mandamientos’ (‘The Ten Commandments’, 1956), colosal fresco bíblico sobre la historia de Moisés —encarnado, cómo no, por Charlton Heston—, una especie de remake de un film mudo de 1923 dirigido por él. Digo una especie de remake porque la película que hoy nos ocupa no sólo abarca la historia de Moisés —en realidad un pequeña parte de su historia—, sino también un añadido ambientado en la época actual de entonces que viene a complementar el mensaje del film, quizá demasiado religioso para mi ateo paladar aunque eso no impide disfrutar de un espectáculo de primer orden. El film se divide en “prólogo”: la historia bíblica, y “la historia”: un relato escrito por Jeanie Macpherson, habitual colaboradora de DeMille.

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Los primeros 45 minutos, aproximadamente, de ‘Los diez mandamientos’ da inicio con la petición de Moisés (Theodore Roberts) al faraón Ramsés (Charles de Rochefort) de que deje libre al pueblo judío. Tras una plaga que mata a todos los primogénitos, incluido el de Ramsés, este deja ir a Moisés con los suyos mientras llora la muerte de su hijo. Pero enseguida reacciona y no precisamente para bien, iniciando la persecución de los judíos por el desierto hasta el Mar Rojo frente al cual Moisés, apoyado en ayuda divina, abre las aguas para que puedan pasar al otro lado y después sirva como macabra tumba a los egipcios perseguidores. Todo ello con un sentido del ritmo y del espectáculo envidiable, con secuencias de grandes masas y decorados para apoyar la grandeza de la historia.

Dicho tramo apenas posee diálogos —rótulos, evidentemente— originales, casi todos son reproducciones exactas del libro del Génesis y aquel que esté familiarizado con las escrituras no obtendrá ninguna sorpresa en su argumento. Con excelentes efectos visuales para la época, esta parte brilla en todo su esplendor en el momento en el que Moisés, como llave de Dios, abre las aguas del mar Rojo. Aún dicha secuencia sorprende por su frescura y lo bien utilizados que están los efectos dentro de la historia. Todo termina cuando Moisés baja del monte Sinaí con las tablas de los diez mandamientos, y a partir de ahí el film cambia totalmente de tercio e incluso de tono, y por supuesto aquel que no conocía semejante cambio —como un servidor— disfrutará aún más.

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Este segundo tramo del film, bautizado como la historia, da comienzo con una madre leyendo sus dos hijos precisamente el pasaje narrado en la primera parte de la película. Acto seguido y en un muy sencilla definición de personajes, vemos como los dos hermanos son muy distintos, tanto que tal vez sean las dos caras de la misma moneda. Uno de ellos, John (Richard Dix), sigue los pasos de su sufrida madre, convertido en creyente absoluto y sin ninguna duda, mientras que su hermano Dan (Rod La Rocque) un vividor, se ríe de las leyes de Dios. Hace acto de presencia una joven muchacha llamada Mary (Leatrice Joy) que enseguida dividirá a los dos hermanos, casándose con Dan con el que comparte su ateísmo.

DeMille sigue manejando el ritmo y la trama contiene el suficiente interés, tal vez algo empañada por lo manipulador del mensaje, pero con un interesante crescendo dramático que culmina en un clímax antológico con dos acciones paralelas —la muerte de un Dan envuelto en su propia maldad, y la redención de Mary—, alcanzando el film unos niveles de intimismo que choca con la grandiosidad mostrada en sus inicios. Así DeMille se revela no sólo como un genial director de grandes espectáculos, controlados hasta el mínimo detalle, sino como un perfecto narrador de historias más sencillas aunque de poderoso trasfondo. En aquella época ya era un director encumbrado y la llegada del cine sonoro le proporcionaría aún mayor gloria. Aquel que conciba el cine como mero espectáculo se lo debe a realizadores como Cecil B. DeMille.

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