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‘Gran Torino’ (id, Clint Eastwood, 2008) es la película más exitosa de la carrera de Eastwood sin tener en cuenta la inflación, evidentemente —si la tenemos en cuenta, las películas que más beneficios han reportado al actor director son la irregular ‘Duro de pelar’ (‘Every Which Way But Loose’, James Fargo, 1978) y la lamentable ‘La gran pelea’ (‘Any Which Way You Can’, Buddy Van Horn, 1980)—, algo en cierto modo inesperado y que terminó por reforzar la leyenda de un actor tan querido —hacía cuatro años que no se ponía delante de las cámaras—, que a estas alturas ya no necesita de ningún éxito o reconocimiento, porque su status en el séptimo arte ya está por encima del bien y del mal, como muchos de los personajes a los que dio vida en pantalla. Y ‘Gran Torino’ parece por momentos un repaso, cargado de emoción contenida, a toda la filmografía de Eastwood.

Tras un proyecto de la magnitud de ‘El intercambio’ (‘Changeling’, Clint Eastwood, 2008) —que un servidor no duda en colocar entre sus grandes obras—, el mítico director decidió romper una de sus más conocidas promesas falsas: no volver a situarse delante de una cámara, algo que empezó diciendo cuando realizó ‘Sin perdón’ (‘Unforgiven’, 1992) y que hace que cada nuevo papel que interprete parezca el último. En el caso que nos ocupa, el personaje escrito por Nick Schenk, quien ha declarado no escribirlo pensando en Eastwood aunque lo parezca, se adapta a la perfección al estilo del actor, y este lo completa con un registro en el que homenajea su propio cine para dar un paso más. Además, se acerca, aún más, a la muerte como tema, algo de una aplastante coherencia en alguien de la edad de Clint Eastwood.

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(From here to the end, spoilers) Un Gran Torino de 1972 —visto en infinidad de películas o series de televisión como la clásica ‘Strasky & Hutch’ (1975-79)— funciona a modo de McGuffin para hablar de cosas como los cambios de época, la tradición, la familia, las conexiones con gente a priori muy diferente, el respeto, la justicia y sobre todo, la amistad. Walt Kowalski es un veterano de Corea —no es la primera vez que Eastwood recurre a dicha guerra en su filmografía— que entabla una curiosa relación con Thao —Bee Vang en su única interpretación en el cine—, un vecino de la comunidad Hmong, que vive con su familia en la casa de al lado. Un intento de robo del coche de Kowalski hará que este y Thao tengan una especial relación que les unirá cada vez más hasta llegar a ese nivel de confianza que sólo las grandes amistades tienen —atención al personaje que da vida John Carrol Lynch, y con el que Eastwood explica algo tan sencillo como la citada confianza—.

Si el film anterior de Eastwood destacaba entre otras cosas por la grandilocuencia, sin que esto suene peyorativo, del proyecto, en ‘Gran Torino’ su director apuesta por todo lo contrario, por la sencillez como mejor arma para llegar a donde quiere. Un trabajo de síntesis en cuanto a guión y también de puesta en escena —en la que una vez más el trabajo de Tom Stern sobresale por encima del resto—, con menos se consigue más, algo que salvo excepciones, está reservado a cineastas que en todo momento saben lo que quieren y cómo lo quieren. Eastwood se despoja por completo de todas sus conexiones con los dos géneros que le hicieron famoso, el western y el thriller, y su personaje semeja una mezcla de otros anteriores, en cierto modo una culminación a los mismos, dando un paso más. Como si el propio actor/director fuese en sí mismo ya un tipo de cine, realiza lo que parece un ejercicio de metalingüismo de su propia imagen. Su personaje recuerda a Josey Wales, a Red Stovall, a Frankie Dunn y a algunos más, sin que dichos parecidos ahoguen al personaje en sí.

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Kowalski es un animal herido, esos rugidos de desaprobación que parecen paródicos definen su carácter desafiante, descontento con el nuevo mundo que le ha tocado vivir, lejos, muy lejos del mundo que apenas recuerda, con verdaderos valores que parecen haberse perdido entre la juventud de hoy, y de los que su Gran Torino es el único contacto que le queda con aquellos tiempos, más incluso que su propia familia, de la que prácticamente reniega, aún más tras la muerte de su esposa —no por casualidad, el film empieza y concluye con dos entierros—; sólo la amistad con el joven Thao le hará replantearse su existencia y enfrentarse a sus demonios, en este caso las atrocidades que hizo en Corea y que le remuerden la conciencia. Pero la vida es una continua lucha y Kowalski tendrá que volver a tomar decisiones comprometidas, las más importantes de su vida. Y por respeto a su mujer, que era creyente, se confesará nada menos que dos veces, una, la falsa, con el pastor de su parroquia y otra, la verdadera, con Thao.

Llama la atención la figura de los curas en el cine de Eastwood, y su respectiva evolución. Siempre mostrando un dilema cuya solución no está en manos de Dios, y mucho menos en la figura de un hombre virgen y al que le faltan varios hervores como ser humano. Pero hay un gran respeto hacia ellos y el visto en ‘Gran Torino’, interpretado por un convincente Christopher Carley, quizá sea el mejor de todos. Atención a la confesión que hace a Kowalski, sin ningún tipo de emoción y para cumplir únicamente, mostrando más tarde una preocupación enorme alejada de los típicos tipos con sotana. El mensaje que desprende ‘Gran Torino’ no es tan desesperanzador como en otros films de Eastwood —sin ir más lejos, la soberbia ‘Million Dollar Baby’ (id, 2004)—, sin embargo el mismo pasa por arreglar grandes problemas con soluciones radicales pero efectivas. Nadie en su sano juicio esperaría que Eastwood falleciese al final del film, aunque la coherencia de dicho acto —una escena por cierto, con una tensión que recuerda a Sergio Leone, con la dilatación del tiempo— es apabullante. Un personaje al que da vida Clint Eastwood fallece, y por primera vez en su carrera el público lo acepta de buena mano. ‘El seductor’ (‘The Beguiled’, Don Siegel, 1970) y ‘El aventurero de medianoche’ (‘Honkytonk Man’, Clint Eastwood, 1982), con idéntico final, habían fracasado estrepitosamente en la taquilla, a pesar de contener dos de los mejores trabajos del actor. Al igual que en ‘Gran Torino’ los tiempos cambian.

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De las grandes obras que el actor/director ha firmado es muy probable que ‘Gran Torino’ sea la más sencilla de todas. Como hemos dicho, el trabajo de síntesis realizado es simplemente modélico, y alcanza puntos tan álgidos como el instante en el que la hermana de Thao regresa a casa y su aspecto nos indica que ha sido violada. Una vez más, la cruda violencia narrada en off, y la reacción de Kowalski recuerda a la del honesto policía en ‘El intercambio’ (‘The Changeling’, 2008) cuando oye la terrible confesión de un niño, y la ceniza de su cigarro se consume, cayendo finalmente. ‘Gran Torino’ parece cerrar una época en el cine de su autor, y dar comienzo a otra, interesándose por seguir avanzando como cineasta adentrándose en temas antes solo sugeridos, tal y como veremos en los siguientes posts. Mientras tanto escuchar la ronca voz de Eastwood con Jamie Cullum comiéndoselo es una buena opción.

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